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No marginamos al inmigrante si es rico, ni al negro si es jugador de baloncesto, ni al jubilado con patrimonio: a los que marginamos son a los pobres: Adela Cortin

Un nuevo término intenta definir la aversión hacia
las personas
de escasos recursos. El profesor Emilio Martínez aconseja
la necesidad de una educación intercultural para solventar
el problema. El cuento “Fuga a la nada”, muestra los logros
alcanzados
por el proyecto “Libertad bajo palabra”
en las cárceles norteñas
Con el respeto y la incomparable alegría que esta hazaña implica,
mi reconocimiento para Eliseo Antonio Carrillo Leyva, autor del cuento
que ocupó el primer sitio en el Primer Concurso Estatal de Cuento
“Salvador Castañeda” organizado por la Secretaría de Seguridad Pública,
la Secretaría de Ecuación y Cultura y
el Instituto Coahuilense de Cultura,
así como a su maestro, Jaime Muñoz Vargas, por haber estado ahí,
en IMAGO Unidad CERESO Torreón
para compartir,
bajo palabra, talento, espíritu y libertad

Cortina.
Brecha entre pobreza
y delincuencia |
Claustrofobia, tecnofobia, aracnofobia, homofobia. Son éstas algunas de las fobias o miedos más comunes, de fácil definición. Las tres primeras indican, respectivamente, el profundo temor que pueden provocar los espacios cerrados, los adelantos tecnológicos y las arañas e insectos rastreros. El último vocablo no tiene como referente al miedo, sino el rechazo u aborrecimiento a alguien o a algo, tal cual sucede en el caso de la animadversión hacia los homosexuales. Y quizá es en un tercer grupo, el que combina el pavor y la marginación, donde puede ser ubicada la aporofobia.
Según cita el profesor titular de la cátedra “Filosofía moral” de la Universidad de Murcia, Emilio Martínez Navarro, dicho término no existe como tal en los diccionarios de nuestra lengua, pero sí en diferentes textos que pueden ser ubicados en cualquier rastreador virtual. Sostiene que fue en los trabajos de la experta en ética, Adela Cortina, donde, en la década de los noventa, apareció el vocablo por primera vez.
Martínez explica que aporofobia es una palabra compuesta por dos vocablos griegos: “áporos”, pobre, sin salidas, escaso de recursos, y “fobia”, miedo o temor: el término aporofobia serviría para nombrar un sentimiento difuso y, hasta ahora, poco estudiado de rechazo al pobre, al desamparado, al que carece de salidas, de medios o recursos.
Para ahondar un poco en el hueco conceptual resarcido con la inclusión de aporofobia —y destacar, así, su valiosa pertinencia— Martínez recurre a las diferencias establecidas por la catedrática Cortina entre los términos xenofobia y aporofobia: se habla mucho de la xenofobia que es el rechazo a lo extranjero, pero no se disponía del término adecuado para referirse a la actitud que, a su juicio (el de Cortina), es la verdadera clave de muchas conductas indeseables que se producen en nuestras sociedades opulentas (…) La actitud que subyace a muchos comportamientos supuestamente racistas y xenófobos no sería, en realidad, la hostilidad a los extranjeros, o a las personas que pertenecen a una etnia diferente a la mayoritaria, sino la repugnancia y el temor a los pobres, a esas personas que no presentan el “aspecto respetable” de quienes tienen cubiertas sus necesidades básicas. En efecto, no marginamos al inmigrante si es rico, ni al negro si es jugador de baloncesto, ni al jubilado con patrimonio: a los que marginamos son a los pobres (Cortina, 1996:70) (Ibid.)
La también activista española explica la manera en que la aporofobia es asumida en la cotidianidad y la mitología social que ésta entraña. En el imaginario colectivo los pobres son definidos a partir de opiniones alarmistas que tienden a ser multiplicadas con riesgosa ligereza. A las personas de escasos recursos se les vincula, indefectiblemente, con la delincuencia y como una permanente amenaza al sistema socioeconómico, señala Cortina: Un análisis riguroso de los datos disponibles nos muestra que la mayor parte de la delincuencia, y la más peligrosa, no procede de los sectores pobres de la población, sino de mafias bien organizadas que controlan una inmensa cantidad de recursos. Y resulta tan sarcástico que se considere a los pobres como una amenaza al sistema socioeconómico como lo sería acusar a las víctimas de violencia de ser los causantes de esa misma violencia.
