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26 de febrero de 2008


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Botín petrolero

En medio de sus fantasías y desatinos como presidente, Vicente Fox decía verdades. Por ejemplo, cuando declaró que “México es un país maravilloso”. ¿Cómo no va a serlo para una clase política como la nuestra? ¿Para diputados y senadores —de todos las siglas— que, antes de iniciar sesiones, vacacionan después del descanso navideño y de año nuevo con el argumento de “fijar agendas”, en vez de tomarle el pulso a sus estados y distritos para llevar al Congreso asuntos de interés general, y no el de sus partidos?
Pero más que maravilloso, México es un país kafkiano, el reino de lo absurdo. Sólo así se explica que López Obrador se declare “presidente legítimo”, se cruce una banda sobre el pecho, despache correspondencia “oficial” y se envuelva en el retrato de Juárez, el presidente de la legalidad. Bueno, también hay quienes se creen Napoleón. Sólo que el confinamiento de éstos, y la falta de reflectores para los que deambulan por las calles, los vuelve social y políticamente inocuos.
¿Cómo nos verán desde fuera? Sin duda, con la imagen de un país folclórico, tropical, sin mayor quehacer que perder el tiempo, mientras otros, de equivalente escala y aun menores, nos rebasan por la izquierda, por la derecha y por el centro. Por suerte para el país, cada vez menos gente le sigue el juego a López Obrador, cada vez más lo tachan de demente, aunque decirlo moleste a sus seguidores más fanatizados, quienes, igual que su líder, no aceptan más visión que la suya, lo cual, además de inaceptable en un país libre, refleja el talante autoritario e intolerante de esa corriente de la izquierda.
López Obrador corre el riesgo de que se le tome a broma, como a Nicolás Zúñiga y Miranda, el opositor eterno de don Porfirio. Lo cual es negativo para él, pero más para millones de mexicanos que buscan fuera del PRI y el PAN soluciones a los problemas y rezagos seculares del país. Gente en la que Andrés Manuel despertó esperanza y llevó a las urnas en las elecciones presidenciales de 2006; votantes hoy de nuevo a la deriva por falta de un liderazgo responsable, congruente y democrático.
Andrés Manuel es un fabricante de quimeras, un maestro del engaño. Decir que el petróleo se entregará al sector privado —de México y de otros países— es una patraña, como lo han sido tantas que en su vida ha sembrado para beneficiarse de ellas, para victimizarse, para excitar la ira popular, el encono social, la rebeldía contra el “gobierno espurio” y las instituciones que previamente mandó “al diablo”.
La reforma energética, como la educativa, es inaplazable. Si en verdad queremos que el mundo deje de considerarnos un país pintoresco y medroso, debemos empezar a caminar en otra dirección. Porque en la práctica, Pemex jamás ha sido de los mexicanos. Ha sido y es del gobierno de turno y de un sindicato corrupto, caja chica del PRI y del PAN, únicos beneficiarios de la riqueza petrolera. Es lógico que López Obrador se oponga a que el país alcance la mayoría de edad, pero al final ¿quién es él para impedirlo?

 
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