FICCIÓN Y REALIDAD EN SACHER MASOCH |
Rafael de Águila |
El artista y sus alter ego, criaturas que deambulan más allá
de los extremos, son, no se dude, románticos, de un tiempo
y un lugar donde forzosamente el romance se metamorfosea:
frialdad, sentimentalismo y crueldad

Cuando en 1886 el siquiatra vienés Richard von Kraff Ebing publicó su Sicopatía Sexual seguramente no alcanzó a vaticinar que un siglo más tarde la humanidad se aferrara con tanta fuerza a uno de los términos acuñados en aquella obra. Leopold von Sacher Masoch, en cambio, el hombre del cual Kraff Ebing tomara precisamente el término, ha quedado en el más oscuro de los olvidos. Hoy día la obra literaria de Sacher Masoch es prácticamente desconocida; su bibliografía, que totalizara hasta 1895 más de ciento veinte títulos, es letra muerta. Sólo ve la luz de nuevas publicaciones la obra que llevara al siquiatra austriaco a patentar el término de una multicitada aberración sexual (1); el resto: descanse en paz. El masoquismo, no obstante, es una patente inmortal. Más allá del valor intrínseco de la obra de Sacher Masoch su vida puede levantarse como modelo insoslayable de la espectacular relación entre la ficción y la realidad.
Sacher Masoch nació en Lvov en 1836, escribió en alemán y evocó el mundo eslavo de su infancia en su Polonia natal. Fue anticlerical, defensor de judíos, liberal, amante de la justicia y el igualitarismo (2), fanático del Código de Honor; dogma que, según se dice, le hizo protagonista de más de doscientos duelos. Estudió Historia y Filosofía y apenas con veinte años impartió clases en la Universidad de Graz.Entre 1866 y 1870 publica varios libros de relatos, obras que no dejan de representarle cierto éxito (3). Tiene treinta y cuatro años cuando se traza un ambicioso plan. De poseer el talento, la fuerza y el empuje necesario le aguardará la inmortalidad, será recordado ad aeternum; no precisamente por la pedestre aureola de una perversión sexual. Llevará a la literatura lo que cree resultan los grandes centros neurálgicos de la naturaleza humana; el amor, la propiedad, el trabajo, el estado, la guerra, la muerte. Ese inmenso proyecto, del alcance de la Comedia Humana de Balzac o la Divina Comedia de Dante, tendrá un nombre: El legado de Caín. Pero Sacher Masoch no es precisamente un genio y fallará en tan vasto empeño. Romántico al fin, se decidirá a emprenderlo por el amor.
Ah...el amor. Ya el escritor ha navegado en esas aguas; se enamora de Anna von Kotowitz, y de tales tormentas surgen algunas obras. Aún no es, sin embargo, el escándalo. En 1868 llega el turno a Fanny von Pistor; una baronesa, bellísima viuda de veinticindo años. Es tiempo de que el siquiatra Kraff Ebing se acomode en su poltrona; la obra, y con ella un nuevo término para el léxico de la sexopatología, está por llegar. Lo vivido con Fanny marcará todos los hechos posteriores de la vida del escritor. Sacher Masoch será un hombre que tendrá el valor suficiente para hacer realidad sus fantasías, para llevarlas impúdicamente a la imprenta y volverlas a vivir, una vez y otra; con pasión y entusiasmo absolutos, siempre a reclamo del morbo de lectores que le asedian.
Por la época en que deambula con la baronesa von Pistor por Italia urde el magno ciclo y escribe la primera de sus partes. Muy difícil resulta precisar hoy si la vida copió del arte o fue lo opuesto. Fanny será la primera de las Venus ataviada con pieles que empuñará un látigo, con ella asoman los famosos lugares comunes que dominarán la literatura y la vida del autor; pieles, azotes, humillaciones, búsqueda de amantes para disfrutar de la infidelidad de la pareja, homoerotismo en la búsqueda de un ideal masculino (4), autoreconocimiento como esclavo. Vida y obra comienzan a crearse y recrearse en una mimesis que alimenta tanto a una como a otra. Sacher Masoch podrá ser un aberrado; dejemos eso a los Kraff Ebing de turno, es, aún más, un transgresor. Si el naciente capitalismo a lomo de lo contractual legaliza desigualdad y esclavitud, él se servirá de los mismos instrumentos para subvertir; si todos con el matrimonio aceptan idéntico acuerdo, si se borra con ello de un plumazo la individualidad, él creará uno sui generis, único; un contrato en el cual la mujer no será sumisa porque en sus cláusulas él consentirá en ser su esclavo. Con semejante tour de force Sacher Masoch se erige cual maestro indiscutible de la parodia, exponente sin igual del homo ludens eroticus. Los debates de género y poder están a la vista. Mas dejemos las causales al psicoanálisis y la sociología. El Marqués de Sade, un rebelde agresivo (igual a la mayoría de ellos), tendrá mayor impacto filosófico y literario, mas no se le sorprenderá jamás aludiendo al amor, o menos aún, a la suprema idea de hacer del objeto la contraparte de un contrato. Sade; vástago de la racionalidad, se lanza sobre los otros; Masoch, criatura deforme del romanticismo, dice amar a los otros y les convence para que se lancen sobre él.
