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18 de diciembre de 2007


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315 - 314

 

Otilia y la voluntasd inquebrantable

Miguel Báez Durán

Aquí no hay fantasmales manos divinas ni vuelos angélicos.
El director es todo menos moralista y, si hay alguna intención detrás de la cámara, será más política que religiosa.

Durante el final de la ganadora, en el más reciente festival de Cannes, de la Palma de Oro Cuatro semanas, tres meses, dos días (4 luni, 3 saptamani si 2 zile, 2007), la protagonista observa hacia el vacío a través de la ventana de un restaurante hotelero y con esa abrumadora mirada el realizador rumano Cristian Mungiu por fin les permite respirar a los espectadores cuyo aliento se ha contenido durante los últimos minutos. Otilia (Anamaria Marinca) acaba de pasar un día que a falta de otra palabra de mayor envergadura podría definirse como infernal. Ni siquiera esa palabreja con tintes admonitorios alcanzaría a describir lo que la joven ha experimentado durante esta jornada y todo por ayudar a su mejor amiga Gabita (Laura Vasiliu).
Mungiu nos ubica en 1987, durante los últimos años de la Rumania comunista de Nicolás Ceausescu, en una ciudad pequeña y empobrecida del interior del país. Abortar antes del quinto mes está penado y después de eso el delito se tipifica como homicidio. Durante aquellos años en que se acercaba el final de Ceausescu, interrumpir un embarazo, según las palabras del director, se convirtió pronto en un acto de rebelión ante el régimen. Dentro de esta opresiva atmósfera, nadie se fía de nadie y a cada ciudadano se le pide su identificación constantemente. Aunque conozcamos un poco lo sucedido en este tiempo y espacio determinados, de Otilia sabremos mucho menos. El filme comienza cuando la historia que nos atañe ya se ha puesto en marcha. Dos jóvenes mujeres dentro de una residencia estudiantil se preparan para un hecho aún ignorado y lo hacen con tanta naturalidad como si se fueran de vacaciones. En una de ellas, sin embargo, es notoria la preocupación. La otra parece demasiado atareada como para detenerse en nimiedades.
Con pequeños destellos el espectador descubre datos sobre la mujer con la que la cámara se obsesiona: Otilia es estudiante en el tecnológico, tiene como compañera de cuarto a Gabita y como novio a Adi (Alexandru Potocean), un estudiante de química. Durante la mañana, buscará en el mercado negro cigarros Kent, irá a darle un beso a su novio antes de que él entre a un examen final, pedirá prestado dinero e intentará también reservar una habitación en un hotel barato. Detrás de estos hechos, se encuentra la férrea e inquebrantable decisión de ayudar a Gabita —una muchacha en suma atolondrada e ingenua— a deshacerse del problema albergado en sus entrañas. Por la posible condena que pende sobre sus cabezas, la aventura se lleva dentro de la clandestinidad y en circunstancias de peligro. La tarea, entonces, no resultará nada fácil. A cualquier paso que dé Otilia, el destino se obstinará en que no se realice la operación. Pareciera como si alguna voluntad que le es imposible identificar le pusiera trabas a la suya.
Sin embargo, para quienes busquen un mensaje a favor de la sobrepoblación —y ha habido despistados de éstos en Francia, por ejemplo— se verán inmersos en el engaño. Aquí no hay fantasmales manos divinas ni vuelos angélicos. El director es todo menos moralista y, si hay alguna intención detrás de la cámara, será más política que religiosa. Además de eso, Mungiu es tan inteligente que no cae nunca en el tono panfletario. Ésta es la historia privada de un conflicto público: el punto de vista subjetivo de un proyecto mayor del que esta cinta forma parte y cuya intención es retratar las vidas de quienes se hallaban bajo el régimen de Nicolás Ceausescu. A pesar de tantas pifias, Otilia no cejará en su intento de llevar a cabo el aborto de la amiga sin siquiera tomar en cuenta los fardos que encuentre en su camino. De ahí surgen la tensión, la angustia y el interés del espectador. ¿Intervendrán entes invisibles con un castigo ejemplar en el que Gabita se desangre y sea así expuesto el delito? ¿O algún entrometido sorprenderá a Otilia deshaciéndose del feto muerto? Mungiu se da a la tarea de jugar con nuestras expectativas y lo hace con loable habilidad.
Aun cuando se dé un primer tropiezo por la reservación negada en un hotel, incluso a raíz del momento en que Otilia va a encontrarse con el señor Bebe (Vlad Ivanov) en lugar de Gabita, aun cuando éste se rehúse a realizar al aborto y proponga sólo ayudarlas a cambio de favores carnales; incluso así ninguna de las dos jóvenes se detendrá. Luego de la salida del señor Bebe, Otilia tendrá que pasar a la realidad de un compromiso ineludible dejando a la compañera sola. La llegada a la casa de Adi para celebrar el cumpleaños de la suegra no le otorga el alivio deseado. Su rostro reflejará lo dificultoso que le resulta el fingimiento. La preocupación por Gabita es evidente. Ante los reclamos de Adi, Otilia se calza  los zapatos de su amiga y cuestiona al joven con el convencimiento de que Gabita estaría ahí para apoyarla de verse frente al dilema de un embarazo no deseado. La amiga, quizás más que el novio, se expondría en su nombre.
Y mientras se acerque el final de sus idas y venidas por la ignota urbe, la estupidez de Gabita enmascarada con ingenuidad se irá haciendo cada vez más patente hasta empezar a sembrar la semilla de la desconfianza. Es quizás el miedo lo que la empuja a endosarle toda la responsabilidad a Otilia, es el terror lo que la idiotiza al punto de volverla insoportable. Gabita también, conforme cometa errores, se convertirá en otro obstáculo para Otilia. Al final, quizás dude si está o no ante una retrasada mental cuyas decisiones erradas la llevaron sin remedio a prostituirse y a poner en riesgo su libertad con la amenaza de la cárcel. Sin embargo, las respuestas tal vez, más que en su amiga, se hallen en el sistema que las condena a sufrir una demencial odisea sólo por no poseer el derecho a disponer de su cuerpo y de su propio destino.
Crédito obligado para cualquier cinéfilo que se digne de serlo, Cuatro semanas, tres meses, dos días ya forma también parte del repertorio presentado por la XLIX muestra internacional de cine que comenzó a principios de noviembre en el DF. Basta decir que este año en particular la Palma de Oro otorgada al rumano Cristian Mungiu está más que justificada.

Cuatro semanas, tres meses, dos días (4 luni, 3 saptamani si 2 zile, 2007). Dirigida por Cristian Mungiu. Producida por Cristian Mungiu y Oleg Mutu. Protagonizada por Anamaria Marinca, Laura Vasiliu, Vlad Ivanov y Alexandru Potocean.

 
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