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PERSECUCIÓN, TORTURA, CÁRCEL: las consecuencias de cuestionar los hechos de una realidad desventajosa
En la guerrilla y en las letras, Salvador |
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En el pasado, cualquiera que cuestionara el estado de cosas
en el país era comunista. Hoy la clase social que ostenta
el poder ha creado el señuelo de la “democracia”
Llegué a Lecumberri justamente por llevar a la praxis la libertad de mis ideas.
Salvador Castañeda
El agradecimiento al ingeniero Salvador Castañeda y a su hijo Salvador,
así como a Élida Galván Mata
por haber afinado el contacto
entre los Castañeda y este Imaginario.
Del ejido San Isidro en Matamoros, Coahuila, a las calles y plazuelas de la URSS; de los salones de la preparatoria Venustiano Carranza a las aulas de la Universidad de la Amistad de los Pueblos Patricio Lumumba; de la escritura subrepticia y perseguida al Premio de Novela Grijalbo. De una orilla a otra, como si su destino le hubiera deparado lidiar batallas extremas y sobrevivirlas para contarlo. Así ha sido el constante ir y venir de Salvador Castañeda, guerrillero de los sesentas y setentas en México, quien por medio de la literatura ha logrado recrear escenarios que deberían ser “una cicatriz en nuestra conciencia”, según palabras del poeta Jaime Labastida.
Los porqués de varios movimientos guerrilleros mexicanos en actual efervescencia quizá difieran, por mucho, de lo que en un inicio impulsó a ciertas fuerzas a oponerse al sistema político en turno. Mas no por ello dichos orígenes pierden relevancia o resultan inocuos hoy en día. Por el contrario, las experiencias que Salvador Castañeda retrató en varios de sus libros, así como en las siguientes declaraciones, explican la manera en que varios hechos históricos de carácter nacional e internacional —aunados a las condiciones económicas padecidas por miles de familias, como sucedió con la suya— fueron germen de lo que hasta la fecha sigue siendo uno de los contrapesos sociales y políticos de mayor consideración en el país.
¿Cuáles fueron las principales influencias en la primera etapa de su vida que contribuyeron a que desarrollara una visión crítica del entorno? ¿Sus padres, la escuela, Matamoros?
Al parecer la principal influencia resultó la acumulación de hechos de una realidad desventajosa para los campesinos en la Comarca Lagunera. La miseria permanente y una esperanza baldía en instituciones oficiales tales como lo fueron el Banco Ejidal o la Confederación Nacional Campesina. Entre los ejidatarios se le llamaba “El Bandidal” al Banco Ejidal y esto no era gratuito. Pondré un ejemplo de la situación que vivíamos en las comunidades rurales de la región: los ejidatarios nunca recibían el pago de sus jornales en efectivo, sino que éste se realizaba —por parte del Banco Ejidal— con vales, los que además sólo podían ser cambiados por mercancías en una sola tienda de abarrotes en alguno de los ejidos. Si alguno de los ejidatarios necesitaba efectivo para medicinas, por decir, debería aceptar que el abarrotero (¿tienda de raya?) se quedara con un porcentaje del total del vale.
En los poblados ejidales durante muchos años no existieron la electricidad ni el agua potable. Ésta debía ser llevada desde muy lejos y era agua para regadío. Las temporadas más terribles resultaban las invernales, pues entonces no había actividad en el campo. Vale decir que apareada con la propiedad colectiva ejidal coexistía la mal llamada “pequeña propiedad” donde los jornaleros no eran ejidatarios y donde se pagaba cada ocho días con dinero en efectivo. “Los pequeños” tenían apoyo financiero, semillas y fertilizantes de instituciones privadas. El contraste era apabullante.
Lo que realmente despertó la necesidad de indagar el por qué de semejantes condiciones resultó de haber llegado a la capital del país. La radio, los periódicos, los libros; la posibilidad real de allegarse información no solamente nacional sino internacional. Era 1961. Todavía olía a huelga ferrocarrilera. El triunfo de la Revolución Cubana trastornaba la pasividad de las llamadas organizaciones de vanguardia de la lucha social. En 1962, periodo presidencial de Adolfo López Mateos, asesinan a Rubén Jaramillo, ex capitán del Ejército de Sur del Emiliano Zapata y sobreviviente de la Revolución de 1910, quien había continuado solicitando tierra para los campesinos del estado de Morelos. Lo asesinó el ejército, a él y a su familia completa.