Los pobres son rateros, ignorantes, mentirosos, violentos, parásitos, adictos, apestosos, feos, enfermizos, “nacos”, focos de infección. Éstos son algunos de los apelativos que dan pie a frases de “generalización apresurada”, tal cual las ubica Emilio Martínez. Parten de una experiencia particular para luego ser universalizadas. Además, dichas asociaciones condenan a priori a marginados; refuerzan el de por sí robusto estereotipo negativo. De esta manera, el camino a por lo menos una mínima inserción social sigue sumando interminables kilómetros. Más marginación para el marginado; más pasivo social para el pobre. La desesperación de quienes carecen de oportunidades, cita el autor, los lleva a cometer algún acto ilegal de manera que termina por reforzar su mala imagen y así sucesivamente.
¿Cuál es la propuesta, entonces? Una educación intercultural fortalecida gracias a la ayuda mutua, sostiene en su texto el también maestro de la cátedra “Fundamentos antropológicos y éticos de la paz y los conflictos entre los pueblos”. Esta alternativa resulta paradójica porque es simple y complicada a la vez. Ayuda mutua, sí, pero cada vez son más los que deifican la ley del menor esfuerzo y el individualismo. Entre los planes de vida de muchos no queda contemplada siquiera una mínima lectura para intentar comprender la otredad. No ven utilidad en ello. Tampoco detectan alguna implicación o algo que los vincule a la condición que guardan aquellos que salieron perdedores en la “lotería natural y social” que John Rawls explica en su teoría de la justicia: nadie puede alegar mérito alguno por la cantidad y calidad de sus dotes naturales —inteligencia, fuerza, belleza, resistencia a la enfermedad, etc.— ni por las ventajas sociales heredadas —una familia, unos parientes, un ambiente de crianza y educación, unas oportunidades de formación, etc.— (…) Una parte de lo que cada quien consigue o deja de conseguir en la vida es cuestión de las oportunidades que se le presenten, mientras que otra parte es responsabilidad —mérito o demérito— de cada uno. Lo que impera, pues, es la propia supervivencia hedónica. Cada quien, como cifra el lugar común, deberá “rascarse con sus propias uñas”.
Cabe una aclaración: se caería en otra “generalización apresurada” si aquí fuera sostenido que la sociedad, que todos y cada uno de sus miembros, temen y/o rechazan al menos favorecido. Existen casos —desafortunadamente aislados— en donde el reconocimiento de oportunidades para la acción social ha arrojado afortunadas consecuencias. Uno de ellos puede servir de ejemplo. Tiene que ver con un sector de la población con puños de desventajas encima y la desmitificación de la rígida consigna que sostiene “los reclusos deben pudrirse en la cárcel”. La historia es de reciente factura.
Hace poco más de un año, seis internos se anotaron en la lista de inscripciones para arrancar un nuevo taller de narrativa llamado “Libertad bajo palabra”. Cada semana acudían a charlar con su maestro, un escritor y periodista de primerísimo ranking, para buscar juntos la manera de desentrampar ideas, primero, a través de la oralidad (mesas redondas), y luego, en el texto escrito (redacción de cuentos).
Las sesiones con los compañeros de aquella cárcel norteña no fueron tarea menor. De hecho, como se ha mencionado arriba, las diferentes vías para la expresión de la palabra no son manejadas con la frecuencia y calidad suficientes y esto trasmina la pirámide social por completo. Con o sin oportunidades, en diferente medida, somos demasiados los que arrastramos nuestros propios lastres en el manejo idiomático. Los internos de esta historia, por supuesto, tenían los suyos y arraigados hasta la médula.
Sin embargo, pese a las múltiples apaleadas morales que implica la vida en reclusión, el grupo comenzó a reflejar resultados. Y, coincidentemente, a los pocos meses de trabajo, tuvieron un acicate inmejorable: fueron invitados a participar en un concurso de cuento a nivel estatal donde calarían sus avances al competir con trabajos de otros internos e internas de diversos penales.
Fueron ciento cincuenta y uno los trabajos recibidos en total. En esa tanda se colaron más de quince cuentos producto de las reuniones matinales en “Libertad bajo palabra”. Todos ellos, sin duda, evidencian que la educación intercultural y solidaria a la que convocan Emilio Martínez, Adela Cortina y tantos pensadores del globo, no sólo es factible, sino que puede desarrollarse con honores. De “Libertad bajo palabra” son tres cuentos —el primer lugar del concurso y dos menciones honoríficas— los que se funden como testimonio contundente del otro México que podría construirse si los que tuvieron la oportunidad de recibir educación la devolvieran mediante clases, talleres, conferencias, a los que no tuvieron esa misma experiencia o la vivieron sólo unos cuantos tramos. Se trata aquí de encontrar estrategias pedagógicas novedosas y pertinentes que gradualmente pudieran reestructurar aquello de “dominantes” y “dominados”. E4
Con el permiso del alumno ganador del primer sitio, suben sus palabras a este escenario periodístico. Es una manera, también, de aumentar el volumen de su voz, la de sus compañeros, sus familias y su profesor. Es un testimonio de que la aporofobia es relativa, a pesar de sus profundas, largas y gruesas raíces:
FUGA A LA NADA
— Se le sentencia a veintinueve años y cuatro meses de prisión —fue el dictamen de la juez, frío y sin piedad. Tomás Gómez escuchó la sentencia sin pestañear; su rostro no denotó emoción alguna. Le ocurría con frecuencia: en los momentos difíciles se fugaba, se hundía en una especie de sueño que lo libraba de la situación.
