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15 de enero de 2008


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Para mí, Juan (Rulfo) fue siempre el amigo abierto, sencillo, cálido,
que sabía hablar conmigo de todos los temas
: Del Paso

Don Fernando del Paso
PREMIO FIL DE LITERATURA LATINOAMERICANA Y DEL CARIBE 2007

Primera Parte


Armando de la Peña Rodríguez

Poseedor de una gran fuerza creadora,
el escritor mexicano siempre ha buscado intensamente
en sus obras: la totalidad.

Su empeño y maestría le permitieron recientemente recibir
el mejor de los premios posibles, ese que lo acerca aún más
a la amistad que mantuviera con el máximo exponente
del realismo mágico.

El pasado 24 de noviembre en la inauguración de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, el gran escritor mexicano que ha incursionado impecablemente en todos los géneros literarios y periodísticos; ensayista, poeta, novelista, dramaturgo y pintor, Don Fernando del Paso, recibió el Segundo Premio FIL de Literatura Latinoamericana y del Caribe.  Poseedor de una gran fuerza creadora, ha buscado intensamente en sus obras la totalidad; es decir, aquella que abarca la ficción y la historia, la realidad y la fantasía, la política y la religión, la filosofía y la anécdota, el amor y el erotismo.  El esfuerzo de toda una vida se ha concentrado en la elaboración de unos cuantos libros fundamentales, donde el sentido de la historicidad y de la lengua conviven con la búsqueda de múltiples posibilidades narrativas, para recrear el mundo, el verdadero y el imaginario.
Durante veintitrés años, Don Fernando, inició un largo período de autoexilio,  en el año 1971 se estableció en Londres, donde se vincula con la BBC y su colaboración en publicaciones en México con el periódico El Día y la revista Proceso, por mencionar sólo las más importantes.  Su interés por exposiciones, novedades editoriales, espectáculos y la política cultural e internacional, se manifiesta con una profunda visión crítica en un buen número de reseñas, artículos de fondo y entrevistas con personajes notables.  Recorrer sus ensayos es descubrir sus simpatías por lo marginado: en sus páginas no falta la cobertura de huelgas obreras y protestas reivindicatorias, como tampoco menciones a los desvalidos, a las minorías étnicas, a los países pobres y a las mujeres.  
Don Fernando del Paso nació en la ciudad de México en 1935, es miembro del Colegio Nacional, sus novelas lo han hecho merecedor de varios reconocimientos: José Trigo recibió el premio Xavier Villaurrutia en el mismo año de su publicación, a Palinuro de México se le otorgó el Premio Novela México en 1976, el Premio Rómulo Gallegos a la mejor novela hispanoamericana en 1982 y el Premio a la Mejor Novela Extranjera en Francia en 1985.   Noticias del Imperio, que lo consagró desde su publicación, obtuvo el Premio Mazatlán en 1987. En el año 1991 Don Fernando recibió el Premio Nacional de Letras y Artes.  Hace seis años presentó la exposición pictórica “Dos mil caras del 2000” en la ciudad de Torreón y posteriormente en Saltillo. En lo personal  tengo la fortuna de contar desde hace mucho tiempo con su amistad entrañable y de toda su familia, especialmente de su esposa Socorro y su hija Adriana. Le agradezco como siempre, su generosidad al permitirme publicar para los  lectores de el periódico Espacio 4 su discurso pronunciado al recibir el Premio FIL de Literatura Latinoamérica y del Caribe.

