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El fútbol, nuevo opio de los pueblos,
ya fue criticado por Kipling y Borges
SantosLaguna
y la cortina
del show futbolístico |
Diego Guevara |
La fidelidad de la afición a los Guerreros obliga a los directivos
a conformar un equipo competitivo. De nada servirá el nuevo estadio si
no hay resultados. Políticamente, el balompié
es aliado de los gobiernos

Todo parecía encaminado hacia el milagro. La noticia de un nuevo hogar de más de mil millones de pesos para el Santos Laguna no podía haber llegado en mejor momento. Atrás quedaba la reciente lucha por el descenso y el equipo seguía consolidándose como súper líder. La suerte les sonreía a los Guerreros y hasta los propios jugadores no podían creer lo que estaban viviendo.
Y si bien la goleada recibida en el estadio universitario de la Ciudad de México prendía la alerta roja, al mismo tiempo aumentaba la grandeza del milagro que debía suceder en el legendario Corona.
Pero el esfuerzo no fue suficiente. El Santos no pudo escapar a la maldición de los súper líderes y los cuatro goles anotados no sirvieron de nada.
O al menos sirvieron en el plano emocional, aumentando el fanatismo de sus seguidores. La afición se volcó a las calles para aplaudir la entrega de sus jugadores y al grito de ¡Campeones! les dieron la mejor despedida que un equipo puede esperar después de haber acariciado un sueño que no se hizo realidad.
Que la afición del Santos sea de las más fanáticas del país, es motivo de orgullo para la mayoría de los laguneros, incluso para aquellos que no son seguidores acérrimos del fútbol. Pero ese fanatismo extremo es peligroso.
Por un lado, convierte a los habitantes de la Comarca en un blanco vulnerable, sobre todo en la meta de los políticos en campaña. Muchos de los votos que recibió Humberto Moreira en las elecciones gubernamentales de 2005 fueron sin duda por su promesa de un nuevo estadio para el Santos, aunque no resultaron suficientes para derrotar al PAN en Torreón.
Por otro lado, ese fanatismo refleja un vacío de liderazgo social, político, religioso, que es llenado por la sociedad con ídolos deportivos momentáneos. “Al pueblo, pan y circo”, solían decir los emperadores romanos y la historia les da la razón. Sobran ejemplos de gobiernos que han utilizado el fanatismo por los deportes para ocultar atrocidades, calmar las aguas o desviar la atención de la opinión pública con ayuda de la prensa.
El gobierno de facto que organizó el mundial de 1978 en Argentina lo sabía y se aprovechó del sentimiento del “hincha” gaucho para ocultar la muerte y la desaparición de miles de personas que cometieron el error de pensar diferente a los militares que conducían el país. Llevó años para que los argentinos, fanáticos como pocos, hicieran una reflexión sobre la copa ganada en aquella ocasión y, gracias a un proceso de reconciliación con el pasado sepultado bajo la mentira oficial, es difícil encontrar a alguien que presuma de ella hoy en día, aun cuando no se discute la calidad de los jugadores que conformaron el equipo nacional.
Si bien es cierto que en La Laguna se está lejos de esa situación y que no hay nada de malo en compartir un domingo familiar en un estadio de fútbol, los laguneros deberían reflexionar un poco sobre los intereses que hay detrás del negocio millonario del balón y cómo se nutre este del ciego fanatismo de los seguidores, quienes, fecha tras fecha, dejan buena parte de su salario en las arcas del club.
Promesas de campaña
Si algo hay que reconocer de Humberto Moreira es su astucia política, su visión a futuro, su habilidad de arriesgarse a recibir críticas a cambio de cosechar votos, réditos políticos.
El nuevo estadio fue una promesa de campaña y, aunque será construido en mayor parte con el sustento de la iniciativa privada, quedará en la memoria como un logro del “gobierno de la gente”.
Todo podría haberse ido al caño si el equipo hubiera descendido. Pero no, la suerte no sólo le sonrió a los jugadores, cuerpo técnico y directivos, también le sonrió al gobernador del estado, quien no dejó pasar la oportunidad de poner al gobierno como inversionista en el proyecto del nuevo estadio, aunque hasta ahora los beneficios se restrinjan a una cantidad limitada de boletos anuales.
El final cardíaco del partido de Santos contra Pumas no hizo más que reafirmar la oportuna decisión del gobernador primero y de los directivos después, quienes no anunciaron el proyecto hasta que el equipo se había afianzado como súper líder y atravesaba una de las mejores etapas de su historia.
Sin embargo, la fidelidad de la afición santista obligará al Grupo Modelo y a los directivos a conformar un equipo competitivo, ya que no sólo los seguidores lo exigirán, sino las inversiones realizadas y la posibilidad de atraer capitales y visitantes al nuevo complejo deportivo que promete ser de los mejores del país. Acaso por ello la contratación del medio campista Fernando Arce.
A pesar de que la promesa de un nuevo estadio fue catalogada de oportunista y populista por parte de la oposición, el gobernador decidió asumir los costos políticos y su administración invertirá ciento cincuenta millones de pesos en respuesta a una vieja demanda de los laguneros.
Si bien la nueva casa para el Santos es una necesidad evidente, en el sentido de que sin instalaciones de ese tipo el estado pierde atractivo para un segmento de la población, la falta de inversiones en educación, salud y obra pública, señala otras prioridades.
Por su parte, el Ayuntamiento panista de Torreón invertirá veinte millones de pesos en el proyecto, lo que corrobora que el fanatismo de los laguneros es un negocio próspero que ningún político dejaría pasar.
