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15 de enero de 2008


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Cuatro prestigiosos intelectuales, dentro de la última edición
de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, dieron otra
vuelta de tuerca al uso del lenguaje hoy en día

¿Cómo chingados
se usa el español?
Parte 1

Renata Chapa

El idioma se usa como la ropa: nos delata o nos favorece igual
que las palabras que utilizamos. Nadie se pone un pijama para
una cena oficial y tampoco conviene ponerse un traje para
meterse en la cama:
  Álex Grijelmo

A la valentía de Mario Cantú Hernández, amigo de una pieza,
y a la imborrable lección de vida brindada junto
a su esposa Ofelia y su hijo Jérson.

El título de esta entrega es el mismo que eligieron los escritores y periodistas Juan Villoro, Gonzalo Celorio, Daniel Samper y Álex Grijelmo para su presentación en la Feria Internacional del Libro 2007 en Guadalajara. Fue Carlos Loret de Mola el moderador de esta charla avalada por Fundéu de México y la FIL Guadalajara. La suma de tan especiales características —el título provocador, currículums de peso en el área de las letras, el conductor popular de TV y los mismos anfitriones de la Feria como auspiciadores de esa mesa específicamente— lograron lo esperado: el auditorio Juan Rulfo de la Expo Guadalajara más allá de su capacidad, con alrededor de dos mil interesados en saber “cómo chingados se usa el español”.
La presentación de Loret de Mola reveló que no sería el docto abordaje, sino una plática divertida y lúcida la concelebrada por los cuatro convocados. El contenido de sus participaciones quedará en estas dos entregas a juicio del lector que podrá evaluar, de entrada, precisamente uno de los múltiples usos del español: la potencia y peso de la palabra oral cuando es transcrita. ¿Tiene el mismo efecto? ¿Seduce? ¿Conserva el lustre sintáctico? ¿Depende del entorno físico para enganchar? ¿Pierde valor al no tener de frente al interlocutor? ¿O lo adquiere al saber que, por ejemplo, uno de los personajes “sale en la tele”? ¿La combinación estratégica de vocablos en un título garantiza una audiencia atenta al discurso ya sea oral o escrito? Véase el caso con las dos primeras participaciones, la del maestro Gonzalo Celorio y Álex Grijelmo:    

