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A final de cuentas la matanza de Huitzilac, exhibió a los hombres de Sonora, como el grupo triunfador de la Revolución Mexicana
OTILIO GONZÁLEZ: A Oochenta años de Huitzilac |
J. Jesús Santos González |
Remembranza de uno de los episodios más sangrientos
de la historia del México post Revolucionario, que cobró
la vida del entonces poeta más destacado de Coahuila.
Antecedentes
La matanza del General Francisco R. Serrano y trece de sus partidarios en el atardecer del 3 de octubre de 1927, llevada a cabo en un claro de la vieja carretera México-Cuernavaca por un grupo de militares obedeciendo órdenes del entonces Presidente de la República, Plutarco Elías Calles, no sólo cortó la vida a los treinta y ocho años de edad a uno de los militares más jóvenes y exitosos de la Revolución Mexicana, sino también la de uno de sus correligionarios, el poeta saltillense Otilio González Morales, que a sus treinta años de edad estaba considerado como uno de los más fecundos de Coahuila.
Las circunstancias de dicha masacre, que por la personalidad de sus víctimas y brutalidad con la que fue llevada a cabo, conmovió profundamente a los sectores más representativos de la vida política del país llevándolos a ver con asombro cómo los ideales del antirreeleccionismo enarbolados por el mal logrado divisionario sinaloense, frente a la figura y poder de su antiguo amigo y compañero de armas Plutarco Elías Calles, fueron silenciados por aquella horda de verdugos sedientos de sangre, capitaneados por un incondicional de oscura trayectoria, el General Claudio Fox, quien, para ejecutar tal empresa, fue armado y patrocinado por su entonces poderoso Ministro de Guerra, el divisionario zacatecano Joaquín Amaro.
Con la vida por apuesta
Tras haber fracasado en su intento de aprehender a Calles, Obregón y Amaro en las maniobras militares celebradas el 2 de octubre de 1927 en el campo militar de Balbuena —por la sencilla y simple razón que alertados los dos primeros de dicha intención por los numerosos espías infiltrados en las filas de los golpistas, aquellos no se presentaron como así lo habían considerado los sublevados—, los generales Arnulfo R. Gómez y Francisco R. Serrano, opositores a la anunciada reelección de Obregón apoyada por Calles, supieron de inmediato que estaban metidos en un verdadero problema, por lo que cada quien decidió alejarse de la ciudad de México recurriendo a diferentes caminos.
Así, Arnulfo R. Gómez lo hizo vía Veracruz, mientras que Francisco R. Serrano decidió dirigirse a su hacienda “La Chicharra” cercana a Cuernavaca, con el propósito de celebrar anticipadamente su cumpleaños número treinta y ocho, el 4 de ese mes, convencido que su vida no corría peligro mientras viviera el manco de Celaya, con quien lo unía gran confianza y amistad, tras haber sido Jefe de su Estado Mayor, Secretario de Guerra en su Gabinete, y por si fuera poco en el plano familiar, cuñado de su hermano Humberto Obregón.
Lejos estaban de imaginar ambos personajes, que la maquinaria para acabar con sus vidas se había puesto ya en marcha en la entonces residencia presidencial del Castillo de Chapultepec, pues una vez que los servicios de inteligencia de Amaro infiltraron y controlaron la sublevación de las tropas leales a los antirreeleccionistas, el Presidente Calles —con la anuencia y participación de Obregón, según versión de la mayoría de los historiadores que han estudiado acuciosamente el tema—, dio la orden para llevar a cabo primeramente su detención, y luego acabar con sus vidas.
José Emilio Pacheco, en la mejor de las crónicas publicadas acerca del tema, describe así tal hecho:
En el castillo de Chapultepec hay frente a la recámara de Carlota colas de generales y políticos ávidos de mostrar su adhesión (al Presidente Calles). Amaro informa acerca de los detenidos en Cuernavaca —pues el día 3 de octubre Ambrosio Puente, Gobernador de Morelos había detenido a Serrano y trece de sus partidarios, haciéndolos prisioneros—. Las versiones difieren: hosco y silencioso, Obregón presencia todo sin intervenir. O bien, lleno de furia, grita y manuscribe instrucciones de muerte a los prisioneros (como si un presidente pudiera darles el lujo de permitir ser ninguneado ante sus generales y su gabinete). Pero es una cuestión retórica saber quien ordena los asesinatos. Los responsables de Huitzilac son Calles, Amaro y Obregón— que al día siguiente apoya “con toda inteligencia” los actos del gobierno. Los verdugos sólo serán perros de presa.
Para que vaya al encuentro de Serrano en la carretera de Cuernavaca, el Presidente Calles elige al inspector de policía, el General Roberto Cruz. En el gran momento de su vida el ejecutor predilecto del régimen callista pide ser relevado de la comisión por su amistad con Serrano.
Entonces Amaro muestra su carta: Fox (Claudio) de quien se dice guarda íntimos agravios contra el donjuanismo de Serrano. Fox recibe la orden y promete cumplirla. Amaro le presta su Lincoln azul, lo hace acompañar de su caballerango y jefe de guaruras, el coronel Hilario Marroquín y otros seis oficiales de su confianza. En el cuartel de la Piedad recogen al coronel Nazario Median, guardián de Tlatelolco, y a cincuenta hombres de su regimiento de artillería con una hilera de Fords alquilados por el teniente coronel Luis Alamillo Flores en el sitio frontero a Bellas Artes (1).
