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La guerra es de todos México dejó de ser, hace mucho tiempo, paso y trampolín de drogas para convertirse en mercado anexo al de los Estados Unidos, donde puede estar el mayor número de consumidores del mundo en proporción a sus habitantes, como lo dijo el presidente Calderón en una gira por la Unión Americana, pero mientras el narcotráfico no se enfrente en un marco de cooperación plena, cada país tendrá que arrostrarlo según sus fuerzas, sin buscar culpables dentro o fuera del vecindario.
Al igual que en infinidad de casos, el Estado mexicano tarda en leer fenómenos mundiales y los costos que por ello paga resultan demasiado onerosos. Tanto que hoy, como lo advierte el secretario de Seguridad Pública del estado, Fausto Destenave, la delincuencia organizada y el narcoterror tienen en jaque al sistema de seguridad y al aparato de justicia. Las políticas de rehabilitación también han fracasado: las cárceles pasaron de escuelas del crimen a centros de operación de bandas poderosas.
El principal error de la Federación, los estados y los municipios consistió en desentenderse olímpicamente de una de sus primeras obligaciones constitucionales: garantizar la integridad de las personas y la protección de sus bienes. La seguridad se tomó incluso por algo accesorio: inversiones mínimas en equipamiento y capacitación, escaso o nulo trabajo de inteligencia. El criterio era: ¿Para qué devanarse los sesos y el presupuesto si con fuerzas mínimas, y el arbitraje del gobierno, el crimen se regula a sí mismo?
Sin embargo, la “delincuencia administrada” —que hoy, por comodidad y lucro añoran muchos— terminó por rebasar al gobierno e imponer sus propias reglas, como pasa con toda inercia envilecedora que por negligencia o complicidad se adopta. Y no nos llamemos a sorprendidos, porque el proceso de descomposición y de violencia creció a la vista de todos y muy pocos alzaron la voz para frenarlo. Pensamos que los vasos comunicantes siempre funcionarían.
El problema es que mientras el crimen se despliega por todo el país cual hidra venenosa de mil cabezas y usa la sevicia como arma de terror, las autoridades siguen sin dar pie con bola. No se ponen de acuerdo y aplican remedios caseros a un cáncer presente en todo el cuerpo nacional. El Ejército es el único que en estas horas de angustia planta cara al crimen en una guerra que ni él podrá ganar solo. Exige la actuación honesta y organizada, ajena a todo afán protagónico, de los gobiernos civiles y de la sociedad. |