Gonzalo Celorio: Agradezco, sobre todo, la convocatoria de una palabra que si no hubiera estado en el título de este programa seguramente habría reducido en una vigésima parte a la concurrencia. Es la palabra “chingados”. A mí me toca presentar a la Academia, es decir, a la parte más conservadora, aunque yo no me sienta tanto. Siempre se tiene la idea de que los académicos son un cónclave de viejecitos que se la pasan desempolvando palabras, ahogándolas, a veces. Una vez le dije a Juan Villoro cuando hace diez años ingresé a la Academia Mexicana de la Lengua, que todos estos viejecitos deberían estar muy agradecidos conmigo porque les bajé la edad promedio como en diecisiete años. Qué bueno que la Academia sea conservadora porque, de lo contrario, no podríamos haber preservado nuestro propio patrimonio verbal. Sin el concurso de las academias no tendríamos las posibilidades hoy en día de leer El Quijote, por ejemplo. Nuestra lengua, que tiene una unidad admirable, no tendría la comprensión que tiene a pesar de las diferencias salvables que presenta. La lengua española es la cuarta más hablada en el mundo y es la segunda lengua de comunicación internacional. Es maravilloso que uno pueda pasar dos fronteras hablando la misma lengua sin tener mayores problemas de comunicación, porque esas diferencias siempre acaban por resultar simpáticas y afectuosas.
La Academia cumple una función descriptiva: decir cómo chingados se usa el español. Es ésa su función prioritaria, describir la manera en que se habla y no necesariamente la función prescriptiva o normativa, más que en cierto sentido. La palabra “norma” tiene, por lo menos, dos significados: por un lado, hace alusión a lo normal, a lo que se usa, a lo consuetudinario y, una vez que esta norma está establecida por los hablantes, llega a manifestarse como algún criterio de coacción. La Academia da cuenta de la norma pública, la manera en que los hablantes cultos de las diferentes latitudes donde se habla la lengua española, lo hacen. No había problema de inteligibilidad entre Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges; en cambio, sería mucho más difícil que alguien de algún suburbio de Buenos Aires se pudiera comunicar con un cargador de La Merced de la Ciudad de México.
La Academia respeta las variedades dialectales de cada uno de los países en donde se habla esta lengua y un ejemplo verdaderamente extraordinario es el nuevo Diccionario panhispánico de dudas que responde con respeto absoluto a las diferentes dudas que se tienen en el ámbito de la norma culta en los diferentes países del mundo de habla española. También en el Diccionario de la RAE por primera vez aparece una entrada fundamental. El de la palabra “españolismo” porque siempre el Diccionario estaba lleno de “mexicanismos”, “colombianismos”, “argentinismos” y los españoles pensaban que por el solo hecho de que tal o cual palabra o acepción se usara en España, ya tenía validez general. No, señores. La palabra “piso” con valor de “departamento” sólo se usa en España y por eso es un “españolismo”. Esto aparentemente insignificante, es como el “retorno de las carabelas”.
Además debo decir que, aunque la Academia es descriptiva, también tiene algunos criterios de corrección porque, al defender a la lengua, está en contra de la ignorancia, la hipercorreción, el artificio por razones de corrección política, la anfibología. Veamos algunos ejemplos.
Un colega de Carlos Loret de Mola, al finalizar un programa de su edición de los viernes, solía decir “No somos nada”. Alguien le dijo, “Señor, pero esto es una tontería porque no somos nada son dos negaciones y eso ya tiene un valor afirmativo”. A partir de entonces, el compañero de Carlos dice “Somos nada”. Eso es una imbecilidad verdaderamente porque el lenguaje no es matemático, no es algebráico; ni lógico o ilógico. El lenguaje es prelógico. La lógica depende del lenguaje y no el lenguaje de la lógica. Entonces, yo he oído a quienes llegan a su oficina y dicen “¿No vino alguien?”, en lugar de “¿No vino nadie?”. Yo, a veces llegaba a mi oficina y decía, “¿No se ha ofrecido nadie?” y eso me encantaba. A veces tenía buenas noticias.
También la Academia está en contra de la hipercorrección. Siempre hay un mesero, cuando uno llega a un restaurante y pide un vaso de agua, el mesero con cierta sutileza lo corrige a uno y dice “un vaso con agua”, como si la preposición “de” no significara también “contenido”. Ese mesero va en la noche a comprar una botella de tequila y jamás se le ocurriría pedir en la tienda de abarrotes una “botella con tequila”.
También habría que luchar contra la anfibología. En México tenemos una peculiaridad para la utilización de la palabra “hasta”. Cuando uno se topa con un letrero que dice “La taquilla abre hasta las seis”, no sabe si a las seis abre o a las seis cierra. Es terrible. Un anuncio de televisión decía “Hasta que usé una Manchester, me sentí a gusto”. Eso quiere decir que siempre se sintió a gusto ese señor y hasta que usó la camisa Manchester, empezó a sentirse ¡de la fregada!
También habría que ir en contra del artificio que, muchas veces por razones de corrección política, se utiliza. Y ahora tenemos que decir “los ciudadanos” y “las ciudadanas”; “los mexicanos” y “las mexicanas” porque hay una especie de confusión entre especie y género. Ahora, para ser políticamente correcto, uno tendría que decir “la perra” y “el perro” son “la mejor amiga” y “el mejor amigo” de “la mujer” y “del hombre” indistinta y no siempre respectivamente. ¡Carajo!
Hay un columnista semanal del diario Reforma que siempre dice “Lectora, lector querido”. Eso quiere decir que la lectora no es querida. Sólo el lector. Me he dado cuenta de que cuando hay dos palabras para diferenciar al hombre de la mujer, las mujeres, en aras de la igualdad, quieren que haya una. Y cuando hay una sola, las mujeres, en aras de la diferencia, prefieren que haya dos. Cuando existe la palabra “presidente” -—no existe la palabra “presidento”; “presidente” es el participio activo  del verbo “presidir”— las mujeres quieren que haya “presidente” y “presidenta”, “jefe” y “jefa”. Y cuando hay dos, como “poeta” y “poetiza”, “líder” y “lidereza”, las mujeres dicen “Yo no soy poetiza. Soy poeta”. Y “lidereza” tendrá otra connotación espeluznante.
Contra la perífrasis innecesaria. Hace unos días estuvo aquí el señor presidente y no sé si se habrán percatado que él nunca “llega”; “hace su arribo”. Es como una especie de desfiguro, ¿no? Todos “llegamos”, pero el presidente “hace su arribo”; todos “dormimos”, pero el presidente “pernocta”. Es verdaderamente espantoso. Una perífrasis inútil. Si uno llega, por ejemplo, a una tienda de equipos para hacer ejercicio, el dependiente enseña una caminadora y dice, “Esto es muy bueno para lo que es el abdomen”. No es para el abdomen, sino para “lo que es” el abdomen; o para “lo que viene siendo” el abdomen, ¡que es peor todavía! Y si uno llega al taller mecánico con su coche, nos dicen “Es que está mal ‘lo que viene siendo’ la suspensión”. Y en la medida en que es más perifrástico el asunto, más cara va a ser la cuenta de la reparación del automóvil.
La Academia también está en contra de los barbarismos innecesarios y uno de los grandes defensores de la utilización de las palabras en lengua española, cuando existen, no sean sustituidas por palabras procedentes de otras lenguas. Álex Grijelmo ha sido verdaderamente uno de los grandes defensores de esta pureza elemental de nuestra lengua. Ojalá nos quedemos con el “acceder” y no con el “accesar”. Sin embargo, hay algunas palabras que llegaron para quedarse, aunque su origen sea espurio o contaminado y la Academia, cuando ya forman parte de la norma culta, las inscribe, regulariza y les da una especie de carta de nacionalización. Será irreversible la palabra “sándwich”, porque un “emparedado” no sabe igual. Y tendremos que admitir que algunas aberraciones sean ya consignadas y formen parte del uso común y general de la lengua. La palabra “automotriz” hace referencia a lo femenino porque está la palabra “automotor” para lo masculino. México es uno de los pocos lugares en los que tenemos “talleres automotrices” y no “automotores”. Pero, ¿qué le vamos a hacer? Muchas gracias.

