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PRIMER LUGAR DEL PREMIO NACIONAL DE ENSAYO
“ROBERTO OROZCO MELO”
IDEAS PARA UN ENSAYO:
TRANSFORMACIÓN DEL ESPACIO BIBLIOTECARIO
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Cirilo Recio Dávila |
En aras de rescatar el entusiasmo por la lectura se precisa desarrollar acciones de relación social y comunitaria que vinculen
a los beneficiarios de las bibliotecas con los libros.
Es necesario revalorar estos locales acorde a los tiempos modernos y el desarrollo de las tecnologías para vincularlos
permanentemente con la sociedad
…El café Arcángel de Querétaro, las plazas simétricas de San Luis Potosí, constantes alamedas domingueras, campanas al vuelo a media tarde, infaltables palomas terroristas, unos senos que asoman por la ventana, los eternos laberintos de los libros: la biblioteca.
Como espacio propicio para buscar el conocimiento las bibliotecas están perdiendo funciones y capacidades de convocatoria. Sus públicos cautivos naturales, los estudiantes de los diversos niveles de educación llegan a estos recintos para el trabajo en común y escasamente para la consulta directa del acervo que contienen. La red de Internet, la televisión, la radio, el cine y los diarios —en contraparte— han ganado en facultades y propiedades para seducir a todos los públicos. En Consecuencia es más fácil, accesible y conveniente encontrar el saber a través de estos medios que en los libros. No obstante esto no significa que la industria editorial esté en declive. Por el contrario, los nuevos medios de la informática han conducido a una proliferación de libros como nunca antes, pero esta abundante producción se socializa antes de llegar a las bibliotecas y por lo común privilegia lo ligero y el entretenimiento por encima del conocimiento real, que se mantiene apertrechado en los nichos de la educación superior especializada por naturaleza.
¿Puede recuperarse esa calidad de medios del saber que poseían las bibliotecas hace algunos años? ¿Es factible transformar estos espacios en lugares donde convivan los libros que mantienen la sabiduría, con las tecnologías más sofisticadas de nuestra sociedad del conocimiento? En vista del extenso y profundo contenido que ofrece una biblioteca, ¿se logrará presentar su vasto acervo en formas adecuadas, amenas, atractivas para todos los públicos? ¿O será necesaria una transformación radical de estos espacios para adecuarlos a los cambios que vivimos como sociedad?
Un primer punto es revitalizar las funciones de las bibliotecas de modo que desde su ingreso en ellas sea posible advertir el orden, la sencillez, la claridad de sus espacios. Esto implica —por ejemplo— una disposición adecuada de luz natural y artificial en congruencia con las áreas de lectura, consulta, trabajo o distensión. También se hace necesario establecer una correcta, atractiva y funcional signaléctica que determine los sitios de jardín, baños, lectura al aire libre, salas de lectura, consulta y trabajo. Entradas y salidas, puntos de encuentro, espacios de multimedia, banderas hemerográficas, revistas, etcétera.
Empero, no es suficiente con elevar la capacidad de atención del centro bibliotecario para dar respuesta completa a las inquietudes que esbozo líneas arriba. Es preciso de igual manera, mejorar los medios para convocar a nuevos públicos. Es decir, desarrollar formas para atraer a nuevos usuarios. Esto precisa desarrollar acciones de relación social y comunitaria que vinculen a los beneficiarios de las bibliotecas con los libros y la lectura individual, colectiva, en voz alta o en función de un tema determinado y del acontecer cotidiano. En síntesis establecer en las funciones y facultades de la biblioteca un sentido que reafirme sus capacidades y simultáneamente encauzar su labor en el marco social en que se ubica.
Además de estos elementos de atención se requiere formular una nueva relación entre los nuevos medios del saber y el centro bibliotecario. La biblioteca no es un centro aislado de las demás realidades que vivimos. No es tampoco un medio que compita con las formidables herramientas que tenemos en esta sociedad de la información. Por el contrario, puede ser un motor de cambio, un instrumento que nos permita formular nuevos paradigmas de desarrollo del saber.
El uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación está insuficientemente aplicado en la biblioteca porque se ubican en sitios que las mantienen fuera de relación con los espacios de los libros. Combinar acertadamente los sitios multimedia con los catálogos y clasificaciones, desarrollar un complemento de actividades entre la lectura y la consulta en Internet o el empleo de los diarios, la televisión y los DVD son actividades en las que todavía existe un amplio campo de investigación. Por estas razones desde este texto se propone hacer más intensa la relación de la biblioteca con las nuevas tecnologías.
