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17 de junio de 2008


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MENCIÓN HONORÍFICA DEL PREMIO NACIONAL DE ENSAYO
“ROBERTO OROZCO MELO”

Cambio de entornos

Ricardo Bernal Hernández

Generaciones anteriores no conocieron procesos tan acortados en lo vivencial, tan espurios en contenido y fútiles en lo interno. Familia, corporación, iglesia, ofrecen cobijo deficiente para los nuevos embates del moderno cambio

 

El cambio, como hecho ineludible a todo sistema nos abraza. Aparejado a este factor, no soslayamos divergentes emociones. Unas como infantiles, al encuentro de novísimas aventuras alumbradas por el descubrimiento, otras acechantes cual jauría lobuna a indefenso neonato. ¿Qué posición tomar  ante tal panorama, omnipresente desde el limbo temporal, inicio de las eras, eones históricos? Si bien el siglo pasado vio la evolución de un industrialismo que en alta proporción contribuyó a mejorar niveles vitales y de aspecto material, aparejó también un evolucionismo relacional. A veces callado, otras más atronador.
Tal sistema cambiario se presentaba frente a espectadores, invadió paulatinamente espacios antes reservados a lo estrictamente familiar y privado. Vecindario, barrio, estado, toda forma sociopolítica plausible se afectó en aquellas primigenias etapas, luego aumentadas a dimensiones titánicas en nuestros días. Muchos factores contribuyeron a esto. Transformación tecnológica, el combustible científico, odas y plegarias a ideologías en su momento plausibles para cada bando (Guerra Fría).  Pero al fin gana en tal carrera el modo productivo, es decir, la forma en que fabricamos los objetos de uso cotidiano.
Eludo debates social-capitalistas, materialismos histórico-dialécticos de lo objetivo. El presente trabajo pretende abordar otra faceta. Esa prontamente negada por el rápido fluir energético entre dispositivos conductores, fibras ópticas con miríadas de terabits informáticos, discurrir de millones de hipertextos en servidores de espectro múltiple y robots  escaneadores multidimensionales. Relativo a ese pequeño espacio existente entre oreja y oreja, amplio terreno íntimo,  vasta meseta, muchas veces insondable, otras tantas ignorada. La mente como instrumento cognoscente apela a lapsus temporales. Fenomenología diaria y nocturna es abrazada por ella indiferentemente.
Corresponde a otras áreas desmenuzar simbologías, conexiones, nexos entre tal maremagnum informativo. Aunque hombres ilustres, históricos (Platón, Aristóteles, Nietzche, Pascal, Leibnitz y largo etcétera) trataron positivamente de encontrar respuesta al problema cognitivo, para el hombre de a pie aún está perdido, hermético tal mecanismo definitorio. A mi propósito importa no tanto develar tales procesos, sino más cercanamente el posible efecto psicológico, su repercusión a mediano y largo plazo sobre la psiquis cotidiana en apartados temporales, del espacio y velocidad.
Siento mi terruño querido, acosado por mil y un complejidades. Saltillo de mis amores, ¿Cuándo te veremos catapultado a esferas excelsas, niveles proverbiales de lo tenido idealmente como “ciudad del nuevo milenio”? Mi tesis aborda más la incapacidad de acostumbrarnos —cual provincianos— a ritmos de cambio acelerado, donde es poco factible tener precedentes que ejemplifiquen esto. Quizás la ciudad de Monterrey ofreciera  posible visión explicativa. Más difícil consiste voltear a esas poblaciones del albor industrial naciente, hace la friolera de dos centurias. Peligroso a cierto nivel, pues ambiente tal evolucionó hasta nuestros días en modo increíble.