— Veintinueve años, ¿qué importa? —dijo Gómez.
— Puede retirarse —ordenó el secretario una vez que Gómez firmó la notificación.
Gómez caminó como autómata por el largo pasillo. “Así te pudras, maldita juez”, dijo con odio.
— Tendrás largo tiempo para planear otro asalto y más crímenes —sentenció el custodio.
— Muérete —contestó Gómez con desprecio.
Una vez en la celda, se puso a considerar su vida. Por su mente pasó como en un video su muy accidentada existencia y vinieron a su mente las últimas vivencias que determinaron su actual situación…
— Hola, Gómez.
— ¿Qué tal, Juan?, ¿qué has hecho?
— Pues aquí, buscándote. Oye, José Martínez y los Ruvalcaba nos invitan a hacer un trabajo, se trata de una caja fuerte en una residencia. ¿Le entras?
— Y ¿de a cómo va a ser?
— Partes iguales, riesgo y dinero… ya está todo estudiado, será él próximo jueves, mañana nos reuniremos los seis, los Ruvalcaba, Pepe Martínez, tú y yo.
— Pura cajeta, ¿no? Cuenta conmigo —contestó Tomás.
Se despidieron y Tomás, sonriendo, pensó: “por fin un buen golpe, me iré de la ciudad y me daré la gran vida, me perderé en Puerto Vallarta, allá nadie me conoce. Haré una nueva vida y tal vez hasta me encuentre una mujer que quiera estar conmigo. Claro que sí…”
Pasaron los días y todo se fue afinando, se esperaba que hubiese mucho dinero pues era una familia muy rica. Los dueños de la residencia saldrían de la ciudad y sólo quedarían dos sirvientes. El jueves llegó y todo estaba listo, eran seis hombres deseosos de tener dinero fácil, sin medir riesgos ni consecuencias.
El día de los hechos Pepe Martínez se estacionó a una cuadra de la residencia en una Suburban; para cuando el trabajo se realizara él se acercaría una vez que le avisaran por el celular, y así y escaparían.
Los otros cinco se introdujeron a la casa y en forma silenciosa y eficiente abrieron la puerta trasera con ganzúas y ya en el interior se dieron cuenta que había dos hombres y dos mujeres de servidumbre con sus armas los sometieron y después de atarlos fueron a buscar la caja fuerte. Los ojos ávidos de robo recorrieron las amplias estancias, observando objetos para ellos deseables, subieron corriendo ágilmente por las suntuosas escaleras de mármol rosa, las paredes lucían ricas y hermosas obras originales, óleos costosísimos que gracias a la ignorancia de los asaltantes no fueron tomados en cuenta pues era necesario ser conocedor de arte para reparar en esas obras.
La mansión exudaba riqueza, José Ruvalcaba, que era el jefe, dijo:
— No se fijen en cosas sin importancia, olviden ese pequeño ladrón que llevan dentro, esto es para gente grande.
Por fin localizaron la caja, estaba oculta tras un enorme óleo que era como una gran puerta, ya que tenía bisagras que le permitían abrirse.
Una vez expuesta la caja, procedió Luis, que era el experto.
— No hagas ruido —, pidió, e inició un ritual propio de ese oficio: insertó un delgado alambre de acero a la perilla numeral y el otro extremo lo metió en la segunda muela superior derecha, en la cual la vibración del alambre, al tocar el número clave, causa un intenso dolor. Gracias a esta técnica abrió la caja en sólo tres minutos.
Por fin, después de ese largo y desesperante momento de enervante tensión, la caja se abrió. En efecto, había grandes fajos de billetes de alta denominación, valiosas joyas y documentos pagables al portador.
— Rápido —ordenó José Ruvalcaba— listas las mochilas, cargamos todo y nos vamos. Avisen a Pepe que en diez minutos nos recoja.
