Los autores han seducido al tiempo para sedicir, esta vez hasta
lo indecible, a sus lectores.
Los cuentos no son sólo lo que dicen sino también (y en no pocas ocasiones muy especialmente)
lo que no dicen.
Crímenes a la hora sexta |
Rafael de Águila |
Dos son las puertas de los sueños
si el sueño ha sido verdadero
Hermann Broch
Nietszche ya lo había anunciado con su eterno retorno. Más de veinte años después que Ernest Miller Hemingway empujara a dos asesinos de Chicago a abrir las puertas del restaurante Henry en un oscuro pueblo llamado Summit (1), Gabriel García Márquez habrá de reincidir en el gesto cuando lance a otro ser, esta vez a una mujer, a abrir las puertas del restaurante de José en algún sitio que no se nombra. El género y el número varían; el espacio y el tiempo también, mas de alguna manera el escenario es mítico y no cesa. Cada acción de “Los asesinos” se repetirá, metamorfoseada, recreada, reescrita, en “La mujer que llegaba a las seis” (2). En la primera la crime scene puede permanezca oculta en algún entresijo futuro; en la segunda ha quedado omitida en el pasado, quizá en el lóbrego y polvoriento cuartucho de cualquier hotel. Adentrémonos, pues, lupa en mano, en la literaria virtualidad de tales hechos.
Ambos autores han elegido el bautismo de puertas que se abren para sus primeras oraciones (3). Si el norteamericano en alguna entrevista anunció su pasión por las oraciones cortas, el colombiano elige para reincidir una oración de apenas cinco palabras. “La mujer que llegaba a las seis” fue escrita por Gabriel García Márquez cuando apenas contaba con veintidós años; antes hubo de leer a Hemingway, pronto lo reconocerá como una de sus marcadas influencias. Los discípulos suelen ser muy respetuosos con las enseñanzas de sus maestros; las puertas del restaurante de José se abrirán a las seis de la tarde para que una prostituta pueblerina convenza a José, un adiposo barman enamorado, de que ella ha llegado allí antes, tan antes como para que ese lapso resulte útil en términos de mera coartada. El crimen es ya pasado. La historia se sostiene (y se justifica) sobre el logro de la coartada. En Hemingway las puertas se abrirán poco antes, un reloj marcará apenas las cinco y veinte de la tarde, alguien advertirá que son veinte los minutos de adelanto, Ole Andresson, a todas luces futura víctima (abandonamos la historia sin entrever el cadáver de un hombre que ha firmado su certificado de defunción) abre cada tarde a las seis las puertas del restaurante Henry, los dos sicarios lo saben, han llegado antes (a las cinco o las cinco y veinte, paracronismo mediante, quién puede saberlo) para esperarlo (4). Si desde el corpus social sueco y prostituta se erigen como víctimas, la asesina garcíamarquiana deviene en doppelgänger, en alter ego de Ole Andresson. Girard Genette sostiene que el título de un cuento debe inferirse como espacio paratextual en función de instaurar en el lector un horizonte de expectativa. “Los asesinos” como terminus ad quo (5). El título del colombiano define expectativas que llevan inevitablemente a “The Killers”: de alguna manera Ole Andresson es el hombre que llega a las seis.
Si en “Los asesinos” dos individuos arriban a un restaurante antes de matar; en “La mujer que llega a las seis” una mujer se sentará en un restaurante después de matar. En la segunda de las historias poco o nada sabemos de la víctima, apenas lo que cuenta a José la prostituta; en la primera el sueco está en su casa, tumbado en su cama
recibe la advertencia de Nick, le agradece, sabe que ya está muerto. Si Hemingway nos ha regalado una historia donde la dramatis personae es la víctima, García Marquez lo hace desde el leitmotiv del victimario, el travelling es evidente: del triste boxeador que huye de la muerte tras haber burlado los dictados de algún capo a la triste prostituta que huye de haber matado tras haberse hastiado de las violaciones que ha consentido para su alma. La sordidez salta desde todas las partes del iceberg, las hundidas y las visibles, nadie sabrá nunca en cuáles hechos habrá incurrido el sueco Andresson, nadie concluirá la lectura con el cuerpo ensangrentado y exánime del otrora boxeador a un lado, las octavas partes del iceberg se alzan hacia el pasado y hacia el futuro. En el colombiano, por el contrario, la asesina se encarga de hacernos saber los motivos del crimen, al menos su propia versión, pero nadie sabrá jamás qué dirá José a la policía cuando algún uniformado inquiera acerca de la hora en que la mujer ha empujado las puertas del restaurante. El iceberg en sus octavas partes se extiende hacia delante.
