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1 de enero de 2008


NÚMEROS ANTERIORES

316 - 315 - 314

Elecciones bajo las sombras del gobernador Humberto Moreira
y del senador Guillermo Anaya

El PRI toma la delantera
en la lucha por el Congreso;
el PAN, optimista

 
Edgar London / Gerardo Hernández

Dos propuestas antagónicas chocarán el 19 de octubre:
Rubén Moreira anticipa “carro completo”
y Flores Morfín, mayoría “para hacerle contrapeso al gobierno”.

Los partidos minoritarios, obligados a lograr más
del tres por ciento de la votación para conservar
su registro y obtener asientos en el Congreso

 

Como barritar de elefantes dispuestos a pelear, las declaraciones totalitarias de los dirigentes del PRI suenan desde mucho tiempo atrás. Especialmente de parte de Rubén Moreira, ceñido a su cargo de presidente del comité directivo estatal, y de su hermano Humberto en calidad de gobernador. La intención de “aplastar a la oposición” y de ir por el “carro completo” en las elecciones del 19 de octubre, para renovar el Congreso local, ha devenido consigna de lucha entre los priístas que se superpone incluso a su propio significado electoral.
Muchos han criticado este afán de acaparamiento, tildándolo de atentar contra el sentido democrático que debe imperar en la sociedad mexicana. Sin embargo, un detalle no puede ser pasado por alto: el escritor francés, Honoré de Balzac, dijo alguna vez si vas a disparar a algo del cielo, apunta a Dios. Y es justamente eso lo que viene haciendo el PRI. Aspirar a lo máximo posible.
Imaginemos los resultados finales, pensemos que el Gobierno y su partido no se llevan el carro completo, ¿significa eso que habrán fracasado? En lo absoluto. Si conservan la mayoría absoluta en el Congreso del Estado su victoria sería igual de rotunda. Pobre de aquellos que pierdan la perspectiva real de esta empresa y mañana se vanaglorien en caso de que el PRI no se salga con la suya —asimilar la totalidad de los escaños posibles—, algo que, dicho sea de paso, hoy las posibilidades sugieren que sí pudiera lograrlo. Basta asomarnos a Puebla, donde un gobernador, también del PRI, con el desprestigio de Mario Marín, ganó veinticinco de las veintiséis diputaciones de mayoría relativa.
El propio Rubén Moreira, en entrevista concedida a Espacio 4 (número 309), declaraba al respecto: cuando entramos en una contienda, lo hacemos pensando en la victoria, no en la derrota. Y realmente esa es la postura que exhiben.
Del otro lado de la balanza, y en la misma edición de nuestro catorcenario, el dirigente del PAN en Coahuila, Jesús Flores Morfín, expresaba que el concepto de carro completo es peyorativo. Se refiere a, desde el Gobierno, aplastar a la democracia y asegurar que cada puesto, cada rincón, por pequeño que sea, se lo lleve el partido en el poder. El lagunero, criticado por su débil liderazgo, advierte que el Congreso es el único poder que puede hacerle contrapeso al gobernador y que por ello es necesario votar por la oposición. Confía que así será.
La respuesta y consecuente demostración para ambos criterios, sin embargo, ha de sustentarse en acciones. En este punto, la mesura del Partido Acción Nacional, ante el activismo desenfrenado del PRI, hace que el primero parezca demasiado pasivo a las puertas de unas elecciones que presentan al tricolor como amplio favorito y que, por lo demás, resultan trascendentales para el propio Humberto Moreira.
Tratándose de elecciones intermedias, la LVIII Legislatura será la que despida al gobernador —la actual concluye sus actividades este año—. De obtener la mayoría de los escaños, Moreira contaría con la posibilidad de seguir con más calma y seguridad el resto de su período administrativo y lo que pudiera incluso resultar tanto o más importante, entregar su administración con la certidumbre de que en asuntos de investigaciones o cuentas públicas difícilmente alguien podría señalarle alguna irregularidad. Hacerse con tamaña ventaja se tornaría muy complicado con un Congreso dominado por la oposición. De ahí el empeño que el PRI, comandado por su hermano Rubén, demuestra en aras de alzarse con una victoria rotunda en los próximos comicios.