¿Y qué lo llevó a tomar la decisión de dejar su tierra para ir precisamente a la ciudad de México?
Tomé la determinación de ir a la capital luego de dos años de haber terminado la preparatoria en Torreón, en la “Venustiano Carranza”. Pero sobra decir que las posibilidades por parte de mis padres para enviarme a estudiar a la UNAM eran una verdadera utopía, así que regresé al ejido a trabajar en el campo al lado de mi padre. Durante ese par de años logré acumular la cantidad de doscientos pesos y con ese capital llegué a México viajando en un trailer que transportaba, desde Torreón, pacas de algodón. Aquello fue igual que aterrizar en otro planeta.
Una vez instalado en la ciudad de México, ¿cómo se fueron hilando las circunstancias para que optara por alguna afiliación política, acaso comunista?
Nunca fui militante comunista; no pertenecí a ése ni a ningún otro partido. Durante un tiempo considerable mi actitud frente a estas organizaciones era de observación. Debo aclarar que, sin embargo, por ese entonces participaba como cualquier otro ciudadano en las movilizaciones para sacar de la cárcel a Demetrio Vallejo y Valentín Campa, líderes ferrocarrileros de aquella gran huelga para arrancarle a los “charros” el sindicato; peleaba también David Alfaro Siqueiros, entre otros luchadores sociales.
Por primera vez, en esas jornadas sufrí un ataque de granaderos. No puedo borrar de mi memoria algo que presencié: en una de las tantas corretizas, los granaderos le dieron alcance a un campesino en una de las calles aledañas a la Plaza de Santo Domingo a donde, en marcha, tratábamos de llegar para realizar un mítin. Le cayeron encima a macanazos decenas de granaderos que descargaron en él toda la frustración de sus vidas. Aquello fue tan cruel que el campesino se orinó y defecó ahí mismo, al pie de una cortina metálica donde trató de protegerse. Al ver esto regresamos los cientos de la marcha y replegamos a los golpeadores.
En aquel tiempo cualquiera que cuestionara el estado de cosas en el país era un comunista. Y según la propaganda norteamericana éstos, los comunistas, eran tan perversos que se comían a los niños, además de no creer en Dios ni adorar a la Morenita del Tepeyac. La Universidad Nacional Autónoma de México era considerada un semillero de comunistas. Y actualmente los calderonistas consideran que ahí, en esa Universidad, los estudiantes son unos delincuentes.
Es sabido que después de una estancia en México, usted se vinculó con la Universidad de la Amistad de los Pueblos Patricio Lumumba en la URSS. ¿De qué manera se dio tal relación?
Como podrá deducirse por lo dicho antes en relación con las condiciones económicas en las que me encontraba, tenía que trabajar y estudiar a la vez, lo mismo que hacía la gran mayoría de estudiantes en la UNAM.
Llegado de entre los surcos, no sabía hacer nada en una oficina, nada que no fuera el oficio de mandadero y eso hice durante un par de años. Como conseguí ese empleo en una compañía de exploración geológica, aprendí a dibujar planos geológicos y topográficos y dejé lo de los mandados. Para entonces ya había desertado de la universidad; no podía con las dos responsabilidades.
En ese tiempo, uno de los ingenieros de mi primer empleo laboraba también en una dependencia gubernamental de exploración de recursos naturales no renovables, quien me llevó a trabajar en ese lugar.
Así las cosas, un buen día encontré en las páginas de un diario de la ciudad una convocatoria para estudiantes que quisieran hacer una carrera técnica, científica o humanista en la Unión Soviética (desde entonces existe un intercambio cultural permanente con muchos países, no solamente con lo que fue la URSS). Enterado de esto presenté una solicitud y me olvidé de ello. Pasaron algunos meses y luego recibí un telegrama donde me informaban que había sido aceptado para recibir una beca y estudiar agronomía (escogí esta carrera por ser también una de las que me gustan).
En la Universidad de la Amistad de los Pueblos, en Moscú, siempre hay un promedio de cien mexicanos estudiando o bien en esta Universidad o en institutos de postgrado. En esa universidad solamente estudian habitantes de los países llamados del Tercer Mundo. Podrá intuirse por esta característica el ambiente ahí —por lo menos en el tiempo en el que estuve— que era de una gran efervescencia política, muy a pesar de las autoridades de la universidad que trataban de atenuarla.
