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Santos y compañía
El orden que no impuso la directiva del Club Santos para cuidar la taquilla e impedir que la reventa hinchara sus bolsillos; y el control que no logró el municipio para impedir que el estadio Corona, de nuevo, se convirtiera en cantina gigantesca, lo pusieron los aficionados: la fiesta por el tercer título no desbordó los ánimos ni la pasión futbolera. La celebración fue ejemplar al punto de que las caravanas de vehículos, repletos de jóvenes y familias enteras, respetaron hasta los semáforos.
En esas horas de júbilo, nada parecía importar: ni la inseguridad, ni el narcotráfico, ni el encarecimiento de alimentos, ni el desempleo… Nada que interrumpiera la fiesta, eminentemente popular, estaba permitido. Son tan pocos los motivos para salir a las calles a cantar, a reír e incluso a llorar de alegría, que fijar la atención en otra realidad ajena al campeonato era apostasía. Quizá por cada uno de los asistentes al estadio cervecero, veinte o veinticinco más salieron de sus casas a entonar himnos de victoria.
¿Y la intoxicación por plomo en niños y madres embarazadas de Torreón, que Peñoles trata de remediar más a base de relaciones públicas, desplegados y gacetillas, que de acciones comprobables, medibles, efectivas, que cierren paso a chantajistas pero las abran a la sociedad? ¿Y el alcoholismo y sus secuelas a los que induce el Grupo Modelo, dueño del Santos? ¿Y el acuífero de cuyo abatimiento los ecologistas acusan a Lala? ¿Y el dominio comercial Soriana, que ya no respeta ni a la tienda de la esquina?
Todas esas firmas, por paradójico que parezca, salieron a hombros el 1 de junio del estadio barra libre donde el Santos disputó la final, estampadas ostensiblemente en la playera del campeón. Si se trata de manipular, todo se vale. Lo importante es distraer, decirle a la gente que Peñoles, en términos ecológicos y de salud, no es el enemigo sino, al contrario, un aliado y un adalid social… ¡un patrocinador del Santos! “Está lavando su pecado social (…) porque hay plomo en los niños de Torreón y en las madres también”, advierte Juan Gómez Junco, periodista lagunero.
¿Que en los países desarrollados la gente no llena los estadios y se vuelca a las calles para honrar a sus campeones? Por supuesto. Pero en ellos, por principio, se la respeta —en los estadios, cada boleto tiene un asiento seguro— y los márgenes de manipulación son menores porque hay autoridad, aficionados exigente y medios críticos. Aspiremos, pues, a un equilibrio sano entre el deporte espectáculo, que permita la diversión, incluso hasta la evasión, pero sin perder la vista de las cosas que nos deben unir en lo verdaderamente importante. |