Ninguno de estos señalamientos sería suficiente para establecer una transformación de estos recintos que fuera adecuada a las necesidades de robustecer el conocimiento y la educación en nuestro medio social, es necesario revalorar a la biblioteca como un centro vivo, de la misma forma en que una casa pierde sus colores, sus paredes y su techumbre por falta de cuidado y de uso, así ocurre con una biblioteca que deja de frecuentarse. Por lo tanto es preciso mantener una actividad constante que la vincule permanentemente con la sociedad y sus públicos usuarios. Bajo este enfoque a continuación presento una breve referencia de lo que significa una biblioteca y sus impresionantes contenidos. En este texto se alude a diversos centros bibliotecarios que he tenido la oportunidad de visitar en nuestro país y pienso que pueden darnos un panorama más completo de lo que requerimos en la materia. En el propósito de generar las ideas que alienten una renovación en el quehacer de las bibliotecas, para restablecer sus funciones y facultades tanto como para mejorar su nivel de convocatoria, a los sueños hay que añadir la sustancia del esfuerzo como veremos en este trabajo.
EN LA BIBLIOTECA
Parecerá tal vez ocioso definir qué es una biblioteca, pero realmente no es así. Este recinto donde se reúne como en panal el saber, el arte, la ciencia, la geografía del conocimiento, es mucho más que un centro de almacenamiento y clasificación de los libros. Se trata de un medio vivo que funciona de acuerdo con una lógica interna que trasciende a sus usuarios y hasta sus sacerdotes: los bibliotecarios. Es un lugar funcional conforme las necesidades de un barrio, una colonia, una zona, un municipio y un estado, pero también es un punto de relación humana que retrata cabalmente las necesidades, afanes y aspiraciones de una comunidad, de una sociedad o, de manera más modesta e igualmente significativa, es un espacio que muestra la vida de un medio social particular, como puede ser una escuela o una determinada institución. Es un lugar signado por lo conocido de antaño y caracterizado por lo ignoto, aquello que por desconocerse provoca temor, recelo y reverencia.
En la biblioteca encontramos solaz y reposo, condiciones que son indispensables para mantener el ritmo de la vida cotidiana que se presenta con infinitos reclamos y miles de informaciones que intentan seducirnos o convencernos. Descubrimos en la intimidad de la biblioteca tesoros invisibles a la mirada pasajera y desatenta, filosofía, tecnología, dramaturgia, todo aquello que en un momento dado requiere cualquiera para su desarrollo pleno y para una mejor convivencia. Podemos buscar algo particular como una novela de Umberto Eco. También podemos ir en pos de las cumbres de la poesía épica e idealista de un Hölderlin o Goethe, las biografías de los héroes como Alejandro Magno, los datos precisos del saber musical. Partituras, cromos, poemas, tecnología, el andamiaje del saber y del saber hacer.
Cuando el viajero llega a una ciudad nueva y desconocida descubre esos pequeños retazos de la vida urbana. Los anuncios de las avenidas que ofrecen productos y servicios ad hoc a cada transeúnte, son inevitables recordatorios de una publicidad ubicua, universalista y pretenciosa. En los cafés y bares la vida se detiene por tardes enteras, transformando la eternidad en banalidades. De algún periódico el viajero extrae la nostalgia renovada y retrucada en asombro ante un pequeño aviso donde aparecen los nombres de los locutores de una estación de radiodifusión que remachan su presencia cotidiana. Sin internarse demasiado en el juego de intereses y narcisismos de la fútil y necesaria publicidad, el viajero comprueba su tranquilidad ante el rito urbano que nombra cuanto existe, en cada ciudad exactamente igual, en cada una completamente distinto.
…Y en cada ciudad nueva el viajero comprueba una antigua nostalgia y renueva su confianza en los pequeños destellos de simpatía que mil veces son repetidos, no obstante que mil veces son diferentes.
Una breve comprobación de estos brillos tranquiliza al viajero: el café Arcángel de Querétaro, las plazas simétricas de San Luis Potosí, constantes alamedas domingueras, campanas al vuelo a media tarde, infaltables palomas terroristas, unos senos que se asoman por la ventana, los eternos laberintos de los libros: la biblioteca.