Recordemos que en ese entonces en Latinoamérica había una proliferación de grupos armados en las montañas. Los norteamericanos habían invadido la República Dominicana. Los mismos norteamericanos comenzaron los bombardeos a Vietnam del Norte, e intentaron una invasión a Cuba. En nuestro país la represión contra médicos, maestros, telegrafistas, estudiantes y campesinos iba en aumento; toda inquietud de protesta social era reprimida. Campesinos y maestros rurales en Chihuahua asaltaron el cuartel de Ciudad Madera, una vez agotadas todas las instancias legales para conseguir dotación de tierras y sellar los latifundios para agostaderos, recuperar los bosques de los campesinos en manos de acaparadores. En ese intento mueren estudiantes, campesinos y maestros.
Usted fue cofundador del Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) en México. Cuál de las siguientes dos preguntas resultaría más acertada: ¿qué fue para Salvador Castañeda el MAR? o ¿qué fue para el MAR una presencia como la de Salvador Castañeda?
De las dos, la primera sería la más justa. El MAR fue el resultado de un propósito para lograr un cambio profundo en las relaciones sociales, políticas y económicas en México. El solo planteamiento lleva implícito un reto muy grande y exige de quienes lo planteen, un gran trabajo de investigación histórica que haga concluir que este propósito es viable, necesario e inevitable por el mismo desarrollo de la sociedad. La injusticia no puede ser eterna; no se puede condenar así a un pueblo, éste tiene que buscar una salida que le permita efectivamente vivir en una sociedad democrática.
La clase social que detenta el poder político y económico ha creado el señuelo de la “democracia” según la entienden ellos desde la comodidad del lugar que ocupan en la sociedad, pero la mayoría seguimos esperándola desde hace casi doscientos años. Recordemos que la verdadera democracia, definida en pocas palabras es “lo mejor para las mayorías”. Este solo propósito representa una amenaza de vida o muerte para los que ven amenazados sus intereses: es decir, aquéllos de los que ya hablamos líneas arriba.
Para los que buscamos ese cambio necesario, el costo puede ser la persecución, la tortura, la cárcel, el exilio o la muerte. El intento de los años setenta costó cerca de tres mil muertos entre militantes y no militantes de todas las organizaciones armadas. Como cofundador de esta organización, el MAR fue para mí uno de los intentos de gran importancia en mi vida, además de haber sobrevivido y poder rescatar la memoria de aquellos años turbulentos.
El problema sigue y los intentos también, ahora con otras organizaciones.
Al igual que otros de sus compañeros del MAR, también usted fue capturado y encarcelado. ¿De qué manera recuerda su ingreso a Lecumberri y a los otros penales de México? ¿Cómo fue su salida de ellos?
Debo aclarar respecto a esta pregunta que antes de que nos llevaran a Lecumberri, permanecimos un mes desaparecidos en una cárcel clandestina sometidos a todas las lindezas que tiene la justicia en nuestro país democrático para rompernos lo herméticos. A su vez, días antes hicimos una escala en pleno centro de la ciudad de México, curiosamente en un edificio frente al Monumento a la Revolución (de ellos). Al igual que mis camaradas, también estuve en dos cárceles más: el Reclusorio Norte y en la Penitenciaría de Santa Martha Acatitla, de donde finalmente salí.
La respuesta a esta pregunta la complementaré transcribiendo textual la primera nota de mi diario escrito en prisión, correspondiente al 16 de marzo de 1971: Pasado un mes en una cárcel que no sabemos dónde está, nos sacaron para meternos aquí. Al llegar, la camioneta pareció regresarse, pero entró en reversa por la puerta principal; salimos y ya estábamos adentro.
El último día fue el más largo. Los últimos seis que quedábamos (del MAR), ese día hacíamos trabajo de limpieza cerca de unos apiarios y en los alrededores de un foro para escenificaciones. De pronto, se acerca uno de los guardias y nos dice: Preparen sus cosas porque se van, cabrones. Tardamos tres horas para llegar a la puerta de salida a noventa metros de las oficinas del penal.
Ha comentado que escribía en las envolturas del papel higiénico que tenía en la celda... De aquel Salvador Castañeda al de ahora, el de 2008, ¿cuáles podrían ser las más importantes diferencias en su narrativa?
