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29 de enero de 2008


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No son los premios los que dan prestigio a los autores, sino los autores los que dan prestigio a los premios: Del Paso

Don Fernando del Paso
PREMIO FIL DE LITERATURA LATINOAMERICANA Y DEL CARIBE 2007

Segunda Parte


Armando de la Peña Rodríguez

Otra vez los nombres de dos grandes aparecen juntos. Una segunda carta a Rulfo ameritaría el importante suceso. Es la obra La muerte se va a Granada, sin embargo, la que pudiera correr con la suerte de ver la luz

 

 “¿No es cierto, Juan?…
¿no es cierto?”
(continuación)

Fernando del Paso

Siempre he estado convencido de que no son los premios los que dan prestigio a los autores, sino los autores los que dan prestigio a los premios. Se ha visto cómo, en los premios longevos, y como reza el dicho, “ni están todos los que son ni son todos los que están”. Ganar el premio Nobel, por ejemplo, significa incorporarse a un grupo en el que figuran escritores como Zienkiweicz, Pearl S. Buck, Echegara y Winston Churchill. No ganar el premio Nobel significa quedarse en compañía de Emilio Zolá, Leon Tolstoi, James Joyce, Marcel Proust, Ítalo Calvino y Jorge Luis Borges. Es en este sentido que el premio Rulfo no se distingue mucho del Nobel: ha cumplido ya dieciocho años —la mayoría de edad— y han sido varios los escritores que, a criterio de numerosos críticos y lectores, siempre lo han merecido pero no lo han recibido, y de hecho algunos, ya desaparecidos, nunca lo recibieron. Sucede que —lo he dicho infinidad de veces, lo reitero una vez más— siempre ha habido más buenos escritores que buenos premios, y al premiar a uno de ellos, los otros se quedan sin premiar.
El premio Nobel, sin embargo, conserva su enorme importancia, su fuerza, su prestigio, gracias a un muy respetable número de grandes escritores que figuran en su lista. Lo mismo sucede, también, con este premio Rulfo.
Hoy me encantaría escribirle una segunda carta a Juan Rulfo en la cual le diría más o menos: “Mi querido Juan: ya han pasado otros veinte años sin escribirte, y en consecuencia yo tengo ahora ya más años de edad de los que tú tenías cuando te fuiste”.
Podría yo decirle: “Soy tu mayor, respétame. Pero si te acuerdas bien, en mi primera carta te dije que no, que no es así y que nunca lo será: tú has sido siempre, y siempre seguirás siendo mi mayor. Eres, Juan inalcanzable. Esta vez te escribo no tanto para decirte, Juan, que México, nuestro México, no ha cambiado mucho que digamos desde que nos dejaste: sigue siendo un desastre. En todo caso, es un desastre cada vez mayor. Aun así, lo quiero tanto como tú lo querías, y a fin de cuentas, y lo que sea de cada quien, también el planeta entero es un desastre.
“Pero más bien para lo que hoy te escribo en esta segunda carta, Juan, es para decirte dos cosas: una, que yo soy de los que pienso -¡qué digo `pienso`, estoy convencido!- que tú más que un hombre de letras, más que un académico, fuiste un iluminado: tu maravillosa intuición valía más, valió más y nos dejó infinitamente más, en sólo dos libros flacos como tú, Juan (como te lo dije en la primera carta), pero inabarcables como tu talento, de lo que suelen dejar algunos escritores que como yo tratamos de sustituir al genio con el volumen y con la erudición. Pero me estoy poniendo demasiado serio. La otra cosa de la que quiero escribirte, y que me tiene contento a rabiar, es que otra vez tu nombre y mi nombre, fíjate nomás, han vuelto a estar juntos, como lo estuvieron antes, varias veces, en que los juntaron nuestra amistad y nuestro amor por la literatura. También en José Trigo, donde te menciono, ¿te acuerdas?, como uno de los amigos cuyo nombre no podía faltar en ese libro. Y lo mismo durante todos los seis años en los que fui, en París, miembro del jurado del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo patrocinado por el Centro Cultural de México y Radio Francia Internacional.
