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Para ellos (EU y Canadá), Latinoamérica es México y México es un lugar de perezosos, con maquiladoras, un lugar de vacaciones: Bunge
Conversar con Mario Bunge |
Renata Chapa |
Desde la perspectiva de un hombre de inigualable trayectoria académica se desglosan los males de la educación moderna. Asimismo se perfila el camino a seguir para mejorarla. El dinero
y la mediocridad al timón de las instituciones científicas hoy en día.
A Carlos, Mario, Eric y Silvia Bunge, por el ejemplo de su padre.
A Roberto Tuda Rivas, Ph.D., principal promotor de la obra y estadía de Mario Bunge,
con el respaldo del programa PIFI de la SEP y
la rectoría de la Universidad Autónoma de Coahuila.
A un año de nuestro encuentro,
las palabras del doctor Bunge siguen siendo
un acicate recurrente y maravilloso.
Mi padre sólo me pegó una vez: cuando tenía tres años
y me subí a una escalera porque quería agarrar la luna.
Mario Bunge
Sobre sus hombros, nueve doctorados honoris causa; cuatro profesorados honorarios; el premio Príncipe de Asturias en Humanidades y Comunicación (1982); el doctorado en físicomatemáticas; más de cuarenta libros traducidos en doce lenguas; quinientos artículos publicados en revistas científicas internacionales de primera talla; las becas Alexander von Humboldt, Killam y Guggenheim; la impartición de cátedras sobre filosofía de la ciencia, filosofía de la tecnología, ética, ontología, epistemología y física en Argentina, Uruguay, México, Estados Unidos, Alemania, Dinamarca, Suiza y Australia; investigaciones sobre física atómica y nuclear, matemática aplicada, biología, psicología, sociología y política. Una carga de gran tonelaje intelectual que hoy explica el lento paso de Mario Augusto Bunge, pero, también, su erudita celeridad de pensamiento, ése que lo ubica como icono de la historia mundial de la filosofía de la ciencia del siglo XX.
No es en un sofisticado auditorio de alguna urbe cosmopolita, ni en un canal internacional de televisión educativa o en uno de los múltiples sitios de Internet que citan la obra del doctor Bunge desde donde él comparte las siguientes estampas de su vida académica y familiar, así como de la especial cosmovisión construida durante sus ochenta y ocho años. Parsimoniosamente, la delgada figura del titular de la Cátedra Frothingam de Lógica y Metafisica de la Universidad McGill en Montreal, se cuela por unas sencillas escaleras de cemento; luego se dirige al fondo de un breve pasillo arropado por árboles, hierba desértica y chanates.
De impecables jeans y camisa blanca, entra a un salón de clases y saluda con la agradable musicalidad de su acento porteño. Acerca una silla acolchonada y se sienta en señal de arranque. Es difícil creer la manera en que un personaje de incansable trayectoria —enmarcada por la Primera y Segunda Guerras Mundiales, la Depresión del 29, la Guerra de Vietnam, la llegada del primer hombre a la luna, la Guerra Fría, la caída de Muro de Berlín, entre otros hitos, y entreverada con el surgimiento de la radio, la televisión, la computadora y la Internet— abre su archivo histórico personal para conversar.
La primera infancia, como sostienen bastantes teorías de la educación, es determinante para la formación intelectual. ¿De qué manera están presentes sus padres detrás de sus aportaciones al mundo científico?
Yo adoraba a mi padre. Aunque él tenía poco tiempo para mí, era muy tolerante y afectuoso. Fue una influencia decisiva. Mi papá trabajaba como médico y legislador. Aún recuerdo cómo construía sus proyectos de ley bien fundamentados y cómo los defendía. Se sentaba en aquellas sillas altas del congreso, flanqueado por dos pilas de libros y revistas de legislación laboral en francés, alemán, inglés y español a las que estaba suscrito.
Una noche, mi padre se acercó a mi cama para escucharme leer francés y alemán. Quedó horrorizado con mi pronunciación. En aquella época (1924) se esperaba que toda persona culta aprendiera idiomas; que supiera dos o tres lenguas extranjeras. Tiempo después comencé a comprar cuatro periódicos cuando tomaba el tren para ir a la escuela. A diario leía periódicos en alemán, francés, inglés e italiano, más los libros de texto de física y matemáticas. Ahora, cuando regreso a Argentina y converso con parientes y amigos, no leen nada en lenguas extranjeras. Es una pena.
