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Los dos lúmpenes convergen en un punto donde lo fantástico
y la realidad parecen perder frontera
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Rodrigue, Marcola
y sus bofetadas de verdad |
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La post miseria genera una nueva cultura asesina, ayudada
por la tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas.
Es la mierda con chips, con megabytes. Mis comandados son una
mutación de la especie social. Son hongos de un gran error sucio: Herbans Camacho
Para Raymundo Tuda Rivas

Ted Rodrigue.
Cien mil dólares a la basura |
Por encima, los siguientes casos no tienen relación entre sí. Cada uno procede de canales de comunicación diferentes, de idiosincrasias distintas. Sus protagonistas ni siquiera hablan el mismo idioma, pero lo que han expresado mediante sendas entrevistas reflejan visiones sociales curiosamente parecidas. Por lo extraño o lo inusual de las circunstancias que rodean a los ejemplos, la suspicacia brinca casi de inmediato. Incluso, sobre uno de ellos, circulan explicaciones acerca de la manera en que fue tergiversada la declaración del entrevistado. Pero más allá del desánimo que pudiera causar la supuesta dosis de ficción en un escenario y en otro, sí vale la pena reflexionar en torno a la lúcida acidez de las conclusiones vertidas.
Con el desfase de poco más de un año, en México, vía cable, en el canal American Network, acaba de ser retransmitida una emisión del programa Oprah Winfrey Show que tuvo como tema principal las historias de acaudalados estadounidenses que, por diferentes razones, hoy viven en la quiebra. De los relatos presentados, fue uno el que tuvo mayor cobertura: la charla de Ted Rodrigue, un hombre de cuarenta y cinco años que ya llevaba veinte de ellos en las calles y que, para subsistir, juntaba latas en basureros. Ted fue el blanco del productor de cine Wayne Powers quien declaró en el show de Oprah que, simplemente, un día se le ocurrió realizar un experimento: darle a un pordiosero cien mil dólares y ver qué haría con ellos. Powers, apoyado por la empresa televisiva Showtime, se acercó a Ted para pedir su apoyo en la filmación de un documental que, supuestamente, versaría sobre personas sin hogar.
Luego de varios días de grabación y sin que Ted lo supiera, el equipo de Powers colocó una bolsa de mano vieja entre los contenedores de desperdicios con los cien mil dólares —el equivalente a poco más de un millón de pesos—. Al encontrarla, según lo declaró Rodrigue, pensé que estarían a punto de matarme; que era dinero proveniente del tráfico de drogas; o que era la “propina” que me daban los productores del video por participar en él. Luego de pasar media hora entre el asombro, dudas, el miedo y el llanto, Ted Rodrigue usó el dinero para alquilar la habitación de un hotel modesto donde tomó un baño, rasuró su abundante barba y llamó a un par de familiares para darles la noticia. Tomó una siesta en el suelo donde se sentía cómodo. Después, buscó a sus antiguos compañeros pepenadores y comenzó a regalarles dinero. A uno de ellos, el más cercano, incluso le compró un automóvil.
El nuevo rico adquirió un departamento y una hermosa camioneta gris. Comenzó su nueva vida con la idea de que los cien mil verdes jamás terminarían. Vio cómo comenzaron a llegar muchos amigos y familiares que ya ni reconocía. Hasta contrajo nupcias. No quise estar de nuevo solo, asintió. Pasó el tiempo y todo indicaba que Ted Rodrigue no tenía problema alguno. Wayne Powers le ofreció a Ted un asesor financiero, así como varias oportunidades de trabajo, pero ambas alternativas fueron rechazadas. Rodrigue argumentó tener problemas con ese tipo de figuras de autoridad que indican cómo deben manejar la vida los demás. Obtuvo su propia MasterCard y eso, para él, era suficiente.