En 1870 aparece el primer ciclo de El legado de Cain; el amor. Son cinco relatos independientes; entre ellos, la famosa “Venus im Pelz”. En ella dos amantes, Severin y Wanda von Dunajew firman un contrato; Severin queda obligado a representar el papel del criado Gregor, a tolerar que Wanda se solace con el Griego, que este, incluso, le azote. Mas un contrato en las páginas de un libro puede no aportar el necesario regocijo y Sacher Masoch idea firmar con Fanny uno real. Detengámonos en las cláusulas de este último; acordado por las partes el 8 de diciembre de 1869. El escritor acepta ser esclavo de Fanny por un periodo de seis meses, en un rapto de ético patetismo, excluye que se le degrade como hombre y como ciudadano, exige que se le otorguen seis horas diarias para escribir, esos serán sus derechos; Fanny queda obligada a vestir pieles, a cambio podrá castigarle cuanto le plazca, él obedecerá todas su órdenes. En summum de subordinación que no se permitiría abogado alguno el contrato comenzará a regir, será interrumpido o concluirá a voluntad del amo, es decir, de Fanny. Poseer a una mujer, por bella que sea, es un hecho trivial y común; amarla y ser poseído por ella en calidad de esclavo es una aventura erótica fantasiosamente transgresora.
En Italia un músico acaricia a Fanny en un diván mientras el criado Gregor, en realidad un Sacher Masoch humillado pero gozoso, les asiste. No es el simple fantasma de la homonimia; es el duende travesti que ficcionaliza, con teatral rabdomancia, la realidad. Wanda azota con la fusta; Fanny lo hace, aunque no con el mismo fervor. Wanda viste pieles; similar ajuar luce Fanny. Si el límite del equilibrio se ubica en la no materialización de las humanas fantasías, como asegura el psicoanálisis, Sacher Masoch ha viajado más allá de esas fronteras. Si el arte se erige como escape a la neurosis, catarsis que exorciza de los demonios internos, al escritor no le salvan tales sucedáneos; habrá catarsis, sí, pero no basta tan solo la literatura; los personajes tendrán que abandonar las páginas para azotar a gusto en las alcobas. Se constituye así uno de los más extraños casos en la historia de la literatura; un escritor empuja a la vida real a sus personajes, no duda en tomar la piel de uno de ellos, no desdeña nada; decorados, escenario, vestuario, parlamentos, guión. Realidad y ficción dejan de ser un binomio cartesiano para constituirse en asombrosa unidad.
Bernard Michel, autor de una prolija biografía del escritor, sostiene que el contrato con Fanny precedió al de la novela. De resultar cierta esa hipótesis, Sacher Masoch fue obsedido por sus fantasías, las hizo realidad y sólo después las llevó a la literatura. Como se ha repetido hasta el hartazgo; el arte copia de la vida. Pero en la obra el contrato se plantea eterno y otorga derecho de vida y muerte al ama sobre el esclavo. Puede uno inclinarse a pensar que Sacher Masoch, pese a toda su arrebatadora pasión, no podía arriesgarse a tanto, y que, como sucede no pocas veces, el arte desborda la vida.