Álex Grijelmo: Esto parece el estadio Bernabeu, así que me siento como en casa. Bueno, ¿cómo chingados se usa el español? Pues se usa como la ropa: nos delata o nos favorece igual que las palabras que utilizamos. Nadie se pone un pijama para una cena oficial y tampoco conviene ponerse un traje para meterse en la cama. Nos ponemos la ropa adecuada para la situación. Quiero presentar unos ejemplos del idioma como ropa, y cómo la lengua nos delata. Voy a reproducir la manera en que contaría el resumen de una película un delincuente madrileño, un funcionario de los juzgados, un médico legista y un crítico de arte. Ustedes tienen que adivinar qué personaje corresponde a cada texto que voy a leer:
“La película cinematográfica me enriqueció mucho interiormente porque el personaje masculino que representa un actor conquista sentimentalmente al personaje femenino ocurriendo que al mismo tiempo consigue rescatar unas joyas que obraban en poder de los espías, portando las mismas en su interior unos microfilms que se podían descifrar informáticamente, según testimonios que constan en el guión. La protagonista femenina, representada por una actriz, formaba parte de los servicios de inteligencia de un país enemigo. Si bien la identidad de la misma no se aclara en los hechos, pero el personaje femenino lo ignoraba, creyendo que los extranjeros anhelaban solamente las alhajas, interesándole a ella solamente apropiarse de alguna de las mismas. Pero la actriz cinematográfica que protagoniza la película desde el punto de vista femenino, desconociendo que en el interior de cada alhaja se escondía un microprocesador que incorporaba unos valiosos planos secretos, creyendo en un principio que se trataba meramente de una operación de latrocinio y habiendo logrado descubrir que las alhajas son depositarias de un valor intrínseco que sitúa a las mismas por encima de lo normal de su calidad y percatándose el protagonista cinematográfico masculino de que el valor de las joyas es muy distinto de lo precisado anteriormente por las mismas y no sin antes haber verificado con los medios a su alcance todas estas sospechas, actúa en consecuencia con ello. En ese momento de la película cinematográfica, el personaje principal masculino, es decir, el más arriba citado protagonista masculino, desarrolló las actuaciones pertinentes para formar mejor el criterio de la policía en el sentido de que la actriz femenina principal, la más arriba citada como personaje femenino, no tenía más intención dolosa que apropiarse de unas simples joyas que, incluso se sospecha, podían ser falsas las mismas. En el proceso que conduce al protagonista masculino, es decir, al actor principal masculino de la película a tener conocimiento de lo realmente sucedido, éste se ve envuelto en una balacera, disparando mortalmente a uno de los miembros del servicio de inteligencia extranjero. Posteriormente consiguió emprender la fuga en un auto Ferrari último modelo y acelerando el auto con gran riesgo de su vida porque el suelo se hallaba mojado al haber caído precipitaciones en forma de agua acrecentadas por el hecho de que el día anterior habían caído precipitaciones en forma de nieve. A continuación, la policía detiene al protagonista masculino por circular a velocidad superior a la permitida y le practica la prueba de la alcoholemia como quiera que el actor había ingerido una conocida bebida escocesa, el resultado de la misma dio positivo y se determinó que había conducido bajo los efectos del alcohol. Finalmente, el protagonista cinematográfico es puesto en libertad con una fuerte multa pudiendo, por tanto, presentar ante el juez las pruebas que determinan los atenuantes aplicables al personaje femenino actriz cinematográfica citada anteriormente más arriba. Ambos protagonistas, el masculino y el femenino, quedan citados en la última escena para encontrarse de nuevo en el momento en que ella, la actriz cinematográfica, habiendo cumplido completamente su condena haya podido salir del centro penitenciario estatal vulgarmente llamado cárcel.”
Ustedes tienen que adivinar quién ha relatado esto. “¡El funcionario de los juzgados!” (grita una persona del público). Ah, bien; vamos progresando.
