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11 de marzo de 2008


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Si algún novelista merecía el Nobel en nuestro país,
ése era Fernando del Paso
: Edmundo Valadés

Poniatowska y Del Paso:
dos voces, una intención

Armando de la Peña Rodríguez

Dos grandes de la literatura nacional se dan la mano
y entretejen palabras habladas y otras tantas escritas
para regalar a los lectores de siempre sus impresiones
alrededor de su novelística personal y universal

Elena Poniatowska, la mejor escritora mexicana, se inició como periodista, oficio al que ama y nunca ha abandonado. Son famosas sus crónicas y entrevistas, géneros en los que se desempeña con verdadera maestría. Ha colaborado con los principales diarios y revistas de México, así como de otros países. En su oficio de escritora ha cultivado diversos géneros: cuento, novela, testimonio, historia oral. Algunas de sus obras son La noche de Tlatelolco, Hasta no verte Jesús mío, De noche vienes, La flor de lis, Fuerte es el silencio, Lilus Kikus, Querido Diego, Te abraza Quiela, Tinísima, Tlapalería, Nada, nadie, Luz y luna, Las lunitas, Las soldaderas, Las siete cabritas, Las voces del temblor, La piedad del cielo, La herida de Paulina, El tren pasa primero, Paseo de la Reforma, Amanecer en el Zócalo. Por esta última obra Octavio Paz la nombró “el pájaro de la literatura mexicana”, pues en el mismo la autora refrenda magistralmente su lucha por la democracia. Desde su primera edición, en junio del año 2007, Elenita recuerda a su esposo, el gran astrónomo mexicano Guillermo Haro y cuyos restos se encuentran en la rotonda de los hombres ilustres en la ciudad de México.
Busco las estrellas en la noche, la lluvia las espanta porque no ves a ninguna. Guillermo mándame estrellas. Recuerdo como cada noche levantaste la cabeza hacia el cielo para buscarlas. Lo hacías automáticamente, era una deformación profesional y me gustaba mucho ese gesto tuyo. Guillermo Haro ¿dónde estás? ¿en qué estrella? ¿en qué lucha por tu país? ¡Ya viejo decías que con gusto te irías de guerrillero.
Mis muertos me acompañan y me preguntan que haces y les respondo que ahora ando en el plantón no porque sea revolucionaria, ni marxista ni leninista, sino porque aquí hay gente tan buena y noble como la que conocí durante mi adolescencia, mi juventud y mi madurez, aristócratas desprendidos con los que no hablo de lucha de clases (porque no sé hablar de eso) sino de libros y de autores como si estuviera tomando el té con María Teresa Rincón Gallardo de Riba, la dulce, la linda amiga de mi madre o con Carmelita Ortiz Monasterio que convirtió su vida en una ofrenda.
Al igual que los ricos, los proletarios pueden ser arrogantes y corrientes (porque la insolencia es siempre corriente) y sus aspiraciones los asemejan: tienen una casa y quieren otra, un coche y quieren otros, aquí en el plantón sólo hay gente que desea que se acabe un sistema represivo, sí, pero lo desea como si tomara el té de las cinco con elegancia.
¿No produjo la revolución mexicana además del millón de muertos un número infinito de millonarios?
Aparece una foto en primera plana en el periódico La Jornada de Felipe Calderón y Elba Esther Gordillo ¿Cómo es posible que ellos sean los gobernantes de México? Elba Esther no tiene ya cara para presentarse no sólo por la cantidad de cirugías plásticas sino porque le extirparon su ética y su moral.

En la extraordinaria Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México (Diciembre de 2007) Elena Poniatowska escribe un artículo dedicado al gran escritor Don Fernando del Paso. Aprovecho Elenita para agradecerte a nombre de mi esposa Lina y mío propio, todo el cariño que nos has brindado y por tantos años de amistad, agradecerte tu consentimiento para publicar en el periódico coahuilense Espacio 4 tu maravilloso artículo. Hablé por teléfono contigo hace unos días y recordé lo que escribes en el libro Amanecer en el Zócalo, aquella tarde que llovía a cántaros durante el plantón y resbalaste y caíste en un charco, y te lastimaste una rodilla, un señor te levanta y dice mientras limpia tu impermeable con su mano:
Elenita, no se nos vaya a morir, lo mismo repito yo, cuídate que miles de personas te queremos y admiramos.