“Hoy nuestros nombres vuelven a unirse gracias a otro premio, este gran premio del que yo no sé si sea merecedor, pero que acepto en tu nombre y sólo en tu nombre… Y que no venga por allí un abogadillo a decir que no puedo hacerlo, porque ya lo hice, así de sencillo…”.
…y después, después señoras y señores, le hablaría a Juan, en la carta, de unos que otros asuntillos personales, de los que yo no estoy ahora para contarlos ni ustedes para escucharlos.
Cuando a principios de septiembre pasado se me anunció que se me había concedido el premio Juan Rulfo, la alegría que sentí fue doble porque para entonces ya sabía yo que Colombia había sido designada como el país invitado de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2007. Colombia es el país de América Latina que más quiero, a excepción, claro, de México y de Costa Rica, país en donde tengo nexos familiares añejos y profundos: nada menos que a mi hermana, mi única hermana, mi cuñado, mis sobrinos y mis sobrinos nietos… ¿Y por qué quiero tanto a Colombia? Déjenme decirles que yo gozo un ajiaco, con sus guascas y su buena variedad de papas, tanto o más que un colombiano en el exilio, que lamento el bogotazo y el asesinato de Jorge Eliécer Gaytán tanto como cualquier colombiano que se respete, y que me encantan las traducciones que de Saint-John Perse hizo el poeta colombiano Jorge Zalamea, tanto o más de lo que le gustaron al propio Saint-John Perse. También, por supuesto, y ya no como colombiano imaginario o postizo, sino como mexicano y latinoamericano me duele la larga, infinita violencia que ha sufrido ese país tan querido.
Le debo a uno de los dedicatarios de este discurso —si se me permite este extravagante neologismo— el nacimiento de ésa mi devoción a Colombia: Antonio Montaña, autor de espléndidas novelas, hombre de teatro, pensador brillante, a quien no le fue posible asistir a esta feria por cuestiones de saludo. Antonio entró en mi vida como el ángel que me inició en los misterios de la literatura, gracias a un relámpago: El rayo que no cesa, de Miguel Hernández. Los maravillosos sonetos de este gran poeta español fueron el detonador de toda mi carrera literaria.
Gracias a Antonio Montaña, conocí al segundo dedicatario, José de la Colina, y poco después a Álvaro Mutis. Y gracias a Mutis, conocí a Gabriel García Márquez. Montaña y De la Colina figuraron entre mis primeros maestros y compañeros literarios. Ellos me enseñaron a leer. Ellos me abrieron las puertas de la gran literatura que era para mí, entonces, la gran desconocida. Recuerdo, ¡cómo podría olvidarlo!, que los tres nos reuníamos los sábados por la tarde en mi casa, cada uno armado con una Olivetti portátil, para escribir, sino al alimón, sí al unísono. Fueron los sábados más gloriosos de toda mi vida. Antonio era entonces amigo de Fernando Botero, quien vivió durante un corto tiempo en México. Cuando el hijo mayor de Botero, todavía bebé, ya no cabía en su moisés, Antonio le dijo: dámelo para un amigo que acaba de tener un hijo. Y así fue como mi primer hijo, llamado Fernando, heredó el moisés del primer hijo de Botero, también llamado Fernando. Cuando Montaña regresó a Colombia nos dejó, como regalo, un cuadro de Botero. No sabía, entonces, que nos estaba regalando una casa.
Como guía literario y como amigo, Mutis era incomparable. A él le debo también el conocimiento de autores maravillosos que siempre me han acompañado. De alguna manera, Mutis me parece un personaje salido de un libro de Marcel Proust.
