
Sale de su infantil bolsa de wamba,
se convierte en polvo de arsénico
delgado, deseable, chupable, penetrable.
Se mete por mis poros dilatados
y me envenena con el sable de su virus
que me mata con destellos
y retrata elegante, mis maniáticos reflejos.
Me cercena con su amor metálico,
con caricias hirientes de placer y arsénico,
yo muero un poco mientras le beso, beso, beso
y su labial rojizo corona el final de mi deceso.
Mis ojos en el espejo
proyectan el terror a su mirada de hambre,
una hambre de vestidos color rojo,
que busca saciarse en medio de los muslos:
En la verga púrpura de un hombre.
El espejo escupe la voraz imagen
de mi cuerpo sanguinolento.
Ya no se distingue entre la sangre
y la pintura ocasional
que maquilla a besos la crueldad
de tan diáfano momento.
Me ha besado por mucho tiempo
y sé que no acostumbra a usar labial,
pero ahora me maquilla y me envenena
con la sublimidad de su erotismo medieval.
Y entre destello y destello de amor endeble
vacío, soez, innecesario y carnal;
después de tanto verle,
noté que había lipstick maybelline
en los labios de la muerte.