Comprobar la existencia de la biblioteca se convierte en un instante en la apertura hacia otro infinito. Recuerdo una tarde en San Luis Potosí en la que leía reconcentrado a León Felipe Camino y a ratos contemplaba a tres bellas estudiantes que trabajaban en una mesa cercana. Pasaron las horas. Afuera los niños gritaban y espantaban palomas. Al salir de ese remanso biblístico mi estado de ánimo se había ya revigorizado. Llevaba aún la fortaleza de la letra de León Felipe y sentía que la ciudad de San Luis brillaba con el esplendor de lo diverso y lo desconocido. En un segundo, sin saber cómo, me encontraba en el interior de un pequeño restaurante lleno de cristales. Era verdaderamente un sitio en el que nunca había estado, por lo tanto tenía esa característica de insólita tranquilidad de encontrar lo conocido bajo la lupa de una nueva mirada. Sin embargo, era un lugar propicio para reflexionar porque ofrecía un reto al pensamiento, justamente como ocurre con la poética de León Felipe.
No estoy seguro de si el ambiente de la biblioteca de San Luis o la lectura de León Felipe fue lo que condujo mis pasos hacia la calle Vía Láctea unos meses después en la Ciudad de México, en la colonia Prados Churubusco, puesto que no es muy sencillo desembrozar el tejido de circunstancias que determinan los acontecimientos, pero el caso es que ya instalado en ese nuevo dédalo en pleno otoño, caminaba por la colonia hasta encontrar un parquecito lleno de álamos y cubierto de hojas.
En el centro del parque hay una enorme escultura de bronce que representa a León Felipe, con un pesado bastón en su mano derecha. De nuevo como un mantra el caminante se descubre ante el portento: lo inédito se abre paso a través de aquello que está cerca y es ya bien conocido, quedo.
En el vasto valle de la noble y leal ciudad de México, la biblioteca se descubre como un espacio de innumerables dimensiones. El viajero se percata de que es un lugar de refugio y descanso, aunque también es un cuartel y una mina. Existen bibliotecas abandonadas como la ex Biblioteca Nacional en el antiguo Templo de San Agustín que está llena de toda clase de felinos, otras lo son hiperactivas como la gigantesca Biblioteca de México José Vasconcelos, en La Ciudadela, que es dirigida por Eduardo Lizalde, —discípulo de Fanny Anitúa y amigo personal del recordado maestro saltillense Eduardo Arizpe Narro—. Algunas tienen la solemnidad del Virreinato, la desmesura de la Reforma y hasta el existencialismo del siglo XX distinguible en la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada (en el Antiguo Oratorio de San Felipe Neri), con los alucinantes y alucinados murales de Vlady y como en la Biblioteca del Congreso de la Unión, con sus mesas de una fina madera iluminadas individualmente y cubiertas de mensajes grabados por los lectores cual si fueran pupitre de primaria.
Las horas que se viven en las bibliotecas no son nunca horas ociosas, aunque el usuario llegue solamente a dormir, leer los periódicos del día, pasar el tiempo antes de algún compromiso o incluso, en el colmo de todos los colmos, leer por placer. Hubo quien llegó a la biblioteca por la mañana, se olvidó de comer y del mundo. Persiguió entonces infatigable las ideas de una conciliación fraternizante entre los hombres y concluyó un estudio de trascendente valor para la paz del género humano a eso de la medianoche sólo para descubrir al salir que había estallado una revuelta y los rebeldes le retuvieron como representante de un régimen odiado.
El proletario de la letra se defendió con vigor y pasión especial. Convenció a sus captores. Sin embargo, una súbita reacción de las fuerzas del régimen los envolvió a todos y los llevaron presos. El relato es de Leopoldo Alas (Clarín) y puede leerse íntegro en la colección Austral de la Editorial Aguilar de los años de la década de 1960.
En la biblioteca de Babel, Borges fabrica un maravilloso engendro ¡una biblioteca viva! Un ente que abarca todo el conocimiento, el arte, la ciencia, la filosofía, el universo entero en las cifras descifrables de las letras. Los chinos, más prácticos, encierran todo este portento en breves y taoístas frases: “un libro cerrado no es más que un paquete de papel”. O esta otra: “una imagen vale más que mil palabras”. Y si de frases hablamos ¿qué tal la que dice “más vale perder un minuto en la vida que perder la vida en un minuto”, que bien se puede aplicar a una breve visita por la biblioteca y encontrar en ella el indispensable sosiego que la vida requiere para seguir el camino?
En este sentido el ámbito librario es también un hospital. Puede ser impecable, actual, dotado de la alta tecnología como ocurre con la biblioteca Benjamín Franklin en la colonia Juárez a unos pasos del Museo de Ripley, aunque usted no lo crea, o en la biblioteca de la facultad de medicina de la Universidad de Nuevo León.