FERNANDO DEL PASO
PREMIO FIL DE LITERATURA 2007

Elena Poniatowska

Allí va Fernando del Paso todo envuelto en una suntuosa cauda de palabras. Allí va cargado de una cultura enciclopédica que lo hace hablarnos de Bouvard y Pécuchet, Gargantúa y Pantagruel, el Lazarillo de Tormes y Jonathan Swift, el Barón de Charlus y Marcel Proust, Jean Genet y Gertrude Stein, Mallarmé y William Blake.
Allí va sobre los durmientes de los rieles que cubren el mundo entero enseñándonos a jugar al “¿Ahí va un tren cargado, cargado de...?” que él empaca con todos los diccionarios leídos, todos los sinónimos acumulados a lo largo del tiempo. Allí va el sobrino nieto de Francisco del Paso y Troncoso ahora convertido en eje vial. Allí va el locutor y traductor de la BBC de Londres. Allí va el Premio Rómulo Gallegos 1982, allí va el ganador del Premio al Mejor Libro Extranjero en Francia en 1985, allí va el Premio Radio Nacional de España por el mejor programa cultural: “Carta a Juan Rulfo”, allí va el Cónsul General de México en París, allí va el Premio Villaurrutia 1966 y el Premio Nacional de las Artes 1991. Allí va el piloto Palinuro, personaje de la Eneida, que en Virgilio cae al mar durante la tormenta, allí va el que sueña con los ojos abiertos, allí va el que se pone al servicio de sus personajes. Allí va el artesano que engarza las palabras como diamantes, allí va el escritor que ha contribuido a escribir la historia de nuestro país, allí va enfundado en sus trajes color pastel y en sus camisas de libertad, allí va libre y desenfadado, a muy buen paso, sus mejillas enrojecidas por el esfuerzo mantenido por su inexorable fidelidad a sí mismo, a su lenguaje barroco, auténtico, abigarrado, trabajoso, irritante, mágico y deslumbrador.
Lo conocí cuando Arnaldo Orfila Reynal decidió que su novela José Trigo iniciaría la colección literaria de la nueva editorial Siglo XXI, en la esquina de Gabriel Mancera, la casa que mi abuela le legó a Mane, mi hijo mayor. Fernando del Paso, que comparte su segundo apellido Morante con Elsa Morante (la gran novelista italiana), nacido en 1935 en la ciudad de México, artesano de sí mismo, había producido una obra maestra, una joya que cambiaría la literatura así como James Joyce la transformó con su Ulises.

José Trigo se comenzó a imprimir antes de que yo lo terminara de escribir, me faltaba un capítulo: el del Puente de Nonoalco-Tlatelolco, el de en medio, y ya estábamos corrigiendo galeras... Fue algo fantástico, prácticamente me lo arrebató Orfila pero qué bueno, si no me quedo diez años más escribiéndolo. (...) Me angustia muchísimo escribir pero, al mismo tiempo, lo disfruto y para mí lo importante no es tanto haber escrito sino escribir. Lo que me da sentido a mí como escritor es el momento en que estoy escribiendo.

Fernando del Paso quiso ser médico, pero al igual que Palinuro, resultó incapaz de ver sangre y escogió la poesía, la publicidad, el dibujo, la pintura, la gastronomía.
Mil veces mejor que ser médico, es volverse escritor, poeta, repartidor de palabras, publicista, esposo de Socorro, padre de cuatro hijos, gourmet y hombre del Renacimiento.
Todas estas profesiones le confieren a la envoltura humana de Fernando del Paso un color sonrosado que le da aspecto de manzana, de esas que llegan cada año de Zacatlán, para desparramarse en la Feria de la Manzana.
En vez de manzanas, del Paso desparrama palabras, las palabras ejercen sobre él más imperio que la serpiente sobre Eva. Las palabras lo tejen, las palabras lo cosen, las palabras lo amasan, las palabras lo guisan, las palabras lo hacen vivir, las palabras le dan su razón de ser, las palabras logran que su corazón de manzana enrojezca, madure y tome la pluma, las palabras lo obligan. Fernando es su súbdito y su amo a la vez, su verdugo y su víctima, su patria grande y su patria chica, su vertedero y su presa, la fascinación de su vida.