De vuelta en el set, luego de ver algunas escenas del documental que ilustraban lo arriba descrito, la multimillonaria conductora le lanzó la pregunta obligada, ¿Y con cuánto dinero te presentas hoy, Ted? Con cero dólares, le contestó Rodrigue quien había tenido que regresar a su otro estilo de vida. Aunque seguía casado, Ted no sabía el paradero de su mujer. Ni el de su departamento, ni de la camioneta, menos de su tarjeta de crédito. Tampoco de su familia ni de los nuevos supuestos amigos.
¿Qué aprendieron de esta experiencia?, preguntó Winfrey a sus invitados. El productor del documental que lleva por nombre Reversal of fortune, le respondió que se sintió frustrado al ver cómo pudo haber cambiado radicalmente la vida de una persona hundida en la miseria al acercarle bastante dinero, ayuda profesional, un techo, licencia de manejo, posibilidades de empleo y comprobar que nada de esto había sido suficiente. Es que vivimos acompañados de ciertos demonios. Viejos hábitos difíciles de cambiar, complementó Ted y continuó, Con esta experiencia pude reiterar mis teorías sobre la sociedad en la que estoy. No es posible confiar en ella. Al oír esto, Oprah se alteró y le dijo, ¡Que no puedes confiar en la sociedad! ¡Pero si fue la sociedad quien te dio cien mil dólares!
Con serenidad y tino envidiables, Ted Rodrigue le contestó a una de las mujeres más poderosas de la industria del espectáculo en Estados Unidos: no fue la sociedad como tal quien me dio ese dinero. Fue una empresa que buscaba hacer negocio; obtener más de lo invertido. Esos dólares que me dieron, y que yo regalé a su vez, sirvieron para que me diera cuenta de lo que uno puede esperar de los demás. Visité de nuevo a los que había dado dinero y ni siquiera un centavo obtuve de ellos. Ahora tengo más deudas que antes, estoy solo y con grandes culpas. Sé que tomé malas decisiones —regalar ese efectivo, comprar una camioneta para un amigo y otra para mí, ¡arreglarme los dientes!— y eso me acompañará siempre. Pues no estoy feliz, pero sí satisfecho.
La frontera entre el bien y el mal

Marcola.
Líder del PCC desde
la cárcel |
El protagonista de la segunda historia es Marcos Willians Herbans Camacho, mejor conocido como Marcola. A los nueve años cometió su primer delito al robar una cartera en el centro de Sao Paulo, Brasil. Este 2008 tendrá cuarenta años y más de la mitad de su vida encarcelado. En el penal de máxima seguridad “Presidente Bernardes”, el también apodado Playboy estudió la educación primaria y declara haber leído más de tres mil libros, controlar una buena parte del mundo de las drogas y dirigir el Primer Comando de la Capital (PCC), organización con jerarquías y cargos claramente establecidos, conformada por ochocientos reclusos, cien mil simpatizantes en diferentes cárceles brasileñas y entre ocho y diez mil afiliados en las calles. Todos ellos, por cierto, pagan cuotas.
Al PCC, hace un par de años, se le señala como el responsable de uno de los ataques ar mados más violentos en Sao Paulo, con centenas de policías y civiles muertos. Según lo declararon diversos medios, el Gobierno tuvo que negociar con Marcola para que cesaran ésos y otros ataques distribuidos en diferentes puntos de la ciudad, en una especie de armisticio que, en cualquier momento, si Marcola así lo decide, se puede esfumar.
Lleno de tatuajes, purgando su condena, Marcola, como Ted Rodrigue, es una especie de “desecho” de la sociedad. Ambos hablan de y desde diferentes concepciones de la miseria humana. En el periódico brasileño O Globo (23/05/06) fue publicada una entrevista calificada en varios sitios de Internet como apócrifa por ser el resultado, según dicen, de la imaginación del cineasta y periodista Arnaldo Jabor. Él, basado en declaraciones auténticas de Herbans Camacho, aderezó la sintaxis. Sin embargo, lo esencial de la postura de Marcola no fue difuminada. Sale avante, con o sin añadiduras, en los cuestionamientos transcritos ahora:
Arnaldo Jabor: ¿Usted es del PCC?