En ambas historias las miradas a ese círculo regidor del tiempo que es el reloj devienen obligados tics. Cuando no se alude al reloj es el ambiente con sus faroles o su oscuridad quien aporta el resto. En breves once líneas de “Los asesinos” son tres las miradas al reloj. El tiempo en realidad, se levanta como un personaje más y no precisamente secundario. Perdidos quedan los motivos y la suerte del sueco, perdidos los hechos y el futuro de una mujer. Entre los telones de ese tiempo general que inundará con su tragedia ambas historias los relojes (esas esferas de eternidad comprimida) administrarán el tiempo que regirá tras esas fronteras que las puertas han delimitado al inicio de ambas historias. En Hemingway el tiempo se prorroga en el afán de aguardar a Andresson y darle muerte, los asesinos aguardan hasta más allá de las siete de la noche; en García Márquez la mujer desea de José primero un cuarto de hora, después otros quince minutos; no ha llegado a las seis, la coartada será más holgada si el hombre sostiene que ella ha llegado mucho antes. En una historia el tiempo se prolonga, en la otra se contrae. En una el tiempo prevé el arribo de Ole, en la otra el arribo de la policía o del primer parroquiano. El antes y el después (6) en ambos textos es vital; ¿será asesinado Ole Andresson?, ¿en qué turbios hechos hubo de mezclarse allá en Chicago?, ¿qué dirá José a la policía? Los autores han seducido al tiempo para seducir, esta vez hasta lo indecible, a sus lectores. Los cuentos no son sólo lo que dicen sino también (y en no pocas ocasiones muy especialmente) lo que no dicen. Vargas Llosa denota la existencia de lo que denomina “tiempos vivos” o “cráteres” (7) cuando el tiempo de una historia parece condensarse, manifestarse al lector de una manera tremendamente vívida, acaparando su atención. En estas dos historias el tiempo es más cráter y más vivo que nunca.
Einstein nos legó toda una vasta teoría del espacio tiempo, por él sabemos algo de esas entidades gemelas. El espacio se constituye como otro de los personajes de estas historias. Dos pueblos, dos restaurantes, dos que llegan para matar, alguien que necesita de una coartada para irse, cambiar de sitio (el lugar como garante de cambio), un hombre que se oculta en su cuarto para no ser baleado, un parroquiano que sostiene la necesidad de marcharse del pueblo, Ole, quien alguna vez deberá salir de su cuarto para concluir su vida, la prostituta que promete dejar el pueblo para recomenzar la suya, el espacio, siempre el espacio, omitido o presente, debajo del iceberg o implícito en el escenario donde se agitan ambas historias, pero el espacio a la vera del reloj, a su sombra, entidades einstenianas entrelazando sus cintas de flamas invisibles. Mas si los escenarios en “Los asesinos” son dos (restaurante / casa de Ole) y la historia puede subdividirse en tres momentos: restaurante / casa de Ole / retorno a restaurante, en García Márquez las puertas del restaurante se han abierto a los inicios y no las veremos cerrarse jamás.
Espacio, tiempo, escenarios, hechos, todo re(creado) y re(escrito) es lanzado sobre el lector en una rotunda confirmación del eterno retorno niezstcheano. La estructura de ambas historias no está exenta de ser citada en el entramado. Son dos cuentos cuya técnica se sostiene mediante el diálogo. Cortante, seco, frío, objetivo, condicionante de la acción, casi totalizador en Hemingway. Humano, poético, por momentos tierno, marcado por una magistral caracterización sicológica de los personajes, más invadido por la tercera persona en García Márquez (8). El norteamericano ha preferido la voz de muchos; los dos asesinos, George, Nick Adams, el negro cocinero, parroquianos que al entrar son advertidos de que no habrá comida, el sueco, el ama de llaves de la pensión donde este vive, todos se aproximan a decirnos algo, decodifican lo que debe ser decodificado. El colombiano, en cambio, deja escuchar apenas las voces de esa entidad dual que sabemos eterna: prostituta / ser noble, anodino y adiposo que suspira por ella y la ama. De un diálogo gregario se va a un diálogo dual. Por si fuera poco no son sólo palabras; si los asesinos apoyan sobre el mostrador los codos, la prostituta imitará el gesto (9). Los códigos quedan ante nuestros ojos. La suerte de cada personaje en nuestras
manos.