Así contará la película el delincuente madrileño: “La peli me voló mucho porque el tío guapo se lleva a las chicas de calle y a la misma vez el tipo se birla unas joyas que habían rapiñado unos espías porque dentro de la misma mismidad de las joyas habían unos secretos que los podías averiguar si los ponías en un ordenador. O sea que la chica era de la parte de los espías y los espías trabajaban para el extranjero, pero ella no lo sabía porque la tía se barruntaba que los extranjeros querían sólo unas joyas y a ella, lo que la volaba, era llevarse alguna y para hacer su negocio mayormente y no para ponérsela, no le hacía falta joya ninguna porque así de gorda que estaba. Y ella no sabía que dentro de las joyas lo que había era un artilugio informático que tenía planos secretos o algo así. Total que el chico guapo acaba pillando que las joyas son algo más gordo de lo que parecían y también se percatan que la chica no era una espía sino una mandis, pero como la policía se coscó de la operación, la acusaron de espía y le iban a caer una pila de años. En eso llega el chico bueno y convence a la policía de que la tía era sólo una ratera, de lujo, pero ratera. Eso lo ocultaban las joyas y que hasta podían ser truchas y para eso tiene que rescatar una grabación de los espías extranjeros donde se ve que la engañaban con tanta habilidad que parecían políticos. En la operación de enterarse, el tío se ve en un tiroteo y mata bien muerto a uno de los espías, y luego huye a toda pastilla en un Ferrari a pesar de que llovía que te cagas. Que fíjate qué mala suerte que va y le cuenta a la policía cuando ya ha podido salirse del tiroteo y le hace la prueba y como se había trajinado un whiskey da positivo por ir bebido y casi le jode la frente. Pero al final de todo le endiñan una bultanada más, la paga y le dejan suelto, así que puede demostrar que la chica es sólo una ladrona y al final de la peli quedan en que se verán cuando ella salga del tullo después de la condena porque los dos se han volado mucho y están que se salen, los muy salidos”.
Así lo contaría un médico legista: “La película que exploré anoche me aportó una gran información sobre el suceso. Un personaje masculino, rubio de ojos claros, de 1.80 de estatura, de entre cuarenta y cuarenta y cinco años, mantiene durante la película relaciones completas y consentidas por ambas partes, pues en ningún momento se aprecian señales de violencia con el personaje femenino, y las mantienen por intercambio de flujos corporales. Asimismo, el actor da muestras de haber tenido en sus manos unas joyas de gran valor lo cual se descubre por los restos de oro que se le adivinan con facilidad en las uñas. Al parecer esas joyas provenían de las manos de unos agentes extranjeros y contenían en la subcapa inferior unos microchips. La protagonista femenina, rubia, de raza blanca, de 1.70 de altura, de treinta y ocho a cuarenta años de edad, parecía ser integrante asimismo de los servicios secretos de otro país. Acusada con una petición fiscal de treinta años de cárcel, fue ayudada sin embargo por el actor principal que consiguió con violencia y astucia un video de los agentes extranjeros que se aprecia con nitidez cómo éstos engañan a la protagonista sin que en ningún momento llegue a hacer uso de la tortura, pues no se aprecian rastros de violencia. Para obtener esa prueba, el actor protagonista desata una balacera en la que recibe una herida inciso contusa en el lado izquierdo, mientras que él dispara a sus oponentes, y llega a causar a uno de ellos lesiones incompatibles con la vida. Posteriormente huye en un auto donde se puede apreciar la marca Ferrari y no se establece con claridad si se trataba de un Ferrari auténtico porque la persistente y densa lluvia dificulta la visibilidad de la marca. Al final de la película, el actor masculino es interceptado por una patrulla policía que le practica la prueba de la alcoholemia y da positivo por cinco décimas. Finalmente, el personaje es dejado en libertad tras abonar una multa y puede demostrar la inocencia de la mujer. En la última escena, ambos protagonistas se prometen amor y nuevos intercambios de flujos.
Queda el crítico de arte y cuenta muy brevemente la película porque ya terminamos: “La película estrenada ayer en la ciudad refleja un conflicto entre el amor y la ley y nos plantea la dicotomía en que se mueven ambos valores cuando uno se opone al otro en una lucha de conceptos. La acción se desarrolla en un mundo de espías con escenas trepidantes a las que siguen otras de tensa calma. Destacan las fases de mayor acción en un momento en el que el protagonista huye a bordo de un Ferrari entre una lluvia torrencial que simboliza lo confuso de las situaciones que se dan en la película como un paradigma de lo que se quiere transmitir. Sin embargo, el director sabe trasladar las claves necesarias. Finalmente, una crítica hay que hacer al guionista. Los errores gramaticales y el sobredimensionamiento de expresiones innecesarias abundan en todos los diálogos. Da la impresión de que no supieran cómo chingados se usa el español.”