Marcola: Más que eso, yo soy una señal de estos tiempos. Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnostico resultaba obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía ¿Qué hicieron? Nada. ¿El Gobierno federal alguna vez reservó algún presupuesto para nosotros? Sólo éramos noticia en los derrumbes de las villas en las montañas (…) Ahora estamos ricos con la multinacional de la droga. Y ustedes se están muriendo de miedo. Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social ¿Vio? Yo soy culto. Leo Dante en la prisión.
Pero la solución sería…
¿Solución?
No hay solución, hermano. La propia idea de ‘solución’ ya es un error. ¿Vio el tamaño de las quinientas sesenta villas miseria de Río? ¿Ya anduvo en helicóptero por sobre la periferia de San Pablo? ¿Solución, cómo? Sólo la habría con muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación, urbanización general y todo tendría que ser bajo la batuta casi de una ‘tiranía esclarecida’ que saltase por sobre la parálisis burocrática secular, que pasase por encima del Legislativo cómplice. (…) Tendría que haber una reforma radical del proceso penal del país, tendría que haber comunicaciones e inteligencia entre policías municipales, provinciales y federales (nosotros hacemos hasta conference calls entre presidiarios). Y todo eso costaría billones de dólares e implicaría una mudanza psicosocial profunda en la estructura política del país. O sea: es imposible. No hay solución.
¿Usted no tiene miedo de morir?
Ustedes son los que tienen miedo de morir, yo no. Mejor dicho, aquí en la cárcel ustedes no pueden entrar y matarme, pero yo puedo mandar matarlos a ustedes allí afuera. Nosotros somos hombres-bombas. En las villas miseria hay cien mil hombres-bombas. Estamos en el centro de lo insoluble mismo. Ustedes en el bien y el mal y, en medio, la frontera de la muerte, la única frontera. Ya somos una nueva “especie”, somos otros bichos, diferentes a ustedes. La muerte para ustedes es un drama cristiano en una cama, por un ataque al corazón. Para nosotros es la comida diaria, tirados en una fosa común. ¿Ustedes, intelectuales, no hablan de lucha de clases, de ser marginal, ser héroe? Entonces ¡llegamos nosotros! Yo leo mucho. Leí tres mil libros y leo a Dante, pero mis soldados son extrañas anomalías del desarrollo torcido de este país. No hay más proletarios, o infelices, o explotados. Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruo alien escondido en los rincones de la ciudad. Ya surgió un nuevo lenguaje. (…). Está delante de una especie de post miseria. Eso. La post miseria genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas. Es la mierda con chips, con megabytes. Mis comandados son una mutación de la especie social. Son hongos de un gran error sucio.
Pero, ¿no habrá una solución?
Ustedes sólo pueden llegar a algún suceso si desisten de defender la “normalidad”. No hay normalidad alguna. Precisan hacer una autocrítica de su propia incompetencia. Pero a ser franco, en serio, en la moral. Estamos todos en el centro de lo insoluble. Sólo que nosotros vivimos de él y ustedes no tienen salida. Sólo la mierda. Y nosotros ya trabajamos dentro de ella. Entiéndame, hermano, no hay solución. ¿Saben por qué? Porque ustedes no entienden ni la extensión del problema. Como escribió el divino Dante: “Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno”.
Rodrigue y Marcola, dos narradores distantes y cercanos a la vez. Sus anécdotas van de los reflectores y escenarios hollywoodenses y los otros cotos de poder político-económicos brasileiros, y el inframundo de los white trash que conforman los círculos de miseria resultantes de la voracidad consumista del Primer Mundo y las penurias de los esclavizantes centros penitenciarios cariocas. Ambas historias muestran el caleidoscopio de ironías de esa “post miseria” referida por Herbans Camacho en su entrevista. Los dos lúmpenes, al definir a la sociedad de la que son producto, convergen en un punto donde lo fantástico y la realidad parecen perder frontera. Pero los demonios de ambos arrebatan la palabra y propinan bofetadas de verdad difíciles de esquivar. E4 
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