En 1871, sin embargo, Angelika Aurora Rumelin aparece en escena. Esta mujer pobre, hija de una lavandera, con apenas veintisiete años, hace gala de enorme sagacidad; para seducir a Sacher Masoch le escribe cartas en las que simula ser devota de Wanda; la Venus de las Pieles. La correspondencia enardece al escritor, se hace continua e hirviente. Sin haberla visto jamás Masoch le escribe para confesar que la ama. Sostiene que de tener la suerte de hallar a una mujer como la Venus de las Pieles la amaría toda la vida. Propone comprarle un abrigo de armiño, guiado por el duende de la ficción distorsiona la mera geografía; en lo adelante le escribirá a: Venus de las Pieles, apartado de correo. Se encuentran varias veces; la aventura parece extraída de un folletín; Aurora acude siempre con máscara. Y no falta, desde luego, no puede faltar, un contrato. Mas esta vez se le adelantan; es la hija de la lavandera quien, lectora inteligente del libro y el alma de escritor, propone las cláusulas: él deberá consentir en ser su esclavo, tener el valor de ser su marido, su amante y su ...perro (5). Ya no será un contrato por seis meses; esta vez será vitalicio, con derechos de vida y muerte. Si la baronesa en sus correrías de Nápoles a Florencia apenas exigió algo, ahora esta mujer, que no tiene un centavo para el mínimo viaje, llega a exigirle que trabaje para ella. Masoch, que aún no ha contemplado su rostro, tiene a bien introducir una contrapropuesta: sugiere la obligatoriedad de ser su esclavo sólo en la medida en que ella no le abandone jamás. Aurora acepta. En un rapto de victorioso candor se manifiesta entusiasmada con su nuevo nombre; Sacher Masoch se ha comprometido a ser esclavo de Wanda von Dunajew, el personaje de uno de sus libros. No admitirá ya más que sus amadas tengan nombre propio; no habrá más Annas o Fannys; Aurora Rumelin será, ya para toda la vida, Wanda. En mixtura surrealista (y con la rúbrica de ese otro contrato; el matrimonio) adicionará a ese nombre el apellido del escritor, vestirá pieles, le azotará, será su cómplice en la búsqueda del Griego; ese ideal de amante con que debe humillarlo (6), de Anatole, el fantasma homoerótico, y él, otra vez delirante, sumiso, románticamente trasgresor, será el esclavo.
En 1874, apenas un año después de contraer nupcias con Wanda, Sacher Masoch inicia, otra vez a instancias del remitente, una aventura epistolar con otra mujer; Emilie Mataja. Tras un año de cartas donde se proveen pieles y latigazos el flirt se detiene, el escritor no llega conocer a Emilie; Wanda, que pulsa magistralmente los hilos de la seducción, evoca la necesidad de hallar a algún hombre, joven y bello, un amante para humillar a su marido, alguien que asuma la piel del Griego. Masoch escribe a Emilie que su esposa le tiraniza lo suficiente como para amarla inevitablemente. Al menos por esta vez las fantasías quedan recluidas en la letra escrita.
Si en “Venus Im Pelz” el Griego resulta tan bello que semeja una mujer, en “El amor de Platón” (otro de los relatos que conforman el primer ciclo de El legado de Caín) Henrik Tarnow predica las tesis de un amor espiritual. Amor que, según sostiene, es posible mantener sólo con un hombre. Así lo hace saber a una mujer que intenta seducirlo; ella, decidida a gozar de su presencia como sea, dice estar presta a recibir la visita de un hermano. Tarnow, bajo el tenue manto de la oscuridad, disfruta de las citas con el supuesto hermano; Anatole, el idilio, un romance espiritual en toda regla, se detiene bruscamente al descubrir Tarnow que el bello y espiritual Anatole no existe, su lugar lo ocupa la decidida mujer. Permitamos a la psicología afanarse con la pesquisa de las evidentes tendencias homosexuales.
