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29 de enero de 2008


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A veinte ideas de por qué sirve el español se une la magia
del lenguaje mismo que trasciende de lo particular a lo universal

¿Cómo chingados
se usa el español?
Parte 2

Renata Chapa

El español nos sirve para adoptar una segunda patria que, en muchos
casos, es la patria primera. Patria que abarca desde Borges hasta
Cantinflas y desde El Cid hasta Bety la Fea
: Samper

Es ésta la segunda entrega de los diálogos sostenidos en la mesa titulada "¿Cómo chingados se usa el español?" celebrada en la edición 22 de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara (FIL 2007). Antes de ceder el espacio al par de ponentes restantes (en la pasada entrega fue el turno de Gonzalo Celorio y Álex Grijelmo), la tarea asignada desde el inicio fue evaluar, precisamente, la potencia del castellano cuando de su modalidad oral pasa a la escrita, así como las razones del desbordante éxito de esta mesa en la FIL 2007: ¿la fuerza idiomática, las construcciones sintácticas, las “puntadas” expositivas resultaron claves? ¿O los curriculums de los panelistas o sólo la imagen que ha creado el moderador a través de su programa televisivo? ¿Es el efecto del vocablo “chingados” en el título de las charla lo que causó tal revuelo? ¿O la “defensa apasionada del idioma español”? Léanse las siguientes participaciones de los periodistas y escritores Daniel Samper y Juan Villoro para continuar con la averiguación:

Daniel Samper: El tema de esta reunión de amigos, ustedes y nosotros, es “cómo chingados se usa el español”. Yo diría que para saber cómo se usa el español la mejor referencia es, aparte de los libros mencionados de la Academia, algunos más de Seco, de Fernando Lázaro Carretero. Alguna vez me decía un muchacho con mucha sospecha cuando, por un error, creo que se equivocaron de persona, me nombraron miembro de la Academia de la Lengua Colombiana y yo me posesioné. Y el muchacho medio molesto de que alguien que había sido medio rebeldón aceptara con mucho orgullo y alegría entrar en la Academia, me dijo: “¿Pero es que usted es partidario de la pureza del lenguaje?” y yo le dije, “Mira, el lenguaje es como el amor: yo no pido pureza, pero sí higiene”. Sobre la higiene y hasta de la pureza del lenguaje existen muchos tratados. Yo recomiendo los libros de Álex Grijelmo que me parecen divertidos, sabios, aunque sean escritos por alguien de Madrid. Voy a aprovechar estos minutos para hablar de qué chingados sirve el español. Podíamos pasar horas analizando el tema, pero el formato de la exposición me llevó a preguntarme cómo podía exponer, por lo menos, veinte ideas de la utilidad del español en un lapso tan corto:

1. El español sirve para que nos entendamos, con apenas leves diferencias, cuatrocientos millones de personas en el mundo entero.

2. El español sirve para que nos entretengamos comentando esas leves diferencias que adopta el idioma en distintas comunidades y la pasemos muy bien hablando de las diferencias que nos unen: carro, coche, auto; calzones, pantaletas, cucos, bombachas.

3. El español nos sirve para adoptar una segunda patria que, en muchos casos, es la patria primera. Patria que abarca desde Borges hasta Cantinflas y desde El Cid hasta Bety la Fea.

4. El español sirve para ofrecer un crisol en el que no sólo se funden lenguas, sino culturas de todos los puntos cardinales en un mestizaje incomparable. El español es un escenario donde circulan novelas, telenovelas, música, conversaciones, cartas de amor, mensajes de Internet. Sin el español no pudiéramos conocer a Agustín Lara o a Rubén Darío. En el español se funde todo lo que trajeron aquí los africanos, los europeos, indígenas.

5. El español, además, sirve para tener millones de primos hermanos que hablan romances parecidos. El portugués, el italiano, el francés, el rumano, el catalán.

6. El español sirve para nombrar ciertos objetos del nuevo mundo cuya designación precolombina ha enriquecido nuestra lengua. Tiburón, huracán, cacique, tomate, barracuda, papa, hamaca, caimán, aguacate. Son cientos, son miles las palabras precolombinas que son parte del español y tienen la misma carta de ciudadanía que aquéllas usadas siglos antes.

7. El español sirve para prestar a otras lenguas términos que se expresan mejor en la nuestra como junta, liberal, charlatán, guerrilla, armadillo, barbacoa, toreador, poncho, palabras del español que han pasado a otras lenguas.

8. El español sirve para enamorar. Está claro que todos los pueblos se enamoran y se reproducen o desaparecen, obviamente, pero, con todo respeto, una cosa es enamorar al ritmo de “Tutti frutti au rutti” y otra, mientras uno susurra al oído, “Poesía eres tú”. Muchas creen que ese poema lo hizo el novio. No. No lo difundan así.

9. El español también sirve para bailar. Casi todos los pueblos bailan. Pero con el mayor respeto por ellos, una cosa es hacerlo cantando “All the people all this thing” y otra al compás de “No estaba muerto, estaba de parranda”.

