Armonías en rojo |
José Adrián Vara Aguilar |

Odiaba pasar por esa calle y ver esa mancha roja. Lo peor de todo es que no había forma de irme por otro lado. La mancha estaba justo en la entrada del edificio. Pensé en conseguir otro empleo, pero ya a mis años nadie se atrevería a contratarme, además tratar con nuevas personas y aprenderme sus nombres siempre se me ha hecho difícil. ¡No! No soy bueno para aprender nombres. Me tomó un año aprender el de mí secretaria. Mi esposa casi se divorcia de mí un día que la llamé Fernanda. La muy tonta pensó que la estaba engañando.
Señores, un nombre es cosa seria y complicada, es más que un par de letras juntas, lleva en si rasgos físicos, aspectos de la personalidad, costumbres, ¡ah...!, es tan complicado. Al decir Regina, mi fiel Regina, no sólo pronuncio esa palabra, sino que recreo su imagen en mi mente, y así me pasa con todas las personas que conozco. El día que deje de imaginar, dejaré de nombrar y reconocer.
La verdad no sé porqué me han traído aquí, yo sólo busqué la manera en que esa mancha roja dejara de molestarme. Esa luz lastima mis ojos y mis piernas están acalambradas de tanto estar sentado. Ya estoy harto de sus interrogatorios, soy una persona muy paciente, pero uno tiene sus límites. Sus preguntas ya me fastidiaron: “Que por qué lo hice”, “Que a cuál grupo terrorista pertenezco”, “¿Quién es su líder?”, bah, cómo si tuviera tanto tiempo como para pertenecer a un club. Les juro que antes que todo intenté eliminar la mancha del piso. Usé limpiadores, espátulas, incluso la raspé con mis uñas, mire como me quedaron negras y carcomidas, ¿qué va a pensar la gente de mí? No caballeros, no soy un genocida ni un psicópata, ni un terrorista, soy un hombre respetable. Ver la desarmonía en las cosas me vuelve loco, y esa mancha roja sobre todo ese suelo gris, ya me tenía fastidiado. Es como esos cuadros que parecen manchas de café, que con tan sólo mirarlos me dan nauseas y vértigo. Sé que era más fácil conseguir unas latas de pintura roja, y regarlas por la calle, pero siempre he sido muy impulsivo, además la pintura se borraría con el paso del tiempo, y nadie me va a negar que esa primera mancha también es sangre. ¿Saben?, siempre quise ser pintor, y la calle se ha de ver como un cielo gris de nubes rojas, desde arriba ¡Ah, hermoso! ¡Hermoso! ¡Cómo me gustaría verlo! Es muy noche ¿Ya puedo irme? Tengo hambre. Mi esposa me ha de estar esperando, un hombre respetable no puede llegar tan tarde a su casa.
José Adrián Vara Aguilar (Saltillo, Coahuila, 1984). Estudia el octavo semestre de Letras Españolas en la Universidad Autónoma de Coahuila. Ha publicado en algunos periódicos y revistas locales.
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