Solo imaginemos esas aldeas de la Gran Bretaña, Inglaterra victoriana, Irlanda, Escocia, Nueva Gales del sur y otras tantas. Bondadosamente abrazadas por tal revolución tecnológica (luego siento esa mirada fúrica sobre mí, son Marx y Engels, enconados). De callada manera también, bajo este aparente basamento sólido se deslizó ominoso efecto mental. ¿Cómo reaccionar ante el empellón de la maquina, esclavizante en etapas de ese agricultor acostumbrado a escasa rutina aplastante en su cotidiano andar? Por supuesto, no generalizo, creemos que muchos otros dispusieron de preciosa oportunidad para encarar la nueva era (Ford, Edison, Bell, Good Year me observan complacientes).
Aquí enfoco baterías hacia cierta inadaptación al cambio recurrente en toda esfera de la humana actividad. Originada en el sistema productivo, parece permear paulatina y frecuentemente a ritmo más acelerado. Considérese primariamente una concepción del termino “tiempo” antes de la revolución productiva en una entidad como la nuestra. Históricamente no había (llámese en esas primigenias agrupaciones tlaxcaltecas, albores de la conquista y colonización española) suposición estandarizada en lo referente a horarios y rutinas.
Cosecha, siembra, apareo de animales y todo se supeditaba a una noción vaga  temporal, subordinada a estaciones anuales. Ola industrial invadió progresivamente el ámbito productivo, encontró escollos en el sentido adaptativo del personal operario designado. ¿Cómo romper años de automatismo incontrolado, dominar impulsividad característica y genética, subordinarla ahora al imperio del engranaje y sofocación del vapor? Estamos ante fenomenología pasada, quizás lejana mas aun sometible al análisis bajo lupa inquisidora. Nuestra era actual muestra vestigios similares a aquellos, con ciertas variantes.
Pero tal resistencia al correr temporal advierte sobre una no aceptación de otra nueva forma perceptiva, esta correspondiente a la información como moneda corriente actual. Para esta generación, la de los bits y lenguaje binario, existe una distensión, elongación de horas y minutos. Curiosamente existe el otro grupo, al que la brevedad de su experiencia toma tintes surrealistas. Conforme más nos involucramos hacia formas digitalizadas de procesos se difumina cual humo brumoso toda barrera que fundamente consenso definitorio del concepto tiempo. Paradojas de lo cognitivo, a muchos parece sobrarles, otros no acabalan de tenerlo para actividades mínimas.
A veces pareciera que hechos cotidianos como charlar implicase tardanza por parte de nuestro interlocutor. Así esta dilatación expresiva del  verbo pudiera indicar no solo lapsos en apariencia extendidos temporalmente, propende al rompimiento comunicativo. Respecto a casuística del quehacer cotidiano, donde anterior discurrir pareciera tener secuencia predeterminada, este mismo cambio en lo productivo afecta perceptividad de ocurrencia. Podríamos aducir  que sólo a ciertos niveles tal hecho pasa, mas la generalidad opinaría lo contrario. Es decir, como mucha “gente de antes”, afirmaríamos que todo actúa o da la impresión de hacerlo en timing superior. Lejos de parecer afirmación personal, sería cotejada oportunamente por empresa encuestadora, como se estila hoy.
Casuística promovida por esta nuevo recogimiento sensorial del espacio y dimensión temporal pega de lleno a ciertas mentalidades (dejemos de lado si son “clase media u alta”) y aparejado a ello actitudes clasificadas hoy como anormales. ¿Indicaría aumento en consumo etílico y tabaquero cierta evasión de esta nueva condicionante vivencial? Posiblemente, aunque otros cortes conductuales también son tipificados en tal cuadro. Muchas damitas y prepúberes fugitivos de casa admiten en cuestionamientos proceder así por el “poco tiempo que les dedicaban”.
Cierto, olvidamos factor industrial e incluso otras empresas más liberales registran estos eventos en relaciones de sus empleados. Muchos, en abierto desafío al sistema, optan por tirar del reloj esclavizante, agobiados. Emprenden un negocio propio donde sean  su propio patrón y olviden ilusoriamente el movimiento de las manecillas, buen intento. Parcial, pues sus servicios dependen de movimientos, personas, elementos ajustados de nuevo al tiempo, eternamente estarán como ese mítico ser de fábulas romanas. Empujan la roca temporal a la cima de la montaña, la sueltan y corren cuesta abajo. Les alcanzara nuevamente. Y tristeza aparte, estamos sintonizados prontamente para seguir en el juego.