Borges sostenía que todo escritor creaba a sus precursores. Por René Char sabemos que el acto es siempre virgen aunque se repita. De alguna manera “Los asesinos”, esa historia donde dos killers de Chicago van a Summit a matar a un sueco ex boxeador, resulta la plataforma textual sobre la que más de veinte años después una mujer, una prostituta latinoamericana, intenta escapar del asco de su cuerpo y de su mundo. Si un texto vive de la plusvalía de
sentido que el destinatario ha introducido en él, como sostiene Humberto Eco, La mujer que llegaba a las seis deberá leerse con esa plusvalía que nos llegará en agitado turbión desde “Los asesinos”.
Pensemos que Ole Andresson no pudo ser baleado jamás, que el objeto erotizante del adiposo José pudo expiar sus pecados. Que Nick Adams ha quedado con la conciencia tranquila; ha advertido al sueco. Que José mentirá a la policía o dirá la verdad, eso nadie podrá saberlo. Nadie tampoco podrá saber qué sucederá con su conciencia. El peso, presumo, se sostiene sobre ella desde hace ya más de cincuenta y cinco años. Dos Premios Nobel han escrito dos historias. Olvidemos el metatexto y toda su prescindible parafernalia. Las historias han quedado ahí, ya para siempre. Nosotros, en la sacra reincidencia del lector, navegaremos también para siempre entre esos textos, seducidos por su inefable eternidad (10).
Notas:
1. “Los asesinos” aparece en el volumen de cuentos Hombres sin mujeres de 1927. “La mujer que llegaba a las seis” forma parte del libro Ojos de perro azul de 1950. Veintitrés años separan una historia de otra. Alguna vez hube de leer que Gabriel García Márquez escribió “La tercera resignación”; el primero de los cuentos de Ojos de perro azul, al día siguiente de leer La Metamorfosis de Kafka. ¿Cuántos días entre la lectura de “Los asesinos” y el nacimiento de “La mujer que llegaba a las seis?”
2. Conrado Zuluaga afirma que el Gabo escribió ese cuento para probar a Alfonso Fuenmayor que era capaz de escribir un texto policíaco. “La memoria no tiene camino de regreso”. Cambio. com. Octubre 17 del 2005.
3. He aquí las primeras palabras en las oraciones iniciales de ambas obras: Hemingway: La puerta del restaurant Henry se abrió... García Márquez: La puerta oscilante se abrió.
4. Todo un minucioso estudio cronológico puede enfocarse sobre el tempo ficcional en ambas obras. En Hemingway el dúo del hampa empuja la puerta a las cinco de la tarde para abandonar el restaurante a las siete y diez minutos. En García Márquez la prostituta empuja la puerta a las seis de la tarde, la última de las miradas al reloj indica las seis y media. En “Los asesinos” el primer parroquiano hace su entrada a las seis y quince, en “La mujer...” a las seis y treinta. Son siete las miradas al reloj en “Los asesinos”, reincide en el número de miradas García Márquez. José, el enamorado cantinero, sostiene se cortaría un brazo si el reloj se atrasa apenas un minuto, el reloj en el restaurante de Henry se ha adelantado unos veinte.
5. De acuerdo con Girard Genette un hipertexto es una obra derivada de una obra preexistente a través de una transformación. Aplicando el esquema del teórico francés “Los asesinos” resultaría el hipotexto desde el cual se lanza como hipertexto la historia garcíamarquiana. Girad Genette. “Palimpsets: Literatura in Second Degree”. Channa Newman and Claude Dorinsky. Lincoln University of Nebraska Press. Pueden establecerse los correlatos con Harold Bloom cuando plantea, esta vez para la poesía, los principios de clinamen y tessera.
6. En “¿Todo cuento es un cuento chino?”, Gabriel García Marquez escribirá: ...cuando uno acaba de leer un cuento puede imaginarse lo que se le ocurra del antes y el después... Revista Cambio. 24 de Julio del 2000.
7. Mario Vargas Llosa. Cartas a un novelista. Editorial Planeta. 1997.
8. Genette denomina transvocalización al cambio de tercera persona a primera en la relación hipotecto / hipertexto. En el caso que nos ocupa no existe transvocalización alguna: ambas historias están narradas en tercera persona.
9. Hemingway: estaban inclinados hacia delante, los codos sobre el mostrador. García Marquez: Estaba sentada al final de la hilera de sillas giratorias, de codos sobre el mostrador.
10. Ya Adalberto Bolaños Sandoval se ha referido a algunas de las influencias de “Los asesinos” sobre “La mujer que llegaba a las seis” y acerca de un segundo texto, también del narrador colombiano Álvaro Cepeda Samudio. Ver: Adalberto Bolaños. Revista Trimestral de Estudios Literarios. Volumen I. Número I. Abril / Mayo / Junio del 2000. 
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