No obstante, las aventuras inversionistas del estado en sociedad con la incitativa privada no han dado buenos resultados (Espacio 4, número 315). El Autódromo del Norte, construido en el gobierno de Eliseo Mendoza Berrueto en asociación con la empresa Promotora de Todo Evento, el empresario Víctor Mohamar y Alejandro Gutiérrez, tuvo pocos años de esplendor y finalizó en manos de un banco. Y aunque el gobierno de Enrique Martinez intentó rescatar los terrenos, terminó donándolos a la empresa Whirlpool.
La aventura de Transportes Aéreos de Coahuila (TACSA), constituida en 1992 por un grupo de accionistas encabezados por Alejandro Gutiérrez, también quedó en la nada después de que uno de sus aviones se estrelló en 1995, antes de aterrizar en Piedras Negras. En el accidente murieron nueve de los once pasajeros, entre quienes figuraban políticos y empresarios. Para entonces la mitad de le empresa pertenecía a Rodolfo Mendoza Esparza, figura clave en el consejo de administración de las empresas del gobernador Rogelio Montemayor y su familia.
El nuevo opio de los pueblos
El escritor uruguayo, Eduardo Galeano, quien ha dedicado gran parte de su trabajo al fenómeno del fútbol se pregunta: ¿En qué se parece el fútbol a Dios? Y se responde a sí mismo: en la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que de él tienen muchos intelectuales.
El escritor recuerda que en 1880, Rudyard Kipling se burló en Londres del fútbol y de las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan. Cien años después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges dictaba una conferencias sobre el tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en que la selección argentina disputaba su primer partido en el Mundial de 1978.
Borges, uno de los grandes de la literatura Latinoamericana, no dudó en calificar este deporte como una estupidez. El fútbol es popular porque la estupidez es popular. Para él no se trataba más que de esa cosa estúpida de ingleses... Un deporte estéticamente feo: once jugadores contra once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos.
Karl Marx decía que la religión es el opio de los pueblos y pareciera que el fútbol ha tomado ese lugar en el mundo moderno. Un ejemplo tristemente esclarecedor es la cena que en 1962 tuvo el plantel del seleccionado brasileño con el presidente Joao Goulart. El mandatario, sin disimulos, les dijo: deben conservar esta copa, porque es el orgullo de nuestro país. Ella es la que hace olvidar las dificultades económicas a nuestros compatriotas y vale más que cualquier riqueza.
Y adentrándose en un plano más psicológico, se puede decir que si la identidad es el lugar que las personas ocupan en la estructura social (la manera en que las mismas se imaginan en oposición a las otras), entonces toda sociedad que intenta definirse a sí misma no tiene otra opción que echar mano de rituales nacionalistas, como el fútbol. Esto lleva a una ciudad, estado o nación a hacerse una autoimagen para crear un alter ego con el cual se pueda
diferenciar.
En el caso de La Laguna, la sociedad ha quedado marcada por ese fanatismo construido en torno a su equipo. A la afición de los Guerreros le gusta ser reconocida entre las más fieles y fervientes del país, con la sana diferencia de que la violencia no ha infectado sus rituales como lo ha hecho en otras partes del país. Pero ya hay visos.
Sin embargo, esa identidad la condena a ser objeto de manipulación, política y económica.Los medios juegan un papel importante en ese proceso, enalteciendo las figuras deportivas para aumentar las ventas y sacar provecho de ese fanatismo que ha hecho del fútbol un negocio millonario alrededor del mundo.
En el caso del mundial de 1978, realizado en Argentina, la revista El Gráfico (la publicación deportiva más leída en el país hasta la fecha) se convirtió en el portador del discurso oficial: Para los de afuera, para todo ese periodismo insidioso y malintencionado que durante meses montó una campaña de mentiras acerca de la Argentina, este certamen le está revelando al mundo la realidad de nuestro país y su capacidad de hacer, con responsabilidad y bien, cosas importantes.
Una vez organizada y ganada la primera copa del mundo, el pueblo pampero volvió a reflexionar sobre la actuación del gobierno militar y comenzó a cuestionarlo. Ante esta situación, la junta castrense decidió “armar” una guerra en contra de Inglaterra por las Islas Malvinas.
Mientras tanto, se desarrollaba el mundial de fútbol de 1982 y la misma revista El Gráfico expresaba: Asistimos a los días más difíciles de nuestro tiempo. Cada minuto, un episodio, cada día, una esperanza. Penetra en nosotros la gama más diversa de las sensaciones: orgullo, dolor, drama, triunfo, tristeza, lucha, nostalgia, horror, amor, patriotismo. (...) Para estos días difíciles en que todos queremos estar al lado de nuestros soldados, se nos ha ocurrido una manera de contribución. El mundo tiene que saber qué pasa, el por qué de nuestra defensa ante el ataque imperialista británico, la razón de nuestra lucha. Nos planteamos entonces acercarnos al mundo del deporte. (...) El deporte no puede estar ajeno a este momento crucial que nos propone la historia.
Y si bien las cosas no son tan graves en La laguna, sería importante ver cuántas noticias relacionadas con el narcotráfico, la violencia, la inseguridad, la carencia de servicios de salud o educación se ven opacadas tras la cortina del show futbolístico.
Año tras año, el opio del fútbol mejora su efecto y todo el país cae bajo su influjo. A medida que los equipos mexicanos adquieren mayor relevancia en el plano internacional, mayores son las ventas, la mercadotecnia y la cantidad de noticias deportivas que roban espacio a las pocas que intentan demostrar la crisis que traviesa México en otros ámbitos como el educativo, en el cual ocupa lugares vergonzosos a escala
mundial.
Y los políticos, claro, aprovechan.
La pregunta ahora es: ¿Estará el Santos a la altura de su nuevo estadio?. E4

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