Mi padre también fue diputado nacional por el partido socialista y el primer sociólogo empírico de la Argentina. Era un gran entusiasta como todos los de la generación conocida como de “los ochenta”, también llamada de los positivistas o cientificistas, porque tenían fe en la ciencia. Sin embargo, en mi casa no había un solo libro de ciencias. Mi acercamiento a ellas fue a través de un contacto que tuve con unos libros de astrofísica. Cuando le comenté a mi padre el gusto que tenía por acercarme a la física, él me desalentó al decirme que para los físicos no había empleo, que de eso me iba a morir de hambre y que, en cambio, los químicos podían emplearse en la industria o en el gobierno. Sin embargo, al cabo de un año accedió y alentó mis estudios.
También de mi padre recuerdo las primeras reuniones que compartí con sus amigos. En casa se reunían políticos, médicos, escritores; exiliados peruanos, brasileños y mexicanos, entre ellos, un cristero. Mi papá era socialista. Algunas veces discutí con su amigo José Vasconcelos porque él trataba de convencerme de la relación existente entre lo telúrico y la sangre y yo le respondía, “eso es ideología nazi; ¡yo no siento que la tierra me hable!; simplemente no hay relación entre la tierra y la sangre”. Pero él insistía. Me tomaba en serio como si yo fuera un adulto. Pero a casa nunca llegó un solo científico.
Mi madre era diferente. Ella fue enfermera en Alemania. Después trabajó en China, en dos colonias alemanas. Era luterana, aunque no practicante. Intentó educarme bajo el régimen autoritarista y eso no funcionó. Como yo era un rebelde, mi mamá no logró mucho. Ella era muy dura; no me daba besos porque decía que eso era transmisión de gérmenes. No me llevaba bien con ella.
¿Qué recuerdos guarda de su trayecto como universitario y colaborador de la Universidad de La Plata?
Las conversaciones en el comedor, en medio de comida barata. Una sopa de repollo de cuarenta y cinco centavos, llena de “piojitos”, los pequeños animales negros que tiene esa verdura, nadando entre el queso. Había estudiantes muy pobres que llenaban sus aceiteras de comida para guardar la proteína que tenían los alimentos. Éramos muchos los que nos reuníamos y comenzábamos a preguntar unos a otros, “¿qué estudia usted?, ¿ingeniería, bioquímica, historia?” y todos intercambiábamos información.
En 1963 decido mudarme a Canadá previendo que iba a haber un golpe militar en Argentina. Ya estando en la Universidad McGill, a través de mis contactos con colegas científicos en Mar del Plata, me enteré de diferentes anécdotas que diezmaron el desarrollo científico. Por ejemplo, cuando se nombró decano de la Facultad de Filosofía y Letras al presbítero Sánchez Avelenda del Opus Dei, él decidió juntar todos los libros sediciosos de la biblioteca, entre los que se encontraba la obra de Marx, Piaget, Freud y de un tal Mario Bunge. Estar acompañado por los dos primeros no me molestaba, pero ir al lado de Freud… ¡tenían que habernos quemado en piras diferentes! Otro caso es el de los peronistas que colocaron al frente de la Facultad de Ciencias a un decano que robó y vendió materiales de los laboratorios. En el Instituto de Física de La Plata, otro militante peronista, incompetente. El objetivo de la dictadura era debilitar a las universidades y buscaron dispersar a los institutos de investigación científica para que cada director hiciera lo que fuera. Cuando terminó la dictadura militar, el nuevo gobierno de Alfonsín creó la Secretaría de Ciencia y Técnica pero no se pudo reponer. Kirschner, hace un par de años, destinó fondos para hacer regresar a científicos que habían escapado. Han vuelto, al parecer, sólo cien. Desde 1960, las bibliotecas en Argentina están tan vacías como tantas en México.
Entonces, desde su óptica, ¿cuáles pueden ser las recomendaciones que le sugeriría a un rector o a un decano de una universidad para activar la vida científica?
Primero, bibliotecas. Tiene que buscar mecanismos atractivos para repoblar las bibliotecas y suscribirse a por lo menos cinco revistas científicas por cada área del conocimiento. Por ejemplo, en sociología, a tres; en economía, a otras tres o cuatro y así sucesivamente. En segundo lugar, también le recomendaría que buscara de donde fuera los recursos para ofrecer becas a doctorantes para que el investigador lo sea de tiempo completo. Yo me tardé de 1944 al 52 en elaborar mi tesis porque me tenía que ganar la vida. En América Latina es común que el investigador esté sobrecargado de clases; lo obligan a que imparta veinte o treinta horas a la semana, lo cual es monstruoso. Y hay que agregar el tiempo de preparación y revisión de materiales. No queda tiempo para pensar. En Estados Unidos o en Canadá una buena universidad pide seis horas a la semana. Y, por último, que no se quede en su oficina. Que se acerque no a decirles qué hacer a los investigadores, sino a escucharlos y a preguntarles qué necesitan, de qué manera los puede apoyar. Que ponga a su lado un secretario y que el rector no administre, sino que dirija; que sea un científico de cincuenta años, experimentado, y que asuma el sacrifico que significa ser rector y también científico. Una vez fui miembro del consejo consultivo por un año y, al término, me fui porque sé que la función burocrática embrutece, aniquila. No debe buscarse gente con perfil político, sino filósofos; no importa su religión, siempre y cuando sean capaces. En Estados Unidos y Canadá se pide que el rector sea un buen recaudador de fondos para que, aunque no tenga credenciales académicas, sea simpático y pueda conectarse con el sector privado. Yo conocí en México al ex rector de la UNAM, el doctor Soberón Acevedo, quien seguramente estaba afiliado al PRI, pero era serio y honesto con la universidad.