O puede ser apenas un pequeño y modesto nosocomio como las bibliotecas municipales de Coahuila, San Luis Potosí o Querétaro, por mencionar ejemplos que son familiares al caminante. En todos estos recintos está presente esa magia, esa cualidad misteriosa de lo ya conocido, lo familiar, lo que nos resulta cercano, pero al mismo tiempo nos es desconocido y nuevo.
En la biblioteca se atesora el saber, son como bancos de sabiduría que expiden documentos al portador. Son legados milenarios que en ocasiones guardan volúmenes de incalculable valor en metálico. Los autores tal vez nunca imaginaron que sus escritos llegarían a ser ejemplares de elevado precio. Existen de hecho libros de valía universal en ediciones populares —y aunque nunca alcanzarán a representar el valor económico de un incunable o de una obra única por su condición histórica, material, artesanal o incluso simbólica— constituyen el logro supremo del genio humano: El Quijote, Macbeth, Lolita, El sepulcro de los vivos, El Aleph, En busca del tiempo perdido, El cuervo, Tierra baldía, Hiperión, La crítica del juicio, El ser y el tiempo, El ser y la nada. Vemos desfilar personajes de ficción que también son reales y por lo tanto entrañables, siguiendo el linaje del pensamiento de Miguel de Unamuno.
Los autores concurren a la biblioteca. Samuel Beckett, Somerset Maugham, Marcel Proust, Miguel de Cervantes, Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, Tennesse Williams, Shakespeare, Dostoievsky, Antón Chejov, Rafael Alberti. Dimensiones tiempos, lugares, individuos miles en un sólo y pequeño espacio. Diría Manuel Gutiérrez Nájera:
…Todo lo que medroso oculta el hombre
se escapará vibrante del poeta
en áureo ritmo de oración secreta
que invoque en cada cláusula tu nombre…
Y acaso en una mesa cercana se encontrará Borges que replicará con el suave acento porteño —incrustado en el corazón el arrebato que enciende la letra:
Que nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
Todavía perduran hoy los recuerdos eternos de la tierra. Es verdad, ya no existe la legendaria Biblioteca de Alejandría. Hoy la galaxia de Gutenberg se ha transformado al ritmo del conocimiento del cosmos y de la ciencia del espacio. El macrocosmos del universo se fusiona al microcosmos del ciberespacio, en alternativas infinitas, en redes de conocimiento que cada segundo son más grandes, complicadas y sutiles. No obstante aún permanece el inapreciable valor de la biblioteca.
Los objetos preciados que guarda —en la doble acepción de contener y proteger— siguen siendo una herencia humana real que no compite con el desarrollo de la virtualidad a través de las tecnologías informáticas, sino que las complementa y hasta las sustenta. Los Vedas, la Biblia, el Popol Vuh, el Dhammapada, la Torá, el Corán son textos sagrados que siguen siendo el cimiento de ese ámbito solar y lunar que la biblioteca constituye. No basta toda una vida para su lectura, pero siempre están allí, recordándonos como una invaluable tarde en la que los pasos del caminante le llevan al vocerío inconfundible de San Juan de Letrán, que lo permanente está también fabricado de pequeños, efímeros, aunque significativos detalles y momentos.
También en la biblioteca es posible encontrar al escritor. En ocasiones se llega a trabajar con la mente y el corazón durante todo el día. Las mesas se llenan. La tranquilidad es manifiesta aún en los sitios de mayor demografía, como se percibe fácilmente en la Biblioteca Central de la Universidad de Guanajuato, que es un verdadero homenaje a Escher en su concepción y armonía laberíntica. Es común encontrar a Akira Nagashima, quien me platicó un día que luego de haber expuesto en el museo Guggenheim, en Nueva York, todos los periódicos hablaban de su trabajo pero él mismo no disponía de un solo dólar siquiera para su manutención.
Otro día recuerdo haber encontrado en las afueras de la Biblioteca de México en La Ciudadela a un personaje que caminaba con el aspecto de pasar por una gran conmoción. Le reconocí inmediatamente, se trataba del uruguayo Eduardo Milán, a quien habían publicado un poemario en Coahuila titulado Ostras de Coraje. Le saludé y en su respuesta alterada me confío que le habían robado su carro. Entonces le sugerí dirigirse a la delegación de policía y tránsito en las calles de Izazaga y 20 de Noviembre.