El caso Montemayor

Sin lugar a dudas, lo sucedido a Rogelio Montemayor en las elecciones intermedias de 1996, cuando perdió el control del Congreso y los ayuntamientos más importantes, en el primer boom panista cuyo éxito más notable ocurrió en Torreón, debe pender sobre los designios del gobernador al estilo de una moderna espada de Damocles. Para tener mayoría en la LIV Legislatura, así fuese precaria, Montemayor echó mano de los votos del Partido Frente
Cardenista.
Francisco Navarro Montenegro, líder de ese partido, recibió a cambio prebendas y concesiones. Fue uno de los diputados más influyentes, al grado de que algunas comisiones del Congreso sesionaban en su restaurante; colocó a secuaces suyos en el gobierno y contestó uno de los informes de Montemayor.
Doce años después, y tras una serie de desacuerdos con la administración de Humberto Moreira, entre los cuales destaca el presunto incumplimiento de un trato según el cual el líder del ahora llamado Partido Cardenista Coahuilense sería nombrado secretario de Desarrollo Social y el encarcelamiento de Isaac Montenegro, uno de sus seguidores más conspicuos, Navarro ha expresado la posibilidad de asociarse de nuevo con el PRI para las elecciones de este año.
Quizá de esa manera pretenda salvar a su partido de una nueva e inminente pérdida de registro, pues conforme a las reformas que entrarán en vigor este año las organizaciones políticas deberán captar mínimo el tres por ciento de la votación total para participar en futuras elecciones y conservar las prerrogativas. Para obtener diputados de representación proporcional, el porcentaje sube a 3.5.
La próxima legislatura tendrá tres diputaciones menos de representación proporcional. Actualmente son quince bajo ese principio y veinte de mayoría relativa. El PRI va por todas, en tanto que Acción Nacional apuesta por la mayoría. Al respecto, Rubén Moreira ironiza: el PAN tendrá que conformarse sólo con diputaciones plurinominales.
La misma reforma prohibía a líderes y militantes de un partido ser postulados por otro en la elección inmediata, decisión que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación anuló una vez que el PRD, el PT y otros partidos se inconformaron.
Pero ante el retroceso de la izquierda a escala nacional, aunque en Coahuila siempre ha figurado en los últimos lugares, las elecciones del 19 de octubre se decidirán entre el PRI y el PAN. Así lo adelanta Nelly Herrera, coordinadora de Alianza Cívica: la reforma electoral apunta al bipartidismo.