 “¿No es cierto, Juan?…¿no es cierto?”
Fernando del Paso

Los discursos no se dedican. O eso parece. De todos modos, si ésa es la regla, ésta será la excepción: dedico este discurso a dos amigos míos, escritores: uno, el colombiano Antonio Montaña, y el otro, el mexicano, o hispanomexicano, José de la Colina.
Dicho esto, comienzo: Heteróclito no es el nombre de un filósofo griego. Es un adjetivo que le asestó algún crítico a mi primera novela, José Trigo, y que se aplica a “lo irregular, lo extraño y fuera del orden”.
No estoy muy seguro de que ésa, mi primera novela, haya merecido tal calificativo, pero a cambio no me cabe la menor duda de que le viene como anillo al dedo a este discurso.
Por otra parte, se me ocurre que hay un sustantivo que, si lo empleamos como adjetivo, serviría para calificar a ambos, mi primera novela y este discurso: embutido.
Lo que ustedes están a punto de escuchar, señoras y señores, y de hecho ya llevan treinta segundos escuchando, es un discurso embutido, porque en él me permito hablar de muchas cosas, muy diferentes entre sí, algunas sin la menor ilación aparente.
Lo pedían las circunstancias, y obedecí a las circunstancias. De cualquier manera, díganme ustedes ¿qué discurso que se respete no es circunstancial?
El 8 de enero de 1986 a la una de la mañana estaba yo en París, en Radio Francia Internacional. La nieve cubría la ciudad.
Era cerca de la una de la mañana, la hora de recolectar los cables de la United Press, la Associated Press, de la Agencia Latina y la Agencia EFE, France Presse y Reuters,  para elaborar el primer noticiario de la noche que debería transmitirse por onda corta a todo el continente latinoamericano. Yo era el periodista y el locutor en turno de esa noche. Y yo, con esta misma voz con la que hoy hablo, si bien veinte años más joven, anuncié, si no al planeta entero, sí al mundo de habla hispana el fallecimiento, ocurrido unas horas antes, del escritor mexicano Juan Rulfo.
Para la inmersa mayoría de nuestros oyentes, habría desaparecido un gran escritor, un notable personaje jalisciense: el autor de dos libros consagrados por la crítica y los lectores: Pedro Páramo y El llano en llamas.
Para mí, había desaparecido no sólo el escritor, sino algo mucho más importante, que me caló a fondo: un amigo. Uno de mis mejores amigos. Un amigo al que tenía muchos años de no ver, porque yo vivía en Europa y él en México, y a quien nunca le escribí una carta.
De los diecisiete afortunados que hemos sido distinguidos con este Premio de Literatura de Latinoamérica y del Caribe Juan Rulfo, y con la única excepción de Juan José Arreola, yo fui el que mejor conoció a Juan Ruflo, y quien sostuvo con él una amistad más larga y profunda.
Lo conocí cuando el Centro Mexicano de Escritores me otorgó una de las becas que solía dar a escritores que hacíamos nuestros pininos en la literatura. Cada día miércoles, los cuatro o cinco becarios del año nos uníamos en la sede del centro con Francisco Monterde, Juan José Arreola y Juan Rulfo, para leer nuestra modesta producción y recibir su asesoría y sus consejos.
Después de cada reunión, Juan Rulfo y yo nos íbamos, religiosamente, a platicar al café del sanatorio Dalinde, contiguo al departamento donde vivía, en la avenida de los Insurgentes de la Ciudad de México. Allí se nos pasaban las horas: cinco, seis, cada miércoles, en las que tomábamos café por litros, fumábamos como chacuacos y hablábamos de literatura y de mil cosas más. Yo tuve el gran privilegio de que, para mí, Juan Rulfo no fue nunca el personaje tímido, y a veces hosco, que tenía fama de ser. Para mí, Juan fue siempre el amigo abierto, sencillo, cálido, que sabía hablar conmigo de todos los temas, de todas las novelas, de toda la literatura y de la vida entera.
Esa madrugada del 8 de enero —siete de enero todavía en este lado del mundo—, lloré, sin llorar, a Juan Rulfo, y me arrepentí de no haberle escrito una sola carta en todos los años en los que no nos habíamos visto, aun a sabiendas de que él —que padecía, como yo, una especie de alergia a la correspondencia— no la hubiera contestado nunca.
En los días siguientes, comencé a preparar un programa de radio que titulé Carta a Juan Rulfo, en el cual alterné mi voz con la voz de Juan, tomada ésta de un disco de Voz Viva de México, grabado por la UNAM. En ese programa yo le contaba todo lo que había pasado en todos esos años, le preguntaba cómo estaban su esposa Clara y sus hijos y le pedía me disculpara por mi largo silencio.
Carta para Juan Rulfo recibió pocos meses más tarde el premio internacional de Radio España al mejor programa escrito y producido en el mundo de habla hispana. Lo recogí en la ciudad de Cuenca, acompañado por el entonces director del servicio latinoamericano de Radio Francia Internacional, Ramón Chao.
A pesar del silencio, nuestra amistad permaneció incólume y siempre se conservó (diría yo, haciendo uso de un adjetivo lopezvelardiano) en estado diamantino. Dejamos de vernos, pero no de querernos.
Conocía también a Clara, Clarita, por quien sentí un gran afecto. Y sentí por sus hijos la clase de ternura que uno siente por los hijos pequeños de los amigos. Una ternura de la que esos niños no suelen enterarse y que, cuando uno deja de verlos por muchos años, sólo queda un pálido recuerdo.
Como no es un secreto para nadie, cuando en la década de los noventas dejé París para incorporarme a la Universidad de Guadalajara como director de la biblioteca iberoamericana Octavio Paz, yo mismo, en compañía de Juan José Arreola, participé en una compaña de promoción para el recién creado premio Juan Rulfo. Viajamos a Buenos Aires, a Santiago de Chile, a Bogotá, Madrid y Barcelona. Después de esos viajes, me desvinculé por completo de todo lo que tuviera relación con el premio, por considerarme, y así lo dije al entonces rector de la Universidad de Guadalajara, un candidato natural.
Han pasado más de quince años desde entonces y el premio llegó a su mayoría de edad y se consolidó como uno de los dos más importantes del mundo de habla hispana.  El otro es el premio Cervantes. Aun así, el premio Rulfo se distingue del Cervantes porque también abarca el portugués, la otra gran lengua de nuestro continente y, eventualmente, otros idiomas que se hablan en el Caribe.

 
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