Un día pasé por Nonoalco en camión, quise hacer un cuento porque vi a un hombre cargando sobre el hombro un pequeño ataúd y lo seguí. Escribo según la inspiración. Fíjate que el tercer capítulo de José Trigo nació prácticamente de esa visión, meramente plástica; pasé un día por Nonoalco-Tlatelolco en un camión y vi esos campamentos a lo lejos y me gustaron muchísimo y un día fui especialmente a caminar por allí; observé los vagones transformados en casas con las macetas de geranios colgando, las cortinitas que les ponen, los tendederos de ropa de uno a otro vagón y me gustó muchísimo ¡es tan plástico todo eso! y eché a andar a un ferrocarrilero con una cajita blanca en el hombro y atrás una mujer que cortaba esos enormes girasoles que crecen en los baldíos y de esta imagen nació José Trigo, mi primera novela. Después iba los sábados a tomar notas y apuntes y escribí un texto que se fue haciendo inmenso y abarcó quinientas treinta y seis páginas escritas a lo largo de siete años.

Así de sencillo es el arranque de una novela formidable: José Trigo que asombró e irritó a la vez. Edmundo Valadés, autor de La muerte tiene permiso, lo saludó como el mayor acontecimiento literario de México y sostuvo siempre que si algún novelista merecía el Nobel en nuestro país, ése era Fernando del Paso; Juan Rulfo declaró: “José Trigo es la más formidable empresa que en el territorio idiomático se haya intentado en Hispanoamérica. Es una novela barroca, sí, pero como dice Carpentier: en América Latina si no somos barrocos no somos novelistas”. Y José Luis Martínez fue más cauto pero alabó el tenso ejercicio verbal del escritor de treinta y un años y afirmó “Del Paso ha elaborado una estructura formal cuya complejidad no tiene paralelo en la literatura mexicana”. Soberbio, Fernando pasó por encima de las críticas buenas y malas con la suprema fortaleza que lo caracteriza. Ajeno a las mafias y a las capillas, tampoco pretendió hacerse amigo de críticos literarios o de escritores ya célebres. Para él, en México la gente se junta en gremios: zapateros, plateros, barrenderos. Y los escritores se reúnen para no sentirse tan solos. “A las personas a quienes quería que les gustara José Trigo, les gustó. Y eso me basta”—me dijo en aquella ocasión—. “Sé que el libro es muy difícil y necesita la colaboración del lector, pero así me salió. No hice otro libro. Hice José Trigo”.
Aunque en Palinuro de México, Fernando del Paso no buscó el juego lingüístico e hizo una novela de experiencias personales, resultó otra obra difícil. Por eso, el enorme éxito de librería de Noticias del Imperio. Convertirse de la noche a la mañana en un best seller fue para él una sorpresa como lo fue para quienes lo seguimos de cerca. Su triunfo equivalía a que los usuarios del Metro leyeran a Lezama Lima y a Joyce sin levantar la vista a pesar de los apretones.
Cuando pienso en Fernando del Paso, me invade un sentimiento de asombro y de admiración; sus novelas están infinitamente documentadas, pulidas, trabajadas, cinceladas, reescritas, intencionadas y a la vez libres porque él no le hace una sola concesión al lector.
En Palinuro de México, Del Paso trata el tema de la medicina, pero su Palinuro no es sólo un estudiante de medicina que acaba muriéndose en 1968, sino un hombre fascinante que abarca todos los temas de la ciencia, el amor y la cultura. Cualquiera puede escribir una novela sobre un estudiante muerto en 1968, cualquiera también puede documentar la vida de un ferrocarrilero y hacer, como Del Paso, una bibliografía de la historia de los ferrocarriles, consultar libros técnicos sobre cómo se instalan los durmientes y los rieles, cómo se alinean las vías, cualquiera puede investigar y leer obsesivamente acerca de una huelga, pero nadie puede como Fernando del Paso escribir una obra maestra en el que el “tracatraca” del ferrocarril punteé la tragedia ferrocarrilera, la tragedia de los sindicatos blancos, la tragedia de nuestra corrupción y la tragedia individual de un líder ferrocarrilero.