Elecciones huérfanas

Mas no es sólo el futuro de la actual administración estatal lo que está en juego, sino también el de los próximos ayuntamientos. Los diputados que se elijan el tercer domingo de octubre operarán en el cambio de alcaldes, el año próximo, y en algunos casos hasta podrían ser candidatos, con el riesgo que ello implica para el PRI. También serán actores de primera fila en la sucesión del gobernador Moreira, quien entregará el cetro en 2011.
Históricamente, las elecciones de diputados que no coinciden con la lucha por otros puestos de gobierno suelen ser las más desairadas, entre otras causas por la escasa reputación y estima social hacia los legisladores. Sin embargo, esta vez el ambiente se ha dispuesto para que la ciudadanía participe en la designación de su futuro Congreso, por dos razones: 1) una mayor concienciación sobre la trascendencia de ese poder, y 2) la rivalidad creciente entre el PRI y el PAN. Para la sucesión estatal necesitan el mayor número de diputados.
El propio Rubén Moreira ha declarado, incluso antes de tomar posesión como presidente del PRI, que las elecciones no se ganan en las urnas, sino un año antes, refiriéndose al trabajo que había de desarrollarse y la continuidad del mismo enfocado en las fechas de los
comicios.
En ese sentido, el trabajo del PRI —cuestionado en algunos sectores por la influencia que ejerce sobre el gobierno— ha sido congruente y hasta el momento bastante efectivo. No hay espacio que los hermanos Moreira hayan pasado por alto para hacer alusión a las bondades de su partido. Constantemente exponen en la prensa, la radio y la televisión los logros acumulados durante las actuales administraciones priístas, en el caso de la gubernatura y de algunas presidencias municipales —comenzando por la capital coahuilense—, tanto en la esfera educativa como en la de bienestar social, seguridad pública, fomento económico, generación de empleo, salud, deporte, en fin… no hay área que no aleguen cubrir.
Desde la llegada de Rubén Moreira a la presidencia del comité estatal, el PRI edita su propia publicación mensual, Nuestro Orgullo, en cuyas páginas líderes del partido y funcionarios de gobierno dan fe de sus actividades, a la par que exhiben y critican a sus oponentes. También reparte calcomanías en cruceros con el logo del tricolor.
En otra vertiente, el PRI lleva a sus funcionarios de gobierno a jornadas de limpieza y pinta de camellones en ciudades y comunidades, con un solo objetivo: ganar votos y convencer de que el carro completo es posible.
El PAN es el único partido capaz de hacerle frente a esta maquinaria electoral, aceitada con dinero y movida con el trabajo y los intereses de muchos. Sobre todo si se consideran los cambios a la Ley de Instituciones Políticas y Procedimientos Electorales que condicionan la permanencia de los partidos pequeños. Antes, para conservar el registro, debían obtener sólo el 1.5 por ciento de la votación total; ahora es del tres.
Elevar al doble el índice mínimo de sufragios coloca a los partidos minoritarios en la disyuntiva de trabajar más en el año, no sólo en tiempo de elecciones, o resignarse a perder su registro. En ese escenario, hasta el PRD, segunda fuerza política a escala nacional, podría quedarse sin diputados de representación proporcional.
Por lo tanto, corresponde al PAN ocupar el otro plato en la balanza. Y si bien sus gestiones hasta ahora dejan mucho que desear en el estado, no se encuentra maniatado. Por el contrario, la designación del senador Guillermo Anaya como secretario general de Acción Nacional, y para muchos el candidato del presidente Calderón al Gobierno del Estado, inyectó al panismo nuevos ánimos.
Los desafueros del gobernador, sus choques frontales con secretarios de estado y sus denuncias contra dirigentes del PAN, sin presentar más testimonio que un reportaje de la revista Proceso sobre los presuntos vínculos del senador Anaya con el narcotráfico, son un lastre para el PRI que, sin duda, serán explotados por sus opositores.
Asimismo, vale recordar que en las elecciones federales de 2006 el PAN ganó cinco de siete diputaciones y las dos senadurías de mayoría que corresponden a Coahuila, aun cuando el Gobierno del Estado siempre ha estado en manos del PRI.
En las encuestas de diarios del estado y consultoras nacionales, Humberto Moreira sale bien calificado. De la misma forma, la población aprueba el desempeño del presidente Felipe Calderón. Es indudable que a la hora de votar por un partido u otro, gran parte de la ciudadanía tendrá muy en cuenta la labor de sus autoridades.
Germán Martínez, presidente del PAN, ha dejado claro que su tarea cimera es recuperar los espacios perdidos luego de un año terrible en cuanto a resultados en elecciones estatales. En 2007 perdió Yucatán, conservó con apuros Baja California y fue vencido por el PRI en alcaldías clave como la de Aguascalientes, aunque recuperó Tijuana, Mexicali y ganó por vez primera la capital de Zacatecas.
La prioridad de la nueva dirigencia del PAN es ganar las ciudades más pobladas, avanzar en los congresos locales y dominar el norte de la república, como condición para retener la Presidencia de la República en 2012. Propósito nada sencillo si se toma en cuenta que el PRI, hoy en día, ocupa dieciocho gubernaturas, es mayoría en diecinueve de los treinta y dos congresos locales y gobierna al cincuenta y seis por ciento de la población nacional. En un atinado movimiento de piezas, los dirigentes priístas terminaron 2007 con ventaja en Coahuila y otros estados, en gran parte debido al desplome del PRD, agravado por sus conflictos internos y el entrometimiento de López Obrador en sus decisiones.
En Coahuila, con la elección de diputados, arrancará también la sucesión estatal. En ese escenario, el nombre de Guillermo Anaya toma fuerza por su posición en la política nacional, su proximidad con el presidente Calderón y por otro hecho, acaso el más importante: las cuatro elecciones consecutivas en que ha participado —para diputado local, diputado federal, alcalde de Torreón y senador— las ha ganado.
Por el lado del PRI, la figura más visible para la sucesión, ante un gabinete que aún no da la talla, es Rubén Moreira, a pesar de sus continuas negaciones. A Anaya se le critica por no haber reaccionado con vigor ante las acusaciones que lo vinculaban con el narcotráfico. Sin embargo, a juicio de otros, su actitud es estratégica como pieza política no sólo del PAN, sino del propio Felipe Calderón.
Si el blanquiazul quiere ser gobierno en 2011, está obligado a sumar este año el mayor número de diputados. Los pros y los contra de ambos bandos están a la vista. La decisión queda en manos de los votantes. E4

 
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