EN MEDIO DE LA ANESTESIA… |
Cirilo Recio Dávila |

Llegó un sacerdote en mitad de la noche, bueno, no exactamente, ya sería más cerca de la madrugada. Su repentina aparición a un lado de mi cama y luego de una operación quirúrgica que ponía punto final a varios días de dolor e incertidumbres huecas, me sobresaltó porque súbitamente me hizo despertar del profundo y vacío sueño que produce la anestesia. Sentado a un costado mío le escuchaba decir una serie de formulismos cristianos acerca de lo más básico para cualquier creyente. Casi mecánicamente comencé a responderle sin estar todavía del todo despierto, aunque sí apenas despabilado como para sentirme confuso y un poco en dos mundos irreales, complementarios, paradójicos, entre la vida y la muerte, entre la vigilia y el sueño, entre el dolor y el placer, entre la noche y el día. Lo mecánico de mi respuesta tuvo la virtud de ir despertando mi conciencia física y a mi pesar iba yo regresando al estado de alerta. En este punto el sacerdote afinaba sus preguntas cual si fuera un tiburón enfilado hacia un cardumen de sardinas.
Pude ver entonces su figura, un rostro de gente mayor como tallado en burda madera de mezquite, mandíbula grande, grandes dientes, ancha frente, un poco sin rasurar, vagamente peinados los cabellos canos, bastante robusto, pero no demasiado alto. Su voz denotaba un temperamento acostumbrado a la acción pronta y a la poca reflexión. Luego de que satisfizo el formulario del creyente se vio impelido a conocer un poco acerca del aspirante a moribundo. Así que me preguntó algunas cosas banales, luego algo de sentido común y también creo recordar, unas dos cuestiones más acerca de mis mayores preocupaciones existenciales de ese momento.
No era realmente la mejor oportunidad para encontrar fácilmente las mayores y mejores inquietudes del alma, pero de forma misteriosa se hizo clara en mi mente una interrogante. Algo así como ¿qué pasa con los que quedan vivos? Me parece que la respuesta fue que tal cosa ya no era de la incumbencia de los muertos. No estoy muy seguro de lo que respondió, ni tampoco de mi propia pregunta, pero lo que recuerdo con claridad es que luego de las consabidas oraciones, realizó un breve ensalmo en el que ensalzaba la bondad infinita de Jesucristo, que lo había nombrado personalmente enfermero espiritual de ese hospital y por lo tanto agradecía con esmero tal distinción.
Comenzaba yo a preguntarme si esto último no sería algún dislate del buen padre o si mis sentidos obnubilados por los fármacos estarían jugando un curioso torneo con mi consciencia, cuando el buen hombre salió tan repentinamente como había entrado, dejándome perplejo y confundido con sus palabras, pero dispuesto a toda costa a dormir a pierna suelta aprovechando así los ya escasos beneficios que quedaban de la anestesia.
Cirilo Recio Dávila. Periodista en diversos medios en Saltillo y en la ciudad de México. Ha publicado en Vanguardia, El Nacional, Desierto modo, Diverciudad, De par en par, entre otras. En 1992 se desempeñó como traductor y asesor de la SECOFI en la elaboración de síntesis informativas en relación con el TLC entre México, Estados Unidos de América y Canadá. Entre 2002 y 2004 fue asesor técnico de la Secretaría de Educación de Guanajuato. Es autor del libro Apuntes sobre Ética Periodística y obtuvo el Premio Nacional de Ensayo “Roberto Orozco Melo”, 2008.
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