Es verdad, tenía que utilizar ese tipo de papel para pasar en limpio las notas recreadas. Las notas las hacía en una desventurada libreta que ella misma había renunciado a su espiral que la sujetaba; sus hojas gozaban así de cierta libertad en aquel encierro. Quien me orientó y sugirió algunas cosas acerca de lo que escribía fue un compañero de Lucio Cabañas que se hallaba en la misma crujía donde estábamos todos los que sosteníamos la misma línea de lucha (armada). Las diferencias son muchas luego de escribir mi diario y después de mi primera novela ¿Por qué no dijiste todo? Lo más importante, me parece, es el esfuerzo permanente que conlleva la búsqueda del lenguaje.
¿Cuál cree que haya sido la experiencia más dolorosa y la más gratificante de su permanencia en un penal como el de Lecumberri?
La libertad es lo más sagrado para el ser humano (y para los animales), y cuando se trata de castigar a quien defiende de cualquier forma su libre albedrío, se le castiga (por el hombre mismo) acotándole su libertad no solamente de movimiento. La justificación del aparato legal del Estado es que aquéllos que atentan contra el orden (desigual) establecido deben rehabilitarse para que puedan vivir en sociedad (en ese tipo de sociedad). Lo más gratificante para mí resultó que en esa circunstancia empecé a escribir motivado por la adversidad y la convivencia con todo tipo de personas con diferentes motivaciones. Aquello fue una verdadera riqueza para quien pretende apropiarse de esa realidad. Y eso fue lo que hice.
Si tuviera que seleccionar una palabra para describir el porqué de los fallos a favor de la publicación de su obra literaria y los reconocimientos recibidos hasta ahora, ¿cuál sería tal vocablo y cuáles las razones?
“Testimonio”… llevado a la literatura. Testimonios hay muchos y de todos los temas, pero no es sólo eso, sino que (en mi trabajo) he hecho ficción por medio del lenguaje y sus recursos. Esto no resulta fácil y se hace necesaria la asistencia a talleres de creación literaria. En mi caso, no obstante haber salido de la cárcel con un diario y un remedo de novela escritos, debí asistir a talleres (de cuento y novela) durante un año, coordinados por excelentes maestros, escritores con obra reconocida: Tito Monterroso, Arturo Azuela y Gustavo Sainz.
¿Ha dejado completamente atrás su experiencia como miembro de una organización guerrillera? ¿O de alguna u otra manera sigue ejerciendo ese rol, con facetas y en espacios distintos, ante las condiciones políticas y económicas que imperan en México?
Dentro de mi producción literaria he incursionado en el ensayo. La publicación más reciente es un trabajo de investigación acerca de los grupos armados de los setenta: La negación del número: la guerrilla en México (1965-1996) una aproximación crítica, editado por Conaculta y Ediciones sin nombre. De esta manera participo y trato de estar al tanto de lo que acontece en nuestro país. Al mismo tiempo estoy retomando una novela cuya anécdota se da precisamente en el ejido donde nací (San Isidro). Es un viejo proyecto cuyas primeras notas se remontan a hace quince años. He desarrollado el texto general; sin embargo, no me convence del todo y estoy sobre él.
A manera de epílogo, queda aquí el siguiente fragmento de la novela ¿Por qué no dijiste todo? (Ed. Grijalbo, 1ª. ed., México, 1980) que retrata de alguna forma experiencias vividas por Salvador Castañeda durante el tiempo en que fue privado de su libertad a través de la voz omnisciente de uno de sus personajes, Perkins: La cárcel te ha tragado, te asimiló (…) Sepultado entre murallas hongosas y húmedas, sin saber hasta cuándo, ves pasar el tiempo que se alarga y no se acaba nunca. Mañana, como cualquier otro día de tu vida de encierro, harás lo mismo que haces todos los días. Así será porque no puedes hacer otra cosa, por más que quieras. Despertarás por la madrugada para que te cuenten, lo mismo que todos los días, como si fueras animal. Lo primero que verán tus ojos será la parte inferior de la litera de arriba con sus cuarteaduras y escarapeladas caprichosas. Al verlas, durante horas le darás vuelo a la imaginación, y les encontrarás semejanza con todo; con la libertad misma, según sea tu estado de ánimo (…) Luego volverás a dormir con pesadez para despertar de nuevo a la llegada del perol. Somnoliento y con la boca amarga, bajarás por frijoles duros que nadan entre cebollas enteras, con piedras y apestando a gorgojo hervido (…) Tomarás café con colillas de cigarro que los guardias le arrojan nada más para chingar y que le dan un sabor picante, o con cucarachas de todos tamaños (pp. 150-151). E4 
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