Cierto, mientras se derrumba esta concepción temporal aplicable a lo cotidiano, otra percepción vital ve temblar con fuerza cataclísmica sus basamentos tradicionales. La velocidad como evento físico es reconocida desde tiempos primigenios. Comunales imágenes bañan inconsciente colectivo, donde primates y proto hombres cazan. Aquí  afirmamos ya el plano sensorial percibía variaciones notorias entre lo “lento” y lo “rápido”.
A través de eones evolutivos se da por sentada cierta regularidad ya predecible en el comportamiento locomotor; por decirlo así de gentes y animales implicados. Así pudo seguir esta percepción  aplicable a todo lo movible. Pero esta esa materia inerte —rocas, ríos, estaciones, nubes, etcétera— que de suyo posee cierto nivel “standard” motriz. Sí, pero en el caso de moverse (digamos las nubes u otro objeto) se tenía la intuición de estar en su velocidad normal. Aunque masas de materia humana, animal o inerte se desplazaban de un lugar a otro, se tenía el consenso de estar bajo la óptica normativa. Paulatinamente, al pasar de procesos meramente manuales (producción a escala micro) y posteriormente a manufactura, crea nueva percepción.
Desde luego aquí no soslayamos el hecho de que percepción subjetiva como la velocidad implique otra ecuación distinta. Es decir, cada cual tendrá ese determinado juego de factores en contra u a favor de su personal percepción, pero un acucioso numero de datos, estadísticas y consensos de sentido común abogan por un concierto de opinión. Generaciones anteriores no conocieron procesos tan acortados en lo vivencial, tan espurios en contenido y fútiles en lo interno. Pareciera que la avalancha vivencial cotidiana no tuviera fin para la mayoría, en el sentido ya mencionado. Atribuible como causal de  esta nueva percepción parecen contribuir como ramales de ríos raudos algunos factores, pero preponderantemente el de la situación de la forma productividad.
La alta tecnologización que sufre  la entidad proporciona pautas reconocibles de alteración en un factor tradicionalmente inalterable, y es que procesos siempre llevados de lo meramente manual ahora exigen una especialización mas extrema, preparación intelectual y personal, implicará por lo tanto escudriñar en entrañas de nuevas maquinas, procesos y metodologías antaño delegadas por el poco presupuesto o la magra visión prodigada a procesos no tenidos como prioritarios. Pero actual globalización exige este nuevo cambio de factores, a la vez que políticas locales tienden a optar por nueva cosmovisión aplicable entre más pronto mejor.
Esto implica por tanto reducir tiempos productivos. Cierta tarea llevada a cabo de cierta manera y en cierto formato, ahora exige nuevos supuestos sobre los cuales basar esta nueva concepción. Pero ¿cuál es el nivel adaptativo del común operario local, no acostumbrado a este ritmo de evolución, entorno a veces hostil por la exigencia, premura exigente por cualquier sistema preciado de bienes u servicios? No lo sabemos a priori, pues al respecto parece no haber mucho estudio, factor que habla mal de una sociedad local no muy preocupada por un hecho fundamental atacante de la psiquis operativa.
El hecho irreversible, inconfundible de esta nueva posición ante un entorno cambiante, tiene que ver con aumento exponencial, tal vez, en sustancias preactivas, demeritadoras de la realidad. Alcohol, antidepresivos, actitudes desviadas, un sinfín de hechos positiva o negativamente contemplados por diversas psiquis indican diferentes destinos de esta propiedad perceptiva. Es claro que no podemos tomar como general una forma de ver el universo, habiendo una relatividad inmersa en cualquier evento de la naturaleza, pero fácil es ver un progresivo desmoronamiento del entorno laboral de muchos operarios, en el sentido que sus antiguas percepciones se chocan con otro factor no contemplado anteriormente.