En 1878 la ficción introduce una vez más sus tentáculos de cera; Sacher Masoch recibe una misteriosa carta cuyo remitente asegura ser... Anatole. En el Olimpo los dioses tiemblan; la creación de un simple mortal cobra vida para invocar a su creador. Si Aurora Rumelin decidió ser Wanda ahora algún émulo de Henrik Tarnow cree ser Anatole. Otra vez la correspondencia mueve a grandes oleajes al escritor. Si eres Anatole, escribe, tómame, soy tuyo. No es él quien ficcionaliza la realidad; otra vez son sus lectores. Quien lea estas cartas no exagerará al tomarlas como ejemplo de pasión exaltada y total. El escritor, que no tiene secretos para con su esposa, involucra a Wanda que también escribe al supuesto Anatole; le agradece por hacer feliz a su marido y, graduada ya en esa escuela de parodia infinita, se lo cede. Otra vez es el folletín; Sacher Masoch y Anatole, los ojos vendados, se encuentran a medianoche en la habitación oscura de un hotel, conversan horas, se repite escena similar a la descrita en el relato; pero esta vez Henrik Tarnow y Anatole están realmente allí, sentados, transmutados en piel y verbo, respiran, las manos se mueven nerviosas y frías, los contornos apenas delineados por el velo de la oscuridad, ¿eres bello?, quiere saber Sacher Masoch, no lo sé, responde el otro. Si al casarse con Aurora Rumelin, perdón, con Wanda, se hace reflejar en el acta que se trata de una baronesa, varios años después de aquel encuentro nocturno el escritor sostendrá que el furtivo Anatole no fue otro que el mismísimo Rey Luis II de Baviera. Baronesas y reyes; no basta ficcionalizar, urge hacerlo con toda pompa.
Después de 1881 Sacher Masoch parece apagarse; Wanda, que goza de un amante perfectamente tolerado, se le hace cada vez más insoportable. Dos años más tarde se decide a abandonarla. En 1890, cuando ya excede las cinco décadas (y apenas le separan cinco años de la muerte), contrae segundas nupcias con Hulda Meister, nombre que parece extraído de un tomo de Goethe. Para entonces las viejas obsesiones dejan sitio a la paz. Sus lectores, asediados por fantasmas literarios, continuarán escribiéndole hasta el fin.
Si alguna vez puede hablarse de alter ego los de Sacher Masoch lo serán por antonomasia. No existe algún otro autor que haya lanzado a la vida a sus propios personajes como él lo hizo. Nadie como él vivió tanto su literatura. Más allá de los designios de Kraff Ebing (y de la cohorte de sus colegas) masoquismo bien podría ser ese irrefrenable empuje que lanza a un creador a tomar el cuerpo de sus creaciones para llenarlos de quejas y gozos de este lado de las páginas. No fue él quien por vez primera imbricó el placer sexual al dolor físico, no fue tampoco él quien lo tratara por vez postrera; las manifestaciones que el siquiatra vienés nombrara al leer “Venus im Pelz” son comunes a la única especie del reino animal para la cual el sexo, esa maravillosa y compleja urdimbre, constituye más que un instinto perdido en los vericuetos de la preservación de la especie. Fue él, eso sí, quien vinculara esas manifestaciones a una muy rara pasión por el otro, una pasión que lleva a la entrega más absoluta, a la demostración más fehaciente de su existencia (7).
Sacher Masoch, y sus alter ego, criaturas que deambulan más allá de los extremos, son, no se dude, románticos. Románticos de un tiempo y un lugar donde forzosamente el romance se metamorfosea por momentos en la trinidad de la que hablara Gilles Deleuze: frialdad, sentimentalismo y crueldad. Una crueldad que no excluirá la pasión más desenfrenada y tremebunda, una muy cercana quizá a aquella otra que llevara al divino (y no menos enfermizo) Werther al suicidio.
NOTAS:
1. “Venus im Pelz” (La Venus de las Pieles) se publica en Sttugart en 1870. La edición original fue de mil doscientos ejemplares.
2. Al final de su vida el escritor organizó una asociación para la cultura popular en el Alto Hesse con el ánimo de contribuir a la formación cultural y patriótica de los campesinos. Logró reunir seis mil libros, impartió conferencias, organizó teatro de aficionados, conciertos.
3. Una historia de Galicia (1858), El emisario (1863), Claro de luna (1868), y especialmente: Don Juan de Kolomea (1866) y Una mujer separada (1862).
4. El Griego en La Venus de las pieles. Anatole en “El amor de Platón”.
5. Todas las citas están tomadas de Leopold Sacher Masoch. Bernad Michel, Editorial Circe, 1992.
6. En 1880 la pareja veranea en Hungría invitada por un matrimonio hebreo. Para encarnar al Griego se elige un muchacho de veinticuatro años; otra vez Sacher Masoch es el fiel esclavo Gregor mientras el dúo se solaza en pleno romance.
7. No hay pornografía en Sacher Masoch. Es la exacerbación del sentimiento llevada hasta el paroxismo. Para el vulgar pornógrafo afiliado al masoquismo el otro existe en función del propio placer. Masoch anhela que el otro exista, que disfrute y sea feliz porque de alguna forma, una muy peculiar, lo ama. 
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