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17 de junio de 2008


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Los políticos sin buena fama están perdidos, y es sólo gracias a ésta por la que pueden gozar de la confianza ciudadana:
María Canel y Karen Sanders

Destapes de alcoba
a la mexicana

Renata Chapa



Hola Creel. Cuando la política cede al “artistaje”

El mundo de la farándula y la política van de la mano. Santiago Creel y Ernesto Zedillo Jr. son los últimos implicados en escándalos mediáticos por sus devaneos con figuras del espectáculo, que la televisión explota para ganar audiencia y darle a los implicados un empujoncito; ¿para  bien o para mal?

A Ibiza,
porque siempre
seguirá entre nosotros


Zedillo Jr.
“Destapado” por Érika Buenfil

Programas de espectáculos y noticiarios se erigen como autoridades calificadas para dictar lecciones de moral azuzados por su conocida ambición económica. Es una morbosa venia la que enchufa a demasiados ciudadanos con intrigas protagonizadas por sus líderes de opinión. De las copiosas vertientes generadoras de rumores, la de amoríos que sostienen los faranduleros corre con más suerte en materia de niveles de audiencia. Pero cuando en ese tipo de relaciones se ve involucrado un político, el raiting se dispara. La noticia se convierte en un auténtico escándalo si entre dos o más integrantes de los mundos del espectáculo y del gobierno media un “destape sexual”: la avidez por conocer detalles se multiplica como lumbre en pasto seco. Los massmedia comerciales reafirman entonces su poderío cultural y sus activos.
El actual senador por el PAN, Santiago Creel Miranda, y Ernesto Zedillo Velasco, hijo del ex presidente de México, priísta, Ernesto Zedillo Ponce de León, fueron “destapados” hace unos días como los padres biológicos de los primogénitos de sendas actrices de telenovelas, Edith González y Erika Buenfil, respectivamente. La manera en que se acogió la noticia puede dar muestra de lo que es considerado relevante, o no, en la agenda social diseminada por nuestro país. Es de llamar la atención el peso simbólico que adquirieron en el imaginario colectivo las relaciones íntimas entre tales figuras públicas y el clandestinaje implicado en sus affaires.
Que los políticos o los artistas de pantalla chica diseñen y decidan qué proyectarán en los medios sobre sus respectivas carreras es algo esperado. Por muy normal u obvio que parezca el anuncio de alguna campaña o una declaración en un aeropuerto, detrás de estos contenidos existen metas y producciones bien definidas. Los personajes públicos manipulan el mensaje mediático para conseguir beneficios a través de las reacciones de sus audiencias. Las declaraciones o silencios son con conocimiento de causa. Sin embargo, en otro tipo de ocasiones, el líder político o la estrella de TV no tiene el medio a su merced. Los mensajes massmediáticos, como dice el lugar común, se les “salen de las manos” y pueden llevar la imagen del político o del actor a donde menos imaginaban.
En El poder de los medios en los escándalos políticos: la fuerza simbólica de la noticia icono (Hampton Press, 2007), María Canel y Karen Sanders explican la doble cara de los mismos con la ayuda de diferentes expertos: Algunos investigadores (Hennenberg y O’Shaughnessy, 2004) han analizado de qué manera los políticos “manejan” la realidad para proyectarla con fuerza simbólica en los medios, utilizando, por ejemplo, imágenes visuales (Christopher Reeve pronunciando un discurso sobre su silla de ruedas); actos simbólicos (Clinton tocando el saxofón); construcciones retóricas (la frase “Guerra al terrorismo” con la que Bush ha articulado la reacción al 11-S) o escenarios teatrales (Rodríguez Zapatero recibiendo las tropas de su retorno a Irak). Estas “construcciones simbólicas” son intencionadas, es decir, construidas voluntariamente desde las instituciones políticas y dirigidas a hacer uso de la acción simbólica de los medios. Pero no siempre la mediación transmite la realidad simbólica tal y como la “construyó” el político (Canel,1999). Más bien sucede algo distinto: la acción crea en sí misma realidades simbólicas proyectando unos determinados enfoques e interpretaciones sobre la política y los políticos (Canel, Rodríguez, Andrés y Sánchez, Aranda, 2000), algo que adquiere especial interés en la cobertura del escándalo.
Si son contrastados los “destapes sexuales” que ahora nos ocupan con las aportaciones anteriores, nacen varios cuestionamientos: ¿en el caso de la paternidad de Creel y de Zedillo Jr. fueron estrategias intencionadas o un ardid mediático que los tomó por sorpresa? ¿Quién usó a quién? ¿Qué rumbo tomaron las imágenes públicas de las parejas en cuestión?