Un personaje, desde luego, lleno de vida y alegría a quien la cultura y el buen humor le salen por los poros. El nombre de Mutis figura junto con el de Montaña y otros tres o cuatro amigos en la tercera de forros de mi primer libro, en una nota en la cual expreso mi voluntad de que los nombres de estas personas aparezcan siempre en él. Su nombre aparece también en una nota final de mi segunda novela, Palinuro de México, en la que le doy crédito por haber utilizado, como título de un capítulo, el título de uno de sus más hermosos poemas: Esta casa de enfermos. Mutis también está presente en las páginas de la Linda 67, porque fue él quien me dio a conocer esa formidable colección de novela policíaca El séptimo círculo, fundada por Borges y Bioy Casares, y el entusiasmo que me despertaron autores como Patrick Quentin, Leo Perutz, Beverly Nichols, Ciryl Hare o Nicholas Blake me hicieron prometerme escribir, algún día, una novela policíaca. Álvaro me dijo: “no es posible, porque pa´ eso se necesita una vocación especial que tú no tienes”. Treinta y cinco años después respondí al reto. O creí responder. Porque, como mis lectores se habrán dado cuenta, Linda 67 no es una novela policíaca: es un thriller.  Álvaro tenía razón.
Álvaro figura también en el prólogo que escribí para el libro de Cocina mexicana de mi esposa, Socorro, porque él fue uno de los amigos que más influyó en nuestra educación gastronómica.
Álvaro, Álvaro, mi querido Álvaro Mutis, quien, se los aseguro, a pesar de sus proclividades monárquicas es, sin duda, uno de los seres humanos más bellos y generosos que he conocido en toda mi vida.
De Gabo también tengo muy gratos recuerdos. Fuimos buenos amigos antes de que yo partiera para Europa para vivir casi veinticinco años en ese otro lado del mundo sin olvidar a los amigos, pero también sin escribirles una sola carta. Gabo vivió primero en un departamento de la colonia Anzures de la Ciudad de México, en el número 21 de la calle de Renán, motivo por el cual a un querido amigo mutuo, el poeta Raúl Renán le pusimos como apodo Renán 21. Luego se mudó a unas cuantas calles de la casa en que yo vivía, en la colonia Banjidal. Tengo muy presentes esas tardes en que Mercedes, Merceces La Bella, llegaba a la casa con sus hijos Rodrigo y Gonzalo, quienes solían jugar con mis hijos Fernando y Alejandro, mientras Gabo escribía con furor Cien años de soledad. Y digo “furor” por que no concibo que un libro que tantas maravillas contiene pueda ser otra cosa que el producto de la ira resplandeciente de un demiurgo. Recuerdo la época de la agencia de publicidad de Jimmy Stanton, que no era el gringo feo y muchos menos el viejo o el malo: era el gringo bueno. Gabo escribía unos sketches que eran actuados por Mauricio Garcés y Silvia Pinal en un programa patrocinado por la ginebra Oso Negro, para lo cual yo hacía los comerciales.
Y Álvaro se agenciaba unos centavos extras grabando la voz del locutor de Los Intocables. Decía Álvaro: “Chicago, 1927: Elliot Ness se enfrenta al contrabando de whisky escocés más grande en la historia de la ciudad…”. ¿Te acuerdas, Álvaro? Uno de ustedes dos descubrió una ostionería sensacional en la colonia Guerrero de la Ciudad de México, en la que nos dimos grandes comilonas, y otro día decidimos de pronto irnos al puerto de Veracruz, con Socorro, dos de mis hijos chiquitos y la Chaneca, y allí, en el Zócalo, una noche inolvidable en el café del hotel Diligencias yo me paré de pronto en una silla, alcé mi tarro de cerveza como si fuera la antorcha de la Estatua de la Libertad y le dije a la concurrencia: “Señoras y señores, quiero comunicarles a todos ustedes que soy muy feliz”. Lo mismo podría decir hoy, este día, en esta sala.
Y después, después y con el correr del tiempo, mi esposa y yo seguimos coleccionando colombianos. Amigos muy queridos, nunca olvidados, entre ellos Nicolás Suescún, Fernando Arbeláez, otro Arbeláez: Juan Clímaco, que trabajó conmigo en la BBC de Londres, Néstor Sánchez, Pancho Norden, Nancy Vicens, Juan Gustavo Cobo Borda, el desaparecido Rafael H. Moreno Durán, Bernardo Hoyos… y algunos más.
Hoy me apresto a aumentar esta colección de colombianos con Héctor Abad, quien llegará este próximo martes a Guadalajara. Héctor bautizó, con el nombre de Palinuro, en honor de mi segunda novela, la librería que hace ya varios años fundó en Medellín.
