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22 de abril de 2008


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Estar en un Cereso en ese momento era lo mejor
para mí
: Torres Gómez

Testimonio desde prisión:
entre el abismo y el principio de la libertad

Aporofobia
(Segunda parte)

Renata Chapa

Con su experiencia, Quiquillo pone de manifiesto la incongruencia en el trato a los pobres. La discriminación hacia quienes tienen menos recursos económicos evidencia que la riqueza material no siempre va de la mano con el patrimonio espiritual

Para el ánimo férreo de Javier Torres Gómez.
A él y a su familia, el reconocimiento y mejores oportunidades.

En la primera parte de esta entrega fue compartida la definición que la especialista en ética, Adela Cortina (citada por el filósofo Emilio Martínez Navarro) brinda al neologismo “aporofobia” —nombra un sentimiento difuso y, hasta ahora, poco estudiado de rechazo al pobre, al desamparado, al que carece de salidas, al que carece de medios o recursos— y la manera en que lo diferencia de la xenofobia —la actitud que subyace a muchos comportamientos supuestamente racistas y xenófobos no sería, en realidad, la hostilidad a los extranjeros, o a las personas que pertenecen a una etnia diferente a la mayoritaria, sino la repugnancia y el temor a los pobres, a esas personas que no presentan el “aspecto respetable” de quienes tienen cubiertas sus necesidades básicas (Cortina, 1996:70)—.
También fue abordada la manera en que se tiende a afirmar, erróneamente, según Cortina, que los violentados son causantes principales y únicos de la violencia, y no se dirige (o no se puede dirigir) el análisis a otro tipo de grupos que “fabrican violencia” desde sus cómodas y ocultas buhardillas.
Finalmente fue traído a colación el caso de un grupo que vive con harta dureza las consecuencias de la aporofobia: los reos. Una anécdota especial extraída de la cotidianidad de este tipo de “pobres” en reclusión ayudó a clarificar cómo es posible paliar ese odio per se hacia ellos. Fue narrada la historia del taller de literatura “Libertad bajo palabra” impartido, de manera altruista, por el escritor Jaime Muñoz Vargas, en el Centro IMAGO Unidad Cereso Torreón y el trabajo con el que uno de sus alumnos obtuvo el primer lugar en un concurso de cuento a nivel estatal.
La que sigue es la narración con la que otro de los internos se hizo acreedor a una mención honorífica. Él no fue alumno formal de “Libertad bajo palabra”. Yo no soy bueno para la escuela. Nomás no me entra, me dijo el día que visité su puesto de gorditas en el penal para invitarlo a concursar. Suelta las ideas como sea, le comenté con cierto desparpajo. Sácalas según te de la gana. Lo importante es que las pongas en el papel, que dejes el testimonio por escrito y luego ya las peinaremos.
Faltando unos cuantos días para el cierre de la convocatoria mi amigo se presentó al fin en el área educativa porque dijo estar listo para escribir. Pidió un par de hojas de cuaderno y un lápiz. Le acerqué un café y ahí duró alrededor de dos horas. Me pudo entregar las cuartillas tupidas. Las capturé tal cual aparecían; sólo procedí a la corrección ortográfica. Imprimí su texto y se lo llevé a su puesto al día siguiente con sugerencias en los márgenes para el manejo del tono y de la lógica del hilo conductor. No pretendíamos ajustarnos rigurosamente al esquema del cuento. Sólo ser claros y auténticos. Él agregó otras cuantas ideas. Volví al original para su respectiva edición. El tiempo se terminaba. Revisamos por última vez, reimprimí en casa y, al otro día, el último para enviar trabajos, le pedí que corriera a ver el resultado final. Firmó las hojas con su historia y las metió en un sobre color amarillo. A ver cómo nos va, comentó sonriente. Nos dimos un abrazo y voló para atender a sus “gordas”. Desde el pasillo me gritó, ¡Gracias! ¡A ti!, le respondí.

Aquí está lo que tres meses después, en el mismo puesto donde comenzó esta historia, vimos publicado en el libro Pensamiento en libertad:

DE ALTO CALIBRE

Ganamos justicia más rápidamente
si hacemos justicia a la parte contraria.