Carlos Loret de Mola (Mérida, Yucatán, 1976; licenciado en economía por el ITAM, conductor de radio y televisión, Premio Parlamentario de Periodismo en 1998; Premio de Periodismo La Soldadera 1999 y Mención Especial del Premio Nacional de Periodismo 2001), moderó las intervenciones de Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948; licenciado en Filosofía y Letras, maestría en Lengua y Literatura Españolas y doctorado en Literatura Hispanoamericana por la UNAM; miembro de la Academia Mexicana de la Lengua); Álex Grijelmo (Burgos, España, 1956; estudió periodismo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Complutense de Madrid; presidente de la agencia Efe y creador del primer código ético de dicha agencia; director general del grupo Prisa Internacional, propietario del periódico El País; fundador de la edición mexicana de “Rolling Stone”; Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes en 1999 y la Antena de Oro en 2006; de su obra literaria destaca “La defensa apasionada del idioma español” y “La gramática descomplicada”); Daniel Samper (Bogotá, Colombia, 1945; licenciado en derecho por la Universidad Javeriana, máster en periodismo por la Universidad de Kansas, Neiman Fellow de la Universidad de Harvard; premiado con el galardón Maria Moors Cabot por la Universidad de Columbia, Premio Simón Bolívar de Periodismo en tres ocasiones,  Premio Rey de España y Premio Continente de Periodismo), Juan Villoro (Ciudad de México, 1956; licenciado en sociología por la UAM-Iztapalapa; ha colaborado en  Vuelta, Nexos, Proceso, Cambio, Unomásuno y La Jornada; en este último periódico dirigió el suplemento La Jornada Semanal entre 1995 y 1998. Cronista de varios mundiales: Italia 90 para El Nacional, Francia 98 para La Jornada y, recientemente, Alemania 2006).

 

 
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