Noticias del Imperio fue una fiesta no sólo para Fernando sino para nosotros. Maximiliano y Carlota me llevaron de la mano del castillo de Miramar en Trieste al de Chapultepec pasando por todos los castillos que Fernando dibuja con esmerada obsesión. “Probablemente seas una de las pocas personas que conozca el Castillo de Miramar en Trieste”, —me dijo Fernando.  Junto con otros visitantes pasé de la recámara nupcial de baldaquino de terciopelo rojo al pequeño salón fumador decorado a la oriental siguiendo la moda de la época: bambúes, porcelanas, sedas bordadas a mano y biombos convertidos en encaje. Durante el recorrido me acompañó Fernando del Paso en el pensamiento y descubrí que la biblioteca le rinde homenaje al liberalismo de Maximiliano, ya que los cuatro bustos de mármol que la presiden son de Dante, Shakespeare, Homero y Goethe.
Pude comprobar que los libreros contienen obras de otros pensadores igualmente liberales.
Fernando del Paso que sabe de lo que habla considera que Maximiliano era un poco despreciable, un déspota ilustrado en el sentido de su liberalismo pero naif porque creía que Dios le había conferido el derecho divino a gobernar. Más que condenar su despiste, me conmueve la ingenua fragilidad de Miramar y sus ilusos habitantes.
La salita Novara, réplica de la popa de la fragata Novara en la que los futuros emperadores habrían de llegar a México, condensa sus ilusiones. Todas las ventanas de Miramar, absolutamente todas, tienen vista al mar, por eso, al llegar a México, las ventanas, las terrazas, los balcones de Chapultepec dan al oleaje verde del bosque, al valle de México, al mar de ahuehuetes, una infinita playa de verdor arbolado. Con mucha razón Maximiliano quiso llamarlo Miravalle, según lo explica Del  Paso. Vestido de charro el emperador bajaba frívolo y confiado hacia su valle y gustaba de estar entre la gente. Participó en muchos encuentros con “el pueblo”. Carlota, más realista, intuyó que por más que les sonrieran, no los amaban y sintió miedo.
“Mira Elena —me dijo Del Paso— sobre Maximiliano y Carlota y la Intervención Francesa hay la más extensa bibliografía que pueda imaginarse, entre noventa y cien volúmenes. La mayoría están en alemán aunque muchos se han traducido al español, al inglés y al francés. Acudí a los periódicos de la época, el Diario Oficial del Imperio, L’ Estafette, La Orquesta y L’Ére nouvelle, dos de ellos publicados en francés en México, y uno antes de la Intervención Francesa. Acudí también al Ceremonial de la Corte de Maximiliano que localicé en el Archivo General de la Nación y al libro del Conde Egon Corti, quien fue quizá el primero en hacer en los años treinta un trabajo serio sobre la tragedia de Maximiliano y Carlota. De ese enorme caudal de material, sólo utilizo el diez por ciento, a veces ni el diez por ciento. No soy historiador y me decidí por una especie de carrera entre la imaginación y la documentación y en el caso de Maximiliano y Carlota gana la imaginación. Partes de la novela son la narración de hechos básicos e históricos desde que se planeó el Imperio hasta la Intervención Francesa, la llegada de Maximiliano, el derrumbe del Imperio, el retiro de las tropas francesas y la locura de Carlota, pero otras muchas páginas son pura imaginación o creación como debe llamársele. No retrato sólo a Carlota, voy mucho más lejos. Noticias del Imperio es Carlota, es Maximiliano, es Juárez, es todo lo que provocó la Intervención Francesa. Podría haber escrito la historia de uno solo de los personajes, quizá de Carlota pero me fui a lo grande. Carlota enloqueció muy joven, a los veintiséis años, murió sesenta años después, en 1927, el año en que Al Johnson hace la primera película hablada y Charles Lindberg atraviesa el Atlántico”.
¿Cuál es la función de las palabras de Del Paso además de embrujarnos? ¿Cuál es el poder de seducción de Del Paso al resucitar la huelga ferrocarrilera, la medicina, el amor, la derrota, la muerte, el torrente? Más que ningún otro, este gran latinoamericano nos da instrumentos y nos enseña a convertirlos en poderes para que a nuestra vez convirtamos a la lectura en una profunda, una ardua, una espléndida práctica de vuelo.

 
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