Mahatma Gandhi


Han sido un chingo de broncas amasadas hasta hoy. Tantas así que nunca me había pasado por la mente que yo pudiera con algo que me retara a ser distinto. Lo que quiero decir es que quién se pone a pensar en un concurso, fuera éste de lo que fuera, cuando a veces trae ahogados alma y mente de tanto chillar para dentro. Pero cuando me topé con el cartel de aquella convocatoria y leí que invitaba a escribir cuentos, pues ¡qué mejor que el de mi propia vida! Y es que no hay cuento más cabrón que el de uno, el que trae arrastrando desde que nació, el que no deja de escribirse todos los días a punta de madrazos y de unos cuantos milagros. Con esa idea metida en la cabeza, me puse de aferrado a escribir.
Encargué un rato el puesto de gordas ese lunes. La raza que me ayuda ahí me vio raro porque me senté debajo del tejabán con hoja y lápiz. Eso nunca lo había hecho antes, pero yo estaba terco por sacar ese mentado cuento. Me di valor con una Coca Cola y comencé a recordar.
Quise comenzar con lo tradicional. Con el “érase una vez”, pero preferí salir de lo ordinario. Sin seguir esquemas, modelos, formatos o teorías de los entendidos que escriben cuentos muy acá, yo decidí hacerlo de la siguiente manera. Soltar la pluma y poner lo primero que viniera a mi mente. El cuento casi se redactó solo. Sin tanto adorno. Nomás lo que había sido. Tal cual.
Mi vida comenzó siendo un niño regalado junto con dos hermanas, San Juana Mayela y Manuela Torres. Llevé una vida llena de dificultades y estoy seguro que por eso crecí con una rebeldía pasiva, con resentimientos, cambiando constantemente de familia. De con mi abuelo brincaba con mi tía Virginia; de con la tía Rosy con otros familiares y así sucesivamente, yendo y viniendo de aquí para allá, pero siempre con una parada obligada, la de mamá Concha, la esposa de mi bisabuelo, con quien nos regaló mi madre biológica.
Un día se me metió en la mente la idea de conocer a mi mamá, llegando a tal grado de invocar al mismo demonio para encontrarla. Llegué a pensar que Dios únicamente escuchaba a los sacerdotes y a mi mamá Concha, hasta que, por fin, por cuestiones del destino logré reunirme con mi madre a mis trece años. A esa edad uno se cree un fregón, que todo lo puede. Pero encontrarme con ella me decepcionó profundamente por el recibimiento tan frío y falto de cariño que me dio. Fue así como creció más mi frustración hacia la vida. Me llené de incertidumbre y una persona voluble, sin saber bien a bien qué era lo que yo realmente quería. No le veía el caso a estar en este mundo. En una ocasión intenté quitarme la vida sin lograrlo.
Así transcurrió el tiempo sin poder llevar una vida normal ni de niño, ni adolescente.  Siempre tenía ganas de sentir que alguien me quisiera. Tenía sed de cariño y creo que por eso todo el tiempo yo trataba de ser complaciente con la gente, pero únicamente me hablaban para cuando necesitaban un mandado o un quehacer. Para eso sí siempre estaba “Quiquillo” presente.
Pero después, al paso de más años, nadie se me arrimaba. Ni amigos ni familia. Nadie lo que se dice nadie. Era muy pinche andar por ahí, como perro inútil, hambreado de compañía. Hasta que me topé con un grupo de chavos que se juntaban para drogarse con tinta fuerte y me empecé a juntar con ellos. Caí en ese vicio.
Años después, me casé con la que hoy es mi esposa. Tuvimos dos hijos, un hombre y una mujer. Quizá debiera añadir más sobre eso, pero al no hablar mucho de lo familiar, quiero dejar claro que, a pesar del noviazgo, matrimonio y la paternidad vividas, aún así seguía sintiendo vacío dentro de mí. Nada me llenaba.
En 1997 mi situación se agravó. Comencé a probar la cocaína para tumbarme el sueño, cansancio, borracheras que me cargaba. Mi vida estaba alcoholizada, sin que yo quisiera o me diera cuenta de que estaba convertido en un alcohólico. Mi caída como persona y como comerciante era de pique, ya que todo lo que ganaba lo metía en la puta cocaína y en pisto. Descuidé mi negocio de comida. No pagaba la luz ni la renta del local. Menos atendía a la familia.
Durante dos años mi vida fue de excesos, hasta llegar al límite de la quiebra monetaria y espiritual, por supuesto. Fue entonces cuando sucedió lo inevitable: me agarraron preso, acusándome de venta de coca. Yo tenía la plena seguridad de librarla ya que sólo me consideraba un adicto —como si fuera poco— y tenía suficientes pruebas para demostrarlo. Pero como no tenía nada de ganas ni alicientes para seguir viviendo (mi esposa ya me había abandonado), mi defensa fue nula. Derechito a la cárcel y sin respingar.  Lo más extraño de todo esto es que, en medio de mi vida echa nada, estar interno en un Cereso era lo mejor para mí. No había lugar más adecuado. Era el sitio que Dios, en su grande amor, había elegido para salvar mi vida, aunque yo todavía no me hubiera dado cuenta de eso.
Para quien no ha estado preso o nunca ha tenido un ser querido prisionero, esto puede sonar contradictorio. Lo común es que se tenga una idea aborrecible de un penal. Es la peor mierda que le espera a un malandro. Pero en mi caso, la reclusión fue el principio de mi auténtica libertad.