Conforme aumentaba demanda productiva de bienes y servicios, al tiempo que procesos se automatizaban y tecnologías despuntaban a niveles exponenciales, la mente operativa desplazaba percepción de lo veloz a capas mas concretas. Por demás mencionar esa etapa donde pasamos bardas factoriles
Así tendríamos como explicación viable a muchos eventos relacionados con el discurrir cotidiano, esta lluvia de factores descritos. Es inminente cierta alienación ya verificable en muchos tipos relacionales. A un nivel muy básico, pongamos el laboral, el jornal parece alongarse cada vez mas, aunque perceptivamente tal apreciación conlleve otros elementos analizables. Ciertamente novo tecnologías inmersas en lo productivo facilitan labores antaño azarosas. Más aun está la brecha abierta, amplia, entre aquellos “ideantes” del producto y los operarios del mismo. Solo en ramas consideradas como “punteras”, la tecnología abarca a pasos iguales diferentes capas del trajín productivo.
Relaciones laborales aquí toman casi al parecer tinte “fraterno” sin caer en exceso confianzudas. El operario a la antigüita, verá como ese viejo estilo laboral pierde mucho carisma a sus ojos, máxime que la nueva ola manufacturera se acopla con inusitada presteza al tiempo corriente. Pero en el hogar pasa algo veladamente transformador. Esa relación autoritaria que le caracterizaba como jefe familiar se va difuminando, poco a poco también influenciada por medios electrónicos, impresos y ahora la red global. Cada vez le es más penoso ponerse al corriente en un mundo más veloz. Llega luego esa sensación de no encajar en contexto extraño.
A su vez esa madre familiar, al tomar paulatinamente mayor capacidad directiva —generada por incursión metódica al terreno profesional y laboral—, encontrará tope con el esposo. Vendrán rupturas matrimoniales, estructura antes intocable para el sistema actual. Tendremos así nueva panorámica donde habrá que lidiar con seres deprimidos, desorientados ante nuevas reglas del juego. Esto en casuística familiar, sin mencionar relaciones de cualquier tipo (laborales, sentimentales e incluso de carácter meramente amistoso). En cuanto a lo espacial la noción misma comienza a difuminarse, comparativamente a la tenida hace veinte o treinta años atrás.
Autos, calles, casas mismas parecen ya no contener el mismo numero de elementos, por la repentina reducción de amplitud. Volteamos con cara infantil a nuestra lejana niñez, hacemos  efectivo ese valor al decir, “mi casa era mas grande, las calles anchísimas y salones escolares interminables”. Aquí la psicología tradicional acotaría que nuestra sensitividad actual difiere  mucho de aquella. Sí, más pruebas actuales no desmeritarían tal opinión. Se relaciona nuevamente con lo productivo factoril, aumenta nivel material pero curiosamente espacios hogareños y habitables acometen reducción inesperada.
Atestamientos en centros comerciales, espacios públicos y demás pregonan este fenómeno a tambor batiente. Ahora es posible construir colonias enteras según los requerimientos de la demanda de mano operaria (GM, Chrysler, etc.) Costo pagado será ahora cargo al psiquismo del usuario. Velocidad productiva, procesos cada vez más rápidos, aunado a metódica reducción del espacio vital nos mueven poco a poco al abismo insondable de psicotismos y neurosis mas frecuentes, incluso renuentes a desaparecer del entorno inmediato.
Suicidios parentales, autoflagelación de primogénitos en escenas no conocidas por esta localidad son pan diario. Sin mencionar el acceso cada ves mas fácil, directo a estupefacientes y otros métodos evasores de lo real. Incluso nuevos sistemas para no encarar lo inevitable se auto promulgan como garantes de proto respuestas no conocidas. Baste echar un vistazo a la red, verificar en prensa y otros medios el surgimiento de casuística entregada a la negación del nuevo mundo surgente. Dependerá de cada uno en especial estar alerta a tal eventualidad, en el dado caso que tales opciones parezcan apetitoso queso para el inerme e ignorante ratoncillo, devorador del primer platillo visto.