Ante el arraigado desinterés por la lectura y la escritura, herramientas fundamentales de todo investigador, ¿cómo puede fomentarse el interés por la ciencia en las aulas si cada vez son más los alumnos que solicitan que los temas ya estén digeridos?
Creo que no hay que martirizar a los estudiantes con maestros sin pasión al enseñar. Gente indiferente a la enseñanza existe por montones y que sólo se dedican a ella por tener un sueldo extra. Cuando el profesor no es un científico, entonces tiene que pedir ayuda a especialistas que sí logren transmitir el entusiasmo por las disciplinas que dominan.
Los investigadores deben tener un contacto directo con los chicos para que les digan qué están haciendo y cómo se piensa. Todo explicado en términos sencillos, por medio de conferencias breves, de una hora. Un paleontólogo, por decir, habrá de mostrarles un fósil o algo que sea en realidad atractivo. Aquí recuerdo la clase de biología de mi padre en la escuela secundaria. Él era el único que llevaba un microscopio a clase. En la primera sesión les decía a sus alumnos: “los que quieran usar el microscopio siéntense adelante y los que quieran jugar, vayan para atrás”. Mientras que una buena parte se iba al fondo, ésos que decidían ver por el microscopio exclamaban “¡ah!”, “¡oh!” de manera insistente y con eso llamaban la atención de los “juguetones” quienes, por curiosidad, lograban interesarse en los contenidos de la clase y quedar asombrados al ver moléculas de agua con aquel aparato.
Otro problema es éste. Desde Salamanca, en el siglo XV, hemos heredado el vicio de los apuntes previamente redactados. Hay que terminar con eso. Que los estudiantes no se conformen con lo que saquen de Google, que vayan a las bibliotecas, y que en lugar de exámenes, los alumnos redacten una monografía. En cuarenta años que llevo enseñando en McGill, sólo una vez, y por exigencia de la universidad, he aplicado un examen. Yo sólo les evalúo tres aspectos: participación en clase, presentación oral y la redacción de una monografía de entre diez o quince cuartillas. Es muy importante la creatividad que, por cierto, no consiste en exponer y resolver los problemas de otros, sino proponer sobre lo que han hecho otros. Por ejemplo, ¿cuál es la filosofía de la basura? La basura es un problema moral y técnico. Basura es “algo que no está en su sitio”, según los ingenieros. Para los tradicionales, no es mero desperdicio, sino que es inmundicia. Según la filosofía de la basura que cada quien tenga, entonces se podrán ofrecer propuestas, o no, para paliar la contaminación y propiciar el reciclaje.
También es importante que tanto en los cursos de extensión como en la currícula completa se inyecten materias humanísticas, inglés y un especial énfasis a la redacción. En el caso de los ingenieros, por ejemplo, su conocimiento útil dura alrededor de siete años, ya que las especializaciones tienden a ser superadas por otros conocimientos nuevos en un periodo corto. Si un especialista tiene al lado a las humanidades, es más abarcador, le hace más fácil el tránsito a otras áreas. Los mejores empleados tienden a ser los egresados de las humanidades porque están más dispuestos a cambiar, a diferencia de un especialista, como puede ser el caso de un gerente o un administrador o un economista. Por tanto, el ingeniero debe estar en constante actualización, con un cerebro acostumbrado a recibir nueva información. No veo por qué no puedan abordarse temas como la historia o la filosofía de la técnica en estas carreras. Sería ideal.
¿Qué tanto interés tienen en EU y Canadá por el científico latinoamericano?
Ninguno. Existe un gran desconocimiento. Para ellos, Latinoamérica es México y México es un lugar de perezosos, con maquiladoras, un lugar de vacaciones. Pero también es cierto que cuando el investigador latinoamericano se acerca a EU o Canadá, lo acogen con brazos abiertos, siempre y cuando tenga obra publicada.