Con la codicia reflejada en el rostro cargaron las mochilas con los valores; verdaderamente eran una fortuna. Mientras tanto, en la cocina, Beto, el mayordomo, logró desatarse y enseguida soltó a Ramiro y, una vez libres, en silencio fueron a buscar armas.
En la planta alta, José, el jefe, dio la orden: — Listos, nos vamos —pero se escuchó una amenazante contraorden: el mayordomo, con potente voz, gritó:
— Quietos todos, las manos en alto.
Raúl reaccionó e hizo funcionar una uzi que traía colgada al hombro; una ráfaga mató al mayordomo. El otro sirviente también disparó, pero corrió con la misma suerte. En la cocina, las mujeres gritaban asustadas. José ordenó: — Liquídalas.
Raúl descendió a la cocina y con lujo de crueldad y sangre fría cumplió la orden.
“Vámonos”, repitió José e inició la huída. Salieron apresuradamente. Pepe ya los esperaba afuera en la Suburban, pero había algo que los asaltantes ignoraban. Al abrir la puerta que disimulaba la caja fuerte accionaron una alarma silenciosa y cuando se disponían a salir llegó la policía provocando una desagradable sorpresa.
El enfrentamiento fue despiadado, disparaban armas de alto poder y caían hombres de ambos lados. Tomás huyó herido y casi escapó, pero fue aprehendido. Los demás asaltantes resultaron muertos.
Al ser detenido Tomás, su gran sueño de riqueza se hizo humo.
Lo que siguió fue como una pesadilla. Las declaraciones, el maltrato de la policía, el manifiesto desprecio de la soledad por los despiadados crímenes y, por fin, la sentencia: veintinueve años.
Ahora, en prisión, se lamentaba de este final, y recordó los años de su adolescencia: puros errores, realmente su vida fue un continuo fracaso y con esa sentencia saldría de la cárcel de sesenta y nueve años.
— Tengo que escapar —pensó—. Tengo horror a estar encerrado. Debo escapar. Escapar, esa palabra le brincaba en la mente, pero sabía que era imposible, pues esa cárcel era de máxima seguridad. El tiempo lo diría... Se recostó y se quedó dormido.
Durmió en forma inquieta. En su sueño veía una luz intensa en el aire; era como una puerta pero no alcanzaba a ver el interior. Despertó angustiado, sudando copiosamente y, con el corazón acelerado, se incorporó con pesadez.
— Qué raro sueño —exclamó.
Pasaron días interminables y rutinarios, se despertaba a las cinco de la mañana y hacía ejercicio, se duchaba y leía libros ya releídos. A las ocho le servían el rancho (como se le dice a la comida en la cárcel) que se componía de cualquier cosa, menos de comida de verdad. Así fue pasando su vida, esa vida miserable fue cayendo gota a gota, como un líquido aceitoso, espeso.
Una noche soñó de nuevo que caminaba por el campo y percibió un destello luminoso: sí, era igual que el que había soñado antes, aunque al igual que en la ocasión anterior, no alcanzó a ver qué había adentro.
Pasó el tiempo y los sueños eran frecuentes; aquella abertura luminosa en el aire lo inquietaba. ¿Qué significado tendría?
Sucedió una tarde. Se encontraba en el área de deportes jugando a solas con un balón de fútbol cuando hizo su aparición la abertura luminosa de siempre, sólo que en esta ocasión él estaba despierto. Todo era tan natural… Se acercó y observó el interior de la abertura, estaba tan iluminado que no se apreciaba nada. No obstante, él sintió que era una forma de escapar de ese lugar, no importaba a dónde, y así, armándose de valor, se introdujo en ella. Puso un pie en el interior, luego el otro, y sintió un repentino cambio en la temperatura, hacía mucho frío.
Observó su entorno, y con terror vio que no había nada, era un espacio en el cual podía estar de pie, pero no podía decir que hubiera algo. Era como estar en un cuarto de baño lleno de vapor.
De pronto sintió que ya no había punto de apoyo, ahora flotaba; se sintió como una pelusa en el aire, como un corpúsculo en suspensión sin peso y sin poder escoger dónde estar. Había caído en una hendidura, en un espacio de las dimensiones en las que se abren pequeñas fisuras entre una y otra realidad, pero sin estar en ninguna.
Ahora no podía estar en ningún lugar; de hecho, propiamente se encontraba en la nada.
(Carrillo, Eliseo, “Libertad a la nada”, Pensamiento en libertad, Colección Viento armado, Ed. Gobierno del Estado de Coahuila de Zaragoza, SSP-ICOCULT, pp. 13-17) |

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