10. El español también sirve para insultar. Todos los pueblos insultan. Perdón por el uso de las malas palabras que reivindicó a lo menos Fontanarrosa. Una cosa es decir “fool! go!” y otra “vete al carajo, güey”. El español insulta divinamente, ¡es un orgullo para nosotros!.

11. El español sirve para pedir en cualquier restaurante del mundo, en español, enchiladas, paella, tacos, sangría, tequila, papas, tortillas sin hablar otra lengua.

12. El español sirve para leer con su música y letra originales, porque a veces se puede traducir la letra, pero no la música de un poeta o un novelista, a Quevedo, Lope, Góngora, Sor Juana Inés de la Cruz, don Juan de Castellanos, Bécquer (Poesía eres tú), Garcilaso, Calderón, Martí, Darío, Baroja, Alfonso Reyes, Gallegos, César Vallejo, Hernández, el otro Hernández, el otro Hernández, García Lorca, Neruda, Rulfo, Paz, Cortázar, Borges, Parra, Machado, el otro Machado, Vargas Llosa, Fuentes, Cabrera Infante, Onetti, Sábato, Lezama Lima, Carranza, Jiménez, Alberti, Bolaño y, finalmente, García Márquez, Cervantes y… Juan Villoro.

13. El español sirve para enseñar español. Miles de personas viven de enseñar español a millones de personas que quieren aprenderlo.

14. El español sirve para aprender español. Millones de personas quieren aprender español y millones quieren enseñar.

15. El español sirve para pronunciar ciertas frases contundentes que sólo suenan bien en español. Con todo respeto, no es lo mismo decir “thy we shall become brigade” que “¡en la brigada venceremos!”, ni es lo mismo “One hand for Mexico!” que “¡Viva, México!”.

16. El español sirve para establecer la diferencia entre “ser” y “estar”. Si ustedes quieren ver sufrir a una persona que está aprendiendo español, suéltenles los verbos “ser” y “estar” y los van a respetar muchísimo.

17. El español sirve para llegar a Estados Unidos donde fueron absorbido el alemán, el italiano, el francés, y encontrar que, a pesar de todos los obstáculos, y esto es sobre todo trabajo de los mexicanos, nuestra lengua florece cada vez más en la radio, la prensa, las calles, el comercio y los letreros urbanos.

18. El español sirve para que los crucigramistas, y yo lo soy, sepan el significado de términos como “toar”, “buz”, “iza”, “raer”, “ox”. Son palabras en español, los crucigramistas las sabemos, no sé si ustedes.

19. El español sirve también para empuñar con empeño la letra “ñ” a manera de entrañable enseña de la lengua española. En eso no vamos a ceder un carajo.

20. Finalmente, como anotaron mis compañeros, especialmente Gonzalo Celorio, el español sirve para poner el vocablo “chingado” en el título de una charla entre amantes de la gramática, y ver que gracias a esa palabra mágica se llena de gente el chingado salón a sabiendas de que si se hubiera denominado “Presente y futuro de la sintaxis, la lexicografía y la morfología catellanas” los participantes nos hubiéramos quedado chingadamente solos.

