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22 de abril de 2008


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Globalización y Cultura
Alejandro Esparza Farias y Espinosa

Si el arte y la cultura son una representación del mundo
y la sociedad que le habita, entonces… ¿han perdido
su esencia espiritual?

Durante varios artículos, hemos ido conformando lentamente una estructura  que en su generalidad ha deseado plantear a nuestros lectores las diferentes visiones que de la cultura y el arte resultan a propósito de un análisis socio-antropológico. Para ello, nos ha servido mucho basarnos en el singular libro; Teoría y Análisis de la Cultura, autoría de Gilberto Giménez Montiel y que editaran, en el año 2005, el Instituto Coahuilense de Cultura y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, dentro de la colección Intersecciones. Con el paso del tiempo, este libro ha ido cumpliendo las especificaciones de su origen ya que se ha convertido en pieza clave para comprender muchos aspectos del ocurrir cultural, desde un planteamiento teórico, de análisis e incluso histórico. Así que siendo un gran referente para nuestros días aciagos en los que necesitamos ser incisivos para con la intelectualidad, continuaremos con la búsqueda de significaciones que nos ayuden a entender más ampliamente el espectro general de nuestra sociedad, referenciado en el arte y en la cultura que desde ella y para ella se genera.  
En el capítulo I de la sección “Antología” del volumen uno de dicho libro, encontramos una muy amplia, aunque concreta visión de la Cultura en la Tradición Filosófico-Literaria. Es una síntesis de la evolución cultural respecto a la correlación entre creadores y “patrocinadores” a lo largo de varios siglos, y como esto ha ido estructurando la participación social del quehacer artístico en su influencia dentro de la formación, educación, culturización y determinación de la vida política de la sociedad. La vida política, señalada aquí desde un orden temporal, más que de un orden conceptual, pero una cultura, más desde un orden conceptual, que de organigrama. Subrayando que la política ha ido ocupando un orden de trasgresión en sí misma, al devenir esta primero desde una definición de clase, es decir, aristócrata, a una definición, ya, de jerarquía de estado, o sea, de gobierno. Bien, los antecedentes numerados que datan desde Roma hasta la Europa posterior a la Reforma, nos explican la particular relación que ha tenido que guardar el individuo artista para con el poder, en aras de, primero, ganarse el derecho a ejercer la actividad del desarrollo artístico y luego, vivir de ella. Aunque si bien es cierto, marcado en su contexto siempre desde una praxis de la dependencia, lo que le ha convertido en épocas determinadas, en más o menos que lo mismo que un sirviente cualquiera; sometido a los caprichos de sus amos. Lo cual no ha demeritado que en su origen el artista como género en sí mismo de la especie humana, haya sido capaz de incluir al arte en la reformulación del entendimiento del ser humano. Elaborando un análisis histórico de estos episodios generales de la humanidad, encontraremos desde luego características que determinarán inclusive grandes hallazgos artísticos, que son los que, al mismo tiempo, definirán escuelas y tendencias, géneros y estilos, que desde un estudio sociológico, político, cultural, cuántico y antropológico, se convertirán en expresiones que definen y que representan grandes manifestaciones de un tiempo, de una sociedad, y de su momento. Así, observaremos con detalle la cultura popular, la cultura de las cortes, la burguesa, la ilustración, el renacimiento, el humanismo, la escolástica, y un gran número de tendencias que a la postre pueden significarse como movimientos sociales o expresiones de una época. Dicho entonces a grosso modo, es un capítulo en donde podremos observar el difícil devenir del artista hasta nuestros días, en los que si bien es cierto y gracias a la voluntad gubernamental de brindarle apoyo, ya no está tan sólo, sí continúa divagando un poco, y mucho a expensas de que en la sociedad pueda entendérsele su participación de fondo. Pero más allá de todo ello, se encuentra la parte conceptual del arte y la cultura, cual sinónimo de su propio tiempo. De esto, hemos señalado en anteriores textos, diferentes ejemplos de la co-dependencia de la sociedad y la cultura, de cómo el arte es una manifestación que expresa la naturaleza misma de la sociedad en donde se genera, y de cómo ésta debe —y de hecho lo hace aunque no quiera— retroalimentarle para que el arte y sus manifestaciones se cristalicen. De tal forma, que encaminándonos despacio en este proceso periodístico en el que pretendemos formularnos algunos parámetros útiles para ampliar nuestro conocimiento al respecto, vamos a abordar el tema de la globalización. Algo necesario pues es tal vez uno de los principales fenómenos que se ha paseado por cualquier mesa o salón de clase. Para hacer esto, será necesario recurrir a analogías históricas, pues además es un tópico que singularmente está signado por el concepto del mercadeo, del intercambio de bienes y servicios, e irreductiblemente, habrá que abordar despacio el carácter de patrimonio, que la cultura y el arte han ido también signando en el paso del tiempo moderno, ya con la participación directa del Estado-mecenas.  
Nos encontramos aquí en primera instancia con diversos conceptos que enmarcan los fenómenos del mercado, y los fenómenos de la creación, como conflictivos. Porque se ha dicho que al sucumbir el arte y su creador a las necesidades pragmáticas de un mundo materialista, éste ha perdido entonces su esencia espiritual. Pero si reflexionamos con honestidad, habrá entonces que señalar, que en primera instancia, si el arte y la cultura son una representación del mundo y la sociedad que le habita, bien empezaremos aceptando al fenómeno de la globalización como un concepto de identidad que se nutre de diversas maneras de entender la vida y ejercerla. Al hacerlo, observaremos entonces un equilibrio existente dentro de un mundo que ha visto la necesidad de satisfacer a todas sus demandas, y antropológicamente tolerar la inclusión de sus fenómenos como un todo que abarca desde lo primigenio hasta lo excelso. Siendo así también el uso de herramientas una clave para comprender la evolución de la comunicación, y entendiendo que finalmente el arte y la cultura son entes de comunicación plena, eficaz y auténtica, señalaremos apropiadamente que los términos no solamente entrarán en desuso dentro de algún tiempo, sino que por lo pronto, habrá que considerar a la tecnología como un bien antropológico, más que herramienta del destino cosmopolita del ser humano, al que le es urgente actualizarse constantemente, en vísperas de comprenderse un poco mejor. Por lo mismo concluiremos por ahora, en que si el arte debe ayudarnos a sumergirnos en un proceso que nos involucre en búsqueda y exploración de nosotros mismos para aceptarnos dentro de una identidad, será pues un avance del concepto de la catarsis para discernir qué tanto necesitamos los unos de los otros.

 
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