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11 de marzo de 2008


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Rescatar la calle

Una sociedad desmovilizada es una sociedad inerme, expuesta a todo. Es ella, a través de las autoridades a su servicio, la que debe mantener a raya al delincuente y no al revés como ahora sucede. Cuando la ciudadanía se organiza y sale a las calles a protestar contra aquello que pone en riesgo sus valores, su integridad y su convivencia, los gobiernos, por lo regular, tiemblan pues se les empuja a actuar, si no es que al desempleo. Sin embargo, por razones mil, la sociedad perdió la iniciativa y las calles fueron tomadas por los criminales. Al grado de que ese espacio de todos parece a ratos zona de guerra.
En Berlín, París, Madrid, Washington, es decir, en las principales ca    pitales del mundo, la gente sale y se manifiesta masivamente en defensa de la vida, la familia, la libertad, los derechos humanos —entre ellos, el del trabajo—, pero sobre todo en contra el terror y la violencia. El primer paso para cerrarle el paso a los criminales y regresarlos a su ambiente es demostrarles que la sociedad puede estar dividida en algunos temas, mas no en lo esencial que es la conservación de la paz y la tranquilidad, imprescindibles para el ejercicio de sus libertades.
En Coahuila, las principales manifestaciones sociales contra la inseguridad, la corrupción oficial y la impunidad se dieron en Torreón, a fines del gobierno de Eliseo Mendoza y a mediados de la administración de Rogelio Montemayor. En la segunda de ellas, el poder político recurrió al eclesial para disuadir a la sociedad de participar en la marcha. Por plegarse a los deseos del César, el obispo Luis Morales perdió no sólo autoridad moral, sino también su cátedra.
Sólo que entonces los grados de inseguridad y delincuencia no eran, ni por asomo, los que ahora se padecen. En tales condiciones, era previsible que los laguneros, con ese empuje que les caracteriza, se volcaran a las calles y tomaran las plazas igual que lo hicieron cuando Julio Rodríguez los organizó en las protestas de los años noventa. Pero no. En condiciones de riesgo inconmensurable, los laguneros, como el resto de los coahuilenses, como el resto de los mexicanos, se limitan a observar, cada vez desde lugares más recónditos.
No debe extrañar, entonces, que la guerra contra el crimen organizado —el narcotráfico en particular— se lleve perdida. No lo está, pues apenas empieza. El problema es que ni sociedad ni gobierno atendieron los avisos de lo que vendría, la evidencias de que ya estaba entre nosotros mucho antes de que fuese declarara. El momento de que la ciudadanía asuma su papel de fuerza mayoritaria y se manifieste, organizada y pacíficamente, ha llegado. Son los delincuentes, donde quiera que se hallen, pues también los hay visibles y sin que nadie les moleste, los que deben vivir temerosos por sus actos. No la sociedad.

 
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Espacio 4 y el suplemento cultural
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