Juan Villoro: Yo estudié en el Colegio Alemán y durante nueve años llevé todas las materias en alemán. Esta educación, un poco extravagante, hizo que lo que más me gustara en la vida fuera la lengua castellana. Fue una pedagogía al revés. Al Colegio Alemán le debo que al salir al recreo, yo pensara única y exclusivamente hablar castellano. La gente de mi generación le debe mucho a un historietista, Gabriel Vargas, creador de “La familia Burrón” y de una nueva manera de decir cosas. Por ejemplo, la hora de comer se convirtió en la “hora de mover bigote” y los ladrones se convirtieron amablemente en los “amigos de lo ajeno”. Ésta fue para mí una gran influencia, una especie de Academia informal del idioma mientras yo estudiaba las extensísimas frases alemanas donde uno termina francamente extraviado. También los escritores de mi generación le debemos mucho a la radio porque fue una oportunidad popular para reinventar la lengua y el idioma. En la radio, todo depende de las palabras. Ustedes saben que Orson Wells realizó una adaptación para la radio de “La guerra de los mundos” con tan buen efecto que se paralizó la ciudad de Nueva York y muchas personas pensaron huir de ahí porque creyeron que realmente ya los extraterrestres habían llegado a conquistarlos. La radio reinventó a muchos de nosotros. El locutor narra de acuerdo a sus figuraciones y yo le debo muchísimo a esta otra Academia informal y seguramente efímera, destinada a perdurar en el recuerdo de la gente. La radio nos demostró que las palabras no sólo tenían un fin utilitario, no sólo eran la definición del diccionario, sino que las palabras eran también símbolos mágicos: eran apodos para los héroes, eran nombres para los equipos, eran sobrenombres de guerra. El partido más aburrido podía convertirse en una épica gracias a la inventiva de un locutor como, por ejemplo, el Mago Septién que ganó su apodo por haber inventado un partido que no ocurrió o que sólo ocurrió en su imaginación y que quienes lo escucharon, lo sintieron tan vivo como si lo hubieran visto. Él narraba partidos de béisbol y al final de cada una de sus frases el latiguillo era “y sigue llegando gente”. Y esa marea incesante de palabras fue la que a muchos de nosotros nos aficionó a los deportes. Yo no podría dejar de recordar aquí al mayor rapsoda del fútbol mexicano que fue Ángel Fernández, un hombre que rebautizó equipos enteros: cambió a los cementeros del Cruz Azul por la “Máquina Celeste”; a las Chivas Rayadas por el “Rebaño Sagrado”. Ángel Fernández, a quienes lo escuchamos, nos regaló dos vocaciones: la de la palabra asociada al deporte, y para muchos de nosotros, el gusto en sí por las palabras. Nada puede ser tan interesante como algo que es narrado sabrosamente. Ángel Fernández podía describir, por ejemplo, a un portero del Necaxa de la época de los once hermanos, un hombre muy apuesto, el Pipiolo Estrada, y él decía lo siguiente: “Tengo las manos engarrotadas de tanto treparme a las legendarias alambradas del parque Asturias porque no tenía dinero para pagar mi boleto de entrada, pero me trepaba ahí para ver al hombre más elegante de la época: el Pipiolo Estrada, porque él tenía todo lo que yo una vez anhelé y nunca había tenido. Se preguntarán ustedes qué era eso: un súeter de cuello de tortuga”. ¡Esto es ya literatura! Es entrar en el mundo mágico de las palabras que significan algo más que los datos. La información nos da los datos básicos, pero sólo la narración nos da el misterio de las cosas. También quisiera rendirle aquí un homenaje a los dobladores de las voces. México fue durante mucho tiempo un bastión del doblaje. En muchos países de América Latina hablaron en un lenguaje neutro que era el del doblaje. En las famosas películas de lucha libre, los enmascarados que nunca fueron buenos actores, todos ellos tuvieron la voz de Narciso Busquets y quizá si Dios hablara también tendría la voz de Narciso Busquets. Había una voz tipo para todos. El lenguaje doblado también es una Academia de la Lengua porque buscó un español común que pudiera ser comprendido en Buenos Aires o en España ya fuera en el caso de los luchadores o en el de “Los Intocables”. En esta Feria se le ha rendido, por cierto, homenaje a Álvaro Mutis que dio la voz del narrador de “Los Intocables”. La palabra también busca que seamos reconocidos en el otro; ser amados por los demás. Un amigo tuvo un conflicto extremo con su mujer por una razón muy habitual entre nosotros: “Es que nunca me dices lo que sientes”. Un refrán de la Edad Media dice: “Dios dio a las mujeres la gracia de ser interiores”. Las mujeres pueden verbalizar cosas que los hombres no siempre podemos decir. Llega el momento crítico de toda relación en que ella dice: “¿Por qué no me dices nada?”. Cuando le preguntaron eso a mi amigo, se le acabaron las palabras, se le secó la lengua y se preguntó “¿de qué chingados sirve el español?” y no pudo decirle nada. Él llegó a mi casa con una maleta, expulsado por su esposa, y me preguntó si yo tenía algún remedio. Todas las frases resultaban artificiales para que las dijera él porque es una persona poco dada a hablar, entonces necesitábamos encontrar una que realmente fuera convincente para que pudiera recuperar a la mujer que lo había abandonado, pero que no había dejado de querer. Cayó mi amigo en una depresión terrible y durante los dos días que duró en mi casa se dedicó a ver películas de karatekas. Y, de pronto, como un iluminado dijo, “¡Ya lo tengo!”. Fue a ver a su mujer y la reconquistó. Entendió para qué chingados sirve el español. Yo le pregunté a ella qué le había dicho y me contestó: “No me derrotó la adversidad. Fui vencido por tus ojos”. La magia del lenguaje es convertir lo particular en universal; poder llevar la frase de una película de karatekas a la alcoba y recuperar lo que parecía perdido. E4

Daniel Samper (Bogotá, Colombia, 1945; licenciado en derecho por la Universidad Javeriana, máster en periodismo por la Universidad de Kansas, Neiman Fellow de la Universidad de Harvard; premiado con el galardón Maria Moors Cabot por la Universidad de Columbia, Premio Simón Bolívar de Periodismo en tres ocasiones,  Premio Rey de España y Premio Continente de Periodismo), Juan Villoro (Ciudad de México, 1956; licenciado en sociología por la UAM-Iztapalapa; ha colaborado en  Vuelta, Nexos, Proceso, Cambio, Unomásuno y La Jornada; en este último periódico dirigió el suplemento La Jornada Semanal entre 1995 y 1998. Cronista de varios mundiales: Italia 90 para El Nacional, Francia 98 para La Jornada y, recientemente, Alemania 2006).

 

 
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