Para empezar, la cárcel me devolvió a mi familia. No tenía ni un mes encerrado, cuando mi esposa y mis hijos llegaron a visitarme con motivo del día del padre. Ellos, hasta la fecha, están conmigo. Su incondicional amor ha sido definitivo y he podido valorarlos como lo que son y como se lo merecen. El aislamiento me ayudó a comprender la manera en que mi vida depende de ellos y cómo la de ellos también está depositada en mí. Esta luz fue la primera lección aprobada en esta escuela llamada cárcel a la que sólo Dios supo inscribirme a tiempo.
Con mi esposa y mis hijos revalorados, la prueba más difícil, la lección segunda, vino de inmediato. Sin temor a equivocarme, siento que fue a través de ella que se puso a prueba mi fortaleza humana.
Al cumplir cerca de cinco años en prisión, el mes de septiembre se volvió inolvidable. Mi amado hijo, que en ese tiempo tenía quince años de edad, fue con sus amigos a una disco. Ahí me lo balearon. Directo en su cabeza con una 38 mm. Gran parte de su cráneo quedó desbaratado. Mi chavo estuvo en coma por un largo mes. En ese tiempo, mi vida en el Cereso se alimentaba todos los días de angustia y rencor profundos. Día con día temblaba de imaginarlo a él en el hospital, a su hermana y a su madre al lado, sin saber si pasaría una noche más con vida. No podía dormir ansiando y temiendo que, al amanecer, o me enteraría de lo peor o recibiría el milagro de vida en el cuerpo de mi hijo. Los días pasaban y lo misma historia seguía. En coma profundo. Pero yo tenía que continuar hacia delante.
Mientras trabajaba en el puesto, llegó en una ocasión uno de mis compañeros. La noticia que me dio sacudió todo el montón de sentimientos que traía dentro. Me corrió la sangre de arriba abajo sin retorno. Lo que me dijo era muy cabrón y no sabía qué hacer de inmediato. Correr, gritar; quedarme inmóvil. No sabía ni entendía qué pasaba. En unos cuantos segundos, me vino la imagen de mi muchacho y el deseo de venganza me llenó por completo.
— Quiquillo —me preguntaba mi compañero— ¿Y qué vas a hacer? ¿Te ayudamos a meterle su chinga? —Se estaba refiriendo al joven que, al igual que mi chavo, había ido a la disco aquella tarde y decidió dispararle en la sien. Lo habían capturado y estaba entrando al Cereso ese día para cumplir condena.
— ¿Dónde está? ¡Dime quién es! ¡Señálame a ese cabrón! —le pedí a mi camarada que vino a poner dedo del asunto. Y en ese momento,  me indicó que era el chavo que estaba cruzando el patio y se encaminaba al pasillo cercano a mi puesto de gorditas. Él era el culpable de lo que mi familia estaba viviendo en esos momentos. Al verlo sentí el deseo de echármele encima. Ese revolvedero en el estómago ocasionado por el odio estaba a punto de hacerme correr tras de él. Pero algo que nunca antes me había pasado, esa mañana también me dejó congelado. Ahí, a unos metros de mi enemigo, de ése que tanto nos había hecho sufrir, comencé a oír perfectamente la voz de Dios que me decía:
— Perdona, perdona, perdona.  De inmediato tomé la decisión de ayunar y orar para que Él me diera la fuerza de cambiar mi odio en perdón.
Días después, sucedió el milagro. Me acerqué a ese muchacho, Juan Gerardo, un joven de veintiún años, culpable de tanta desdicha en mí. Con una fuerza que jamás pensé tomar, le dije:
— Oye, ven acá.
Juan Gerardo sabía quién era yo y estuvo a punto de salir corriendo.
— No, no te vayas —logré convencerlo. Primero le tendí la mano para comentarle que conmigo no había ningún problema; que aunque yo era el papá del chavo por el que él estaba ahí, no debía esperar nada malo de mi parte. Por el contrario, le dejé claro que si algo necesitaba, yo estaba para servirle, pero que por favor jamás mencionara nada de esto a mi hijo, si es que la libraba en el hospital. Le expliqué que mi perdón era genuino y que Dios, por medio de Jesucristo, me lo había otorgado y puesto en mi corazón. El chavo, dudoso todavía, se fue y me dio también su mano.
Todavía temblando por el momento vivido, corrí al teléfono público para escuchar la voz de mi mujer y saber cómo seguía nuestro pequeño. Esperé un momento y ella contestó la llamada. Antes de saludarme, lo primero que me dijo fue que nuestro hijo, la noche anterior, había empezado a hablar.
— Su primera palabra fue “papá” —dijo con voz llorosa mi mujer.
Dios, en su gran misericordia, le había devuelto la vida a nuestro hijo teniéndolo nuevamente al lado de nosotros.
Fue así como empezó el gran cambio en mí, acompañado de la promesa de no volver a probar las drogas, lográndolo hasta el día de hoy porque vivo eternamente agradecido con Dios, alabando y bendiciendo su santo nombre día con día.
Así llego a mi vida actual, siendo inmensamente feliz, habiendo pasado “con honores” la prueba más complicada, la más difícil de todas: vivir preso en un Cereso, pero libre de adicciones y con un espíritu renovado, colmado de amor y dispuesto a servir al prójimo. Por eso, cuando aquella mañana vi la posibilidad de participar en un concurso de cuento, la técnica literaria que no tenía, ni tengo, era lo de menos. Lo principal era que mi testimonio quedara por escrito y pudiera convertirse en un beneficio para muchos por medio de una historia inolvidable, una de alto calibre humano.

(Torres, Javier, Pensamiento en libertad. Colección Viento armado, Ed. Gobierno del Estado de Coahuila, 2008, pp. 91-98)

 
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