La historia del primer “destape” —el de Santiago Creel— fue motivo de portada de la revista ¡Hola! México (número 80, 27/05/08) y, varios días después, el programa de espectáculos “Ventaneando”, de TV Azteca, hizo lo propio con el anuncio del rol de Zedillo Jr. como papá. En el caso uno, la intención de la madre fue evidente; ábranse aquí dos paréntesis: uno, para hacer hincapié en lo que pudo haber redituado la venta de la exclusividad de la nota para la protagonista de “Aventurera”, y otro, el de las declaraciones del senador Creel quien, en distintos medios, acepta de manera abierta su responsabilidad, luego de haber vivido una especie de “paternidad anónima”. En el caso dos, la madre, Buenfil, declaró haber sido sorprendida por la declaración de la paternidad de Zedillo en boca de una de las conductoras del programa de TV quien, igualmente, asumió el rol de amiga cercana de Zedillo Jr. y su esposa y, por tanto, facultada para ser la portavoz de lo sucedido también hace algunos años, según se comentó, en Acapulco. Finalmente, las conductas de Creel y Zedillo Jr. —ventiladas en los medios de comunicación— dieron pie a que el par de caballeros relacionados con la política quedaran como “destapados (¿desatados?) sexuales”, y las actrices, una especie de víctimas en su papel de madres solteras.
Varios autores han definido el término “escándalo político”. En El poder de los medios… (op. cit.) se afirma lo que se desencadena con el escándalo es un proceso de acusación y reacción del acusado, en el que la comunicación desarrolla un papel de capital importancia. Esta importancia radica, fundamentalmente, en el daño potencial que las alegaciones de una conducta escandalosa pueden causar a la persona acusada (Thompson, 1995), algo de particular importancia cuando se trata de un político: su reputación es, precisamente, un tipo de recurso, un capital simbólico sobre el que construye su legitimidad. Los políticos sin buena fama están perdidos, y es sólo gracias a ésta por lo que pueden gozar de la confianza de sus ciudadanos. Los políticos, en definitiva, necesitan del “poder simbólico” para persuadir, confrontar e influir en las acciones y en las creencias (Ibid.).
Es aquí donde llega la otra tanda de preguntas. Para los “destapados sexuales” nuestros, ¿habrá proceso de acusación? ¿Verá dañada su imagen el senador Creel? O bien, ¿el ex presidente Zedillo padecerá el efecto carambola como consecuencia de las peripecias de su hijo mayor? En un país al estilo de México, ¿sí podemos afirmar de manera contundente, igual a Canel y Sanders, que estarán perdidos Creel, Zedillo padre y Zedillo hijo al haber estado relacionados con estos escándalos? ¿No será que se agenciaron más poder simbólico del que hubieran podido imaginar?
Intencionadas o no, las producciones mediáticas que dieron a conocer estos sucesos han avivado la pugna clásica, PRI vs PAN y viceversa. Tal cual es señalado en Public affaires: politics in the age of sex scandals (Apostolidis, Paul and Williams, Juliet, Duke University, 2004), las experiencias sexuales en las que los políticos se vieron involucrados han llevado a la “escandología”, es decir, al lanzamiento de ese tipo de chisme en el que lo moralmente osado es sinónimo de autoridad, poder, influencia, sometimiento y, además, consentido gracias a lo carismático que pudiera ser un político.
La figura de “macho conquistador” se celebra y combina con la del mandatario opulento que tiene rendidas a las “divas”. No hay problema en concebir con ellas hijos, yuxtaponer otras relaciones sentimentales de índole similar y luego, manejar el ocultamiento y doble moral (revísense perfiles de la derecha con la que se identifica el panismo, así como el periodo de elecciones en el que Creel guardó silencio sobre su relación con González y el nacimiento de su hija). El tiempo pasará y lo que pudo haber sido una opción para revisar la congruencia en el obrar y actuar de los políticos —se enfatiza en ellos porque son quienes, en teoría, supondrían una conducta que fuera ejemplar— habrá sido capitalizado como poderoso símbolo de estatus ante muchos mexicanos.
What happened to sex scandals?: Politics and peccadilloes (Summers, John, “The journal of American history”, vol. 87, 2000) inspira una pregunta final: ¿por qué la moralidad y la vida “privada” de los políticos se ha convertido en un tema de legítima discusión? Porque la moral está implicada en sus discursos y acciones políticas. Porque los ciudadanos mexicanos tenemos limitadísimas o nulas posibilidades de “evaluarla” con la mayor objetividad posible. Ante la necesidad de corroborar la honestidad o la congruencia en el actuar de los miembros de la clase política de nuestra nación y no contar con los instrumentos adecuados para hacerlo, el escándalo seguirá siendo una opción para seguir a quienes ostentan un cargo público. Los medios tienen claro que el espectáculo mediático es una fórmula que deriva en altos réditos económicos y más aún cuando “destapa” de sábanas ajenas de súper lujo. La mezcla de dos componentes, el decreciente interés por contar con una sólida cultura cívica y el incremento de la penetración de mensajes massmedia cargados de dimes y diretes del corazón explican que la moral siga siendo dictada en TV por Juan José Origel o Paty Chapoy y que se les haga caso sin respingos. E4

 
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