Es por eso que, como mexicano y como escritor, como premio Rulfo, como maestro emérito de la Universidad de Guadalajara, me permito agregar mi bienvenida personal a todas las otras bienvenidas oficiales que se le han dado y den a la delegación que hoy representa a Colombia en esta vigésimo primera Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Sean todos bienvenidos.
Quiero aprovechar esta presencia para solicitar, de la manera más atenta y respetuosa, un favor a la delegación colombiana. En la Feria del Libro del año pasado, 2006, un grupo de actores de esta universidad, dirigido por Daniel Constantini, puso en escena una obra teatral, escrita en verso, de mi autoría: La muerte se va a Granada, que trata sobre los últimos días que pasó en esa ciudad el gran poeta andaluz Federico García Lorca, su detención y su asesinato por las fuerzas de la falange. La puesta en escena del maestro Constantini fue espléndida, más allá de todo lo que yo había imaginado y espléndida también la actuación de todos los actores, en particular de Marcos Orozco.
Nada me gustaría más que esta puesta en escena de La muerte se va a Granada participará en el Festival Internacional de Teatro de Bogotá que es, sin duda, el de mayor prestigio en el mundo de habla hispana. Le ruego pues a la delegación colombiana que interponga sus buenos oficios para que esta obra sea considerada por aquellas personas que estén en capacidad de juzgarla como digna, o no, del festival. La muerte se va a Granada fue filmada por esta misma universidad, y la grabación correspondiente está a su disposición.
Aprovecho también esta tribuna, ¿por qué no?, para recordarle a mi querido amigo el licenciado Raúl Padilla, presidente de esta Feria Internacional del Libro de Guadalajara, su promesa de llevar esta obra a España.
Si se piensa, si ustedes piensan que con esto lo único que hago es llevar agua a mi molino, quisiera señalar que también llevo agua al molino de la Universidad de Guadalajara, porque ésta es responsable de la belleza y la altísima calidad de la puesta en escena que tuvimos el privilegio de disfrutar el año pasado en esta ciudad y que vale mucho, muchísimo la pena —y vale el presupuesto también— que se vea en otras partes del mundo hispanoparlante, y en particular en la tierra de García Lorca.
Creo que para un premio Juan Rulfo no es mucho pedir… ¿no es cierto, Juan? ¿No es cierto? Sólo me resta agradecer de todo corazón a mi esposa, Socorro, y a mis hijos Alejandro, Adriana y Paulina el gran apoyo moral y el amor que me han dado a lo largo de muchos años. También conté siempre con el amor y el entusiasmo de mi hijo Fernando, fallecido hace dos años, y en cuya memoria publico este año un librito de poemas infantiles.
Y por supuesto, dar las gracias más cumplidas y cálidas a los miembros del jurado que se dignaron otorgarme el premio: Gonzalo Celorio, Julio Ortega, Beatriz Pastor, Gustavo Guerrero, William Rowe, Rubén Gallo y Suzanne Jill Levine… A todos ellos, a todos ustedes, mil, mil gracias.
Y para ti, mi querido Vicente Quirarte, un abrazo y mi agradecimiento por tus hermosas y exageradas palabras.
Y para darle un ligero toque de solemnidad a este acto, permítanme decirles que a tales minutos de tales horas del día de hoy, sábado 24 de noviembre de 2007, declaro, en el uso de todas mis facultades mentales y delante de testigos —cientos de ellos, como ustedes mismos pueden atestiguar—, declaro, decía, aceptar de buenísima gana, con la conciencia limpia, con un gran entusiasmo y un inmenso júbilo, el décimo séptimo premio de Literatura Latinoamericano y del Caribe Juan Rulfo, alias Segundo Premio FIL de Literatura, y asumo todas las consecuencias, tanto legales y periodísticas como literarias y pecuniarias, que conlleve esta aceptación.

 
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