Otilio González y sus compañeros enfrentan la muerte
El martirio inminente apenas asoma. Serrano y sus correligionarios ante tal recibimiento creen ilusos que serán trasladados a la ciudad de México como se les ha prometido, para enfrentar los juicios que les esperan. Mas el destino les tiene preparada otra sorpresa.
En la pluma e investigación autorizada de José Emilio Pacheco veamos la forma en que son masacrados y reciben la muerte.
A la altura de Tres Marías Fox ordena a los soldados bloquear la carretera. Ahí aguardan a la columna en que el General Díaz González trae a los prisioneros de Cuernavaca en los automóviles de Serrano y Carlos A. Vidal y en dos transportes de correo. Díaz González se los entrega a Fox y parte a cerrar el camino por el otro extremo. Mientras acaban de instalar la trampa Fox inspecciona a sus futuras víctimas: generales, licenciados, un poeta —Otilio González—, un periodista, Alonso Capetillo, autor de un libro acerca del desastre delahuertista: La rebelión sin cabeza. Varios jóvenes casi adolescente; Ernesto Noriega Méndez, el “Cacama”, su ayudante, fiel a Serrano hasta la muerte.
La voluptuosidad del poder embriaga a Fox. Él, que es un pobre diablo, tiene en sus manos al que compartió más de cerca la gloria de Obregón. Le dieron órdenes de fusilarlos, pero ¿qué tal si muestra un celo más refinado en el cumplimiento del deber? En la carrera abierta a los talentos Fox ve ante sí ascensos, condecoraciones, ministerios, hasta la presidencia, quién sabe. Lo interrumpe Serrano:
-¿Qué hace el viejo?
-No sé, Pancholín: no soy político.
-¿Qué nos van a hacer, Claudio?
-Nada, hombre. Vamos todos a México. No te preocupes.
Martínez de Escobar —uno de los detenidos— pretende lanzar una arenga. Ya tiene en los labios la cita de Guillermo Prieto: “Los valientes no asesinan”. Fox lo calla brutalmente. Ordena que los prisioneros suban a los Fords de alquiler, cada quien con un oficial y tres soldados. Sólo Serrano continuará en su propio coche, al que Fox ya ha puesto el ojo.
Minutos después de reanudar la marcha los vehículos se detienen en un claro a la derecha del camino. Hace un frío de montaña en aquel kilómetro 48 de la carretera a Cuernavaca. Fox va a una tienda de Huitzilac, compra catorce metros de cordón eléctrico y los corta en otros tantos pedazos iguales. Da instrucciones a Medina y a Marroquín. Se retira un kilómetro más adelante. Medina pide permiso para acompañarlo. No es grato presenciar como la jauría despedaza en su indefensión a los ciervos. El patíbulo queda en manos de Marroquín, guarura y caballerango de Amaro.
Cae el crepúsculo sobre Huitzilac. Marroquín frita las órdenes —Amárrenles las manos y échenle bala a las caras que es el lugar más seguro—. En el mejor estilo de su jefe, Marroquín abre la puerta del coche y baja a fuetazos a Serrano. El general responde que es una infamia y pide que no dañen a sus acompañantes. Marroquín lo golpea en el rostro con una subametralladora Thompson hasta que la sangre baña a Serrano. Acto seguido le dispara a quemarropa una docena de balas. Aún con su interior destrozado Serrano, increíblemente fuerte, permanece de pie y mira con horror a su verdugo. Marroquín vuelve a disparar. Cuando Serrano se desploma le patea la cara hasta desfigurarla.
Los demás oficiales y soldados descargan balas expansivas contra sus prisioneros que tienen atadas las manos. Unos suplican, otros maldicen, los más aceptan con suprema dignidad el martirio. Invariablemente hacen fuego a los rostros y rematan a los caídos a bayonetazos. Marroquín cuenta los cadáveres: falta uno. En la irracionalidad de la situación José Villa Arce grita desde una peña: aquí estoy. Marroquín lo abate. Imprime huellas de sangre al limpiarse los dedos en el traje de un muerto. En seguida comienza el saqueo. Las víctimas quedan con los bolsillos al aire, sin carteras, relojes, fistoles, leontinas, zapatos ni cinturones. Mutilan a algunos para arrancarles los anillos. Fox se apropia del automóvil y veinte mil pesos de Serrano. Bajo los faros de los vehículos arrastran los cuerpos: muñecas desolladas, mandíbulas desprendidas, cuencas vacías. Los sientan en los Fords, único medio de hacerlos caber (2).
Fue así como hace ya ochenta años, —en un mes marcado cuarenta y un años después por otro episodio sangriento en la historia de México, el 2 de octubre de 1968—, el abogado Otilio González Morales oriundo de esta ciudad, donde conoció la luz primera el 13 de diciembre de 1894 (3), vio truncada su vida, su carrera política y trayectoria poética iniciada en 1919 con la antología Incensario, continuada en 1924 con su publicación De mi rosal, y que al ser contemplado y antologado en 1927 en Once poetas de nueva extremadura lo tenían consagrado ya al momento de su muerte, como uno de los escritores más fecundos de Coahuila a la par de sus contemporáneos Federico Berrueto Ramón, Felipe Sánchez de la Fuente y Jesús Flores Aguirre, entre otros.
Notas:
1. “Crónica de Huitzilac. La sombra de Serrano” por los reporteros y escritores de Proceso. Segunda edición. Páginas 24-25
2. Ibidem. Páginas 25-28
3. Nuevo Diccionario Biográfico de Coahuila 1550-2005. Profesor Arturo Berrueto González. Consejo Editorial del Gobierno del Estado. Segunda Edición, Septiembre de 2005. Página 287. 
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