Una vez en el corralón nos atendió un oficial que tenía frente a su escritorio un conjunto de papeletas cuidadosamente ordenadas, frente a él se encontraba un micrófono, un block de notas, un celular, un teléfono y una computadora. En el patio había alrededor de doscientos automóviles. Mientras Milán hablaba con su mujer para resolver quien pasaría a recoger a los niños a la escuela, me apersoné en la entrada para ver llegar la grúa con el auto. En unos veinte minutos el carro llegó al depósito de infractores.
Eduardo Milán se mostró agradecido. Dentro del coche me dijo en tono de confidencia que únicamente cuando llegó a México y fue recibido por Octavio Paz en su casa se sintió igual de bien tratado. Claro esto no fue óbice para pagar la multa, pues por descuido Milán había estacionado su carro en una zona donde solamente se permite el estacionamiento a los tráileres que descargan su mercancía para el supermercado del ISSSTE. Me obsequió un ejemplar de Ostras de Coraje —un libro magnífico que retrata la condición humana en el desamparo y a consecuencia de la crueldad del hombre mismo— me llevó cerca de mis rumbos por la avenida Cuahutémoc.
Reflexiono ahora de qué manera se concatenan los acontecimientos. Lo desconocido nos deja inermes y vulnerables, pero igualmente nos reta y plantea un problema a descifrar y a resolver. Empero lo desconocido llega también en alquímica fusión con los formulismos, las convenciones, los horarios y pormenores de lo que es rutina, habitual y acostumbrado. Es justamente esto lo que tranquiliza y pone en orden mente y corazón para poder afrontar la realidad que se avecina. El caminante llega a la biblioteca, de entre los libros del estante selecciona uno, ya bien conocido aunque siempre insólito, se trata de un ejemplar sobre poesía mexicana del siglo XX. Busca algo específico y lo encuentra, es el poema “Hermandad” de Octavio Paz y lee:
Hermandad
Homenaje a Claudio Ptolomeo
Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
Por estas razones es que la biblioteca es una de las dimensiones humanas que debe recibir una atención cuidadosa y puntual. No es un mero depósito de libros como decíamos, sino un espacio lleno de vitalidad con áreas bien diseñadas para el trabajo en equipo o personal. En consecuencia es tan relevante que cuente con los atributos más apropiados para su desarrollo. La iluminación es una de estas condiciones, pero también lo es la comodidad de sus áreas, la disposición de los estantes, los lugares determinados para la consulta o para las copias fotostáticas, la conservación adecuada de sus instalaciones, los sitios para la distensión y el esparcimiento que serán fundamentales luego de un trabajo extenuante —tal vez de varias horas de duración.
La biblioteca es la brújula de infinidad de personas. Este lugar al que prestamos tan escasa atención, de tan cercano que lo tenemos, nos señala referentes que están situados en los extremos de la historia y nos incita a reconsiderar los rumbos de los pasos cotidianos. En este sentido es necesario que revaloremos a la biblioteca como medio vivo, no solamente para hacer un uso idóneo de ella, sino igualmente para dotarla de los elementos que permitan su mejor desarrollo. De la misma manera en que un parque se muere por desidia y falta de cuidado, una biblioteca se pierde cuando deja de recibir el oxígeno de la atención esmerada, de la creatividad de sus usuarios y de quienes en ella laboran.
CONCLUSIÓN
La imaginación y la actitud creativa del beneficiario de la biblioteca y del bibliotecario mismo son elementos decisivos para su vitalidad. Pero es preciso advertir que la imaginación y la creatividad se nutren lo mismo de sueños que de esfuerzos. Cuando solamente fincamos nuestras actitudes en ilusiones y sueños, es como si construyéramos una casa de arena a la orilla del mar. Si por otra parte únicamente construimos con esfuerzo y tesón, se tiene le riesgo de sólo edificar una construcción fría y amarga. Por esa causa es necesario que en el elevado propósito de darle a la biblioteca la dignidad que demanda unamos imaginación, creatividad, esfuerzo y tesón. De esa forma podrá encontrarse en ella ese espacio que es íntimo y cercano pero al mismo tiempo incitante y retador. Es decir, podrá tener esa característica de lo conocido y lo que siendo ignorado representa lo nuevo, lo que está por ser descubierto.
La biblioteca tradicional puede y debe transformarse hacia un espacio interactivo que genere formas nuevas de relación con el saber al combinar el extraordinario contenido que posee en sus libros con los medios tecnológicos que dan actualmente una fuerza inusitada a la presentación del conocimiento y la información.E4 
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