Ahora bien, para publicar en revistas especializadas importa bastante la originalidad. Si el texto no es novedoso, simplemente no se publica. Debes mostrar cuáles son las lagunas en el conocimiento actual. Sin embargo, en otros contextos, el documento que es audaz, novedoso, original va a ser mirado con malos ojos por los evaluadores porque la mayoría de ellos son mediocres. Ellos saben que corren un riesgo al aprobar textos originales. Éste es un problema moral. Si es dinero lo que quiere el investigador, tendrá que bajar sus ambiciones intelectuales y volverse mediocre para que aumenten las probabilidades de que le asignen una partida. Alguien que pide subsidio desde provincia tiene menos posibilidades que el que está en el DF.
Un psicólogo, John García, publicó un artículo titulado “Envistiendo contra los molinos de papel”. Él y su equipo tomaron cincuenta artículos publicados en revistas de primera línea por autores de Harvard, Princeton, Yale. Les cambiaron el título y la universidad de origen y, al someter a concurso las investigaciones, fueron rechazados por motivos espurios.
Hace algunos años se me ocurrió emprender una investigación sobre los mecanismos sociales. Pero como mi trabajo incluía la palabra “mecanismos” y lo estaba evaluando un filósofo francófono, me lo rechazaron. Y ya son tres las veces que pasa esto y por el mismo motivo. Me queda claro que la novedad obliga a una readaptación. Muchos tienen “neofobia” porque sus creencias son muy acendradas.
También hay que tener cuidado con los “fayutos”, con gente falsa, hipócrita. Hay que estar seguro de que la persona a la que consultamos no nos tiene rabia. Es aquí donde procede lo que dice Hobbes, es la lucha del “hombre contra el hombre”. Pero si no es el dinero lo que le mueve, sino una auténtica pasión al conocimiento, entonces hay que insistir y ser más cabezadura que el burócrata y tener fe en sí mismo.
Si los científicos constituyen una comunidad marginal, sectaria, atomizada, entonces ¿cuáles son las alternativas, si es que existen, para acercar la ciencia a sectores económicamente marginados de la sociedad?
Hay que estimular a los profesores y a los científicos a que salgan extramuros y que den conferencias accesibles para que divulguen lo que se hace en ciencia o en técnica. Es un deber del científico. En el siglo XIX, Faraday, Maxwell, entre otros, daban conferencias populares y luego las publicaron en libros muy accesibles. Einstein tenía conciencia social y le gustaba despertar vocaciones científicas. Yo escribo artículos de divulgación porque siento que es un deber. Soy periodista científico de la agencia EFE. También fundé la Universidad Obrera y estoy afiliado a la Sociedad de Amigos de la Astronomía donde contribuimos con el Parque Centenario en Buenos Aires para invitar a las personas a mirar los planetas y las estrellas. También reconozco los esfuerzos de profesionistas que fungen de guías en museos, como sucede en New York.
Aquí en México, en el DF, existes dos museos de ciencia y tecnología maravillosos. Pero debería existir uno en cada ciudad. Basta con una sola persona cuya misión sea ésa en la vida para que pueda difundir la ciencia en gran escala.
Después de dos horas de tranquila charla, casi por despedirse, el doctor Bunge describe su vida actual como la típica de un profesor canadiense: lee un diario conservador de la localidad porque lo considera el más informado; desayuna y después se pone a trabajar es su último proyecto, que en este caso es su próximo libro; revisa artículos; atiende sus correos electrónicos. Al usar las nuevas tecnologías del mundo computacional, gano tiempo en recabar información, pero pierdo otro tanto en leer todos los e-mails que me escriben con faltas de ortografía; eso me irrita sobremanera. Después almuerza ligero, una ensalada, y sigue trabajando en recomendaciones de alumnos y colegas de cualquier parte del mundo, o bien, en referatos de artículos solicitados por revistas internacionales. Duerme un poco y, a las seis, puntualmente, ve el noticiario de televisión de la BBC de Londres y luego mira el de la NBC. A las 7:30 p.m. come, y después disfruta alguna película o lee una novela. Me gusta mucho Carlos Fuentes. De él estoy leyendo La silla del águila. Espero que algún día le den el Nobel. Cuando son días de asistir a la universidad, imparte su clase y pasa sus horas de oficina en el despacho. Suele comer en el club universitario.
Antes de agradecer la afable conversación del doctor Bunge y tratar de grabar lo mejor posible su gesto, era menester preguntarle qué lo había movido a trasladarse desde Québec hasta una calurosa ciudad de la provincia mexicana. Me gusta México. Lo considero una de mis patrias. Tengo recuerdos agradables y desagradables de mi estancia en él, pero es por los agradables que acepté venir. Mi presencia aquí no es la de un maestro que viene a impartir un seminario o conferencias. La invitación de la universidad me tocó la moral, porque sé lo difícil que es tratar de mejorar una política relacionada con la difusión científica. Pensé que tal vez con mi presencia en México, quienes promueven la ciencia no se sentirán tan dejados de la mano del señor… presidente. 
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