Así tenemos un cuadro expresivo de la pandemia actual. Lo alarmante del caso es que el moderno estado no tome en cuenta muchos hechos a nivel inconsciente que detentan rebeldía sobre un proceso de cordura que se pierde paulatina pero irreversiblemente. Claro, esta silente enfermedad mental de la evasión proporciona algunas de las más anormales visiones del moderno Apocalipsis. Nuestra ciudad se ve inmersa en cataclismo que cimbra lenta pero inexorablemente los cimientos de instituciones antaño refugio para estos buscadores de cobijo. Familia, corporación, iglesia, ofrecen cobijo deficiente para los nuevos embates del moderno cambio. 
Estas decimonónicas formas de organización social conviven ahora a fuerzas, se ven de pronto como enemigos formales, que no con pugnas interiores tendientes a un desapego de  tradicionalismos en ocasiones ignorantes de las nuevas formas de convivencia, desatadas de esos tradicionalismos a veces imposibles de soslayar. Por el lado familiar diremos que anteriormente la forma de gerencia, por decirlo de un modo, estaba organizada de modo vertical. Una formación parental con mandos centrados en un padre y madre, donde las ideas y cursos a seguir en lo concerniente a obligaciones y deberes no estaban sujetos a debate. Pero ahora tal misma autoridad se cuestiona, será por la facilidad con que se rompen tales compromisos, aunado a la velocidad con que se contraen con otras personas, no importando a veces estado civil u económico
El aspecto corporativo también adolece de dolorosa destrucción incluso en aquellos niveles antaño procesados como inamovibles. La categoría operaria, cada vez más vilipendiada en su base económica siente defraudados aquellos principios sobre los cuales había basado su lucha corporativa. Quizás la  tecnología, quien a veces reduce a meros instrumentos pasajeros estos elementos humanos, tenga algo de culpa en tal proceso. No es necesariamente cumplida tal teoría pero ver actualizar equipos autómatas en factorías anteriormente solo empleadoras de mano fabril hace dudar de otro posible camino explicativo. Los mismos órganos velatorios de empresas menos tradicionalistas ven también una respuesta menos clara para sus agremiados, antaño con más posibilidades de recuperación.
Por ultimo el aspecto religioso contempla esta batalla de redefiniciones en lo respectivo a la salvación del alma como conducto definitivo a idea más o menos vaga del paraíso o su equivalente en otras creencias. Ya nadie detenta en su totalidad todos los pases para acceder a la gracia del Omnipotente. En esta carrera y novísima puesta de los stands  en el mercado espiritual, compiten nuevos oferentes de lo místico, rayando ocasionalmente en el fanatismo criminal, consecuente en daños de lo interno anteriormente no catalogados como posibles.
Así el término de la inocencia simbolizado por el ingreso al mundo de los estupefacientes en busca de sucedáneos para paz interior inaugura especial encuentro frontal con métodos mas disciplinados, pero poco atractivos a ojos del novo místico. Es decir, la iglesia tradicional también deberá echar mano a otras soluciones u opciones de comprensión de lo real. Concluyo entonces con esta disertación en la espera que si bien no contribuyo mucho a esclarecer un evento psicológico en forma creciente visto, quizás mueva a algún investigador o escritor a proponer nuevas alternativas de investigación.
Este trabajo no es definitivo, pero apelo a esa curiosidad naciente por lo cotidiano, por los pequeños hechos tarde o temprano incidentes en lo global, que de esto esta hecho la vida y lo tenido por normalidad en un mundo de atosigante, aunque esperanzador cambio. Esta es mi propuesta, quisiera la considerasen viable a su entendimiento actual.

 
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