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Crónicas desde China
Ni dentista, ni cena…
puro drama mandarín |
Dinora A. Ramos |

Al día siguiente de mi cumpleaños, empezó un dolor intenso en una muela del lado izquierdo. Pensé yo que había mordido un dulce o algo que me había lastimado. Tomé Tylenol traídas de México, pero no dormí bien. Al día siguiente la molestia era aún más fuerte y notaba mi cachete inflamado. Me considero una mujer con el umbral de dolor alto —siempre he soportado padecimientos sin quejarme tanto—, pero me tocó en China, y ese umbral de dolor del cual me sentía orgullosa desapareció. Los latigazos en mi muela izquierda eran demasiado fuertes. Tomé Flanax para tratar de desinflamar, me puse una gotas en el oído de Soldrin porque también me dolía y tome de nuevo Tylenol para mitigar el malestar en mi cabeza. Es lo que tenía a la mano, conocía cuáles eran sus efectos y para que servían. Sin embargo nada de esto mató el maldito dolor. Me resigné, me tomé unas fotografías, armé un álbum y se las mandé a mi dentista de confianza en México, a través del facebook, una página de la cual se puede afirmar que es un “chismografo”. Gracias a esta te puedes enterar de lo que acontece en la vida de tus amigos y no tan amigos. Por el motivo de horario no tuve una respuesta inmediata de mi dentista y fui a visitar a una dentista china, en una clínica que lucía muy limpia…
¡Ah!, porque dejen que les cuente que muchos restaurantes aquí no lucen tan higiénicos o, al menos, a como estamos acostumbrados verlos en México. Por más sencillo y humilde que esté el restaurante en tierra azteca, la mesa está limpia, no hay montones de basura en una esquina, no ves correr a una cucaracha por la pared, caminas sin precaución porque el piso no es seboso, no tienes que limpiar la silla en la que te sientas y no rezas para que tu alimento lo puedas comer sin hacer pucheros.
Es por eso que al entrar y ver la clínica limpia me sentí más cerca del paraíso. Necesitaba algo urgente para mi muela. Pasé con nervios en el estómago. Los consultorios no son privados, es un salón dividido en cubículos. Caminábamos por el pasillo mi amigo uruguayo, una persona china, la dentista, dos enfermeras y yo. En los cubículos los pacientes daban la cabeza hacia el pasillo y los dentistas estaban colocados de manera que los veías de perfil mientras laboraban. Todo parecía natural, los pacientes lucían tranquilos. Me tocó en el cuarto cubículo, me acosté, abrí la boca, a quien me atendía apenas alcancé a verle los pequeños ojos, cuando casi me comía su cabello, parecía que quisiera entrar a mi boca. Habló en chino y la traducción fue: “que no me preocupara, que no era un gran problema, sólo iba a lavar la muela.”
¡Oh sorpresa!, yo suponía que me estaba saliendo la muela del juicio, lo que más tarde mi dentista mexicana me confirmó. Mientras tanto ahí acostada la dentista abrió parte de la encía para que la muela no batallara tanto en salir. Para esto, yo estaba en un grito interno. No utilizan anestesia, estaba sintiendo todo lo que hacía, mi carne estaba viva, se me entumieron los nervios de la espalda y mis manos sudaban como ríos. ¡Ay Dios!, pedía que ya se acabara. Lavó la muela con un líquido extraño y con un sabor que me revolvió el estómago, no había comido en dos días. Su trabajo duró aproximadamente un par de horas que se mi hicieron eternas. Lavaba la muela una y otra vez, la pulía, sin embargo pienso que es muy tardado porque no utilizan un absorbente para los líquidos, incluyendo la saliva. Cada vez que lavaba una pequeña parte de la muela tenía que escupirlo por lo que se hace tardado y cansado, y ¡qué decir sin la bendita anestesia!
Terminó, no sentía nada, el eco del dolor me tenía adormecida. Pasaron unas cuantas horas y me sentí mucho mejor. En la noche había una cena con alrededor de dieciocho personas. Por no ser grosera (la asistencia, puntualidad y no rechazar una pequeña copa de alcohol es muy importante aquí) y como ya me sentía mejor asistí. Aquí se comparte la comida, me refiero a que son varios platillos que se colocan en medio de la mesa y cada quien con sus palillos toma lo que guste. Casi no comí pero sí probé comida suave, fácil de tragar sin tener que utilizar las muelas.
Al amanecer no me sentía bien, me quedé todo el día en la cama sin fuerzas. Para mediodía noté mi garganta cerrada y encontré aftas blancas en el interior de mi boca. Pensé que eran por la temperatura que tuve en la noche. Le escribí a mi dentista mexicana, me dormí y veinticuatro horas después casi no podía hablar del dolor que me causaba el roce de mi lengua con las aftas, ya eran muchas. Leí la respuesta de mi dentista. Se trataba de una infección causada no sabe exactamente por qué, pero al compartir la comida de esa manera cada uno de los comensales dejamos partículas de saliva en la comida. En esa cena, y en todas las demás, fue como si me hubiera besado con cada una de ellos.
Al dentista nuevamente. Ya sabía a lo que iba pero no me importaba el dolor, necesitaba que terminara este dilema. Me vio y su expresión lo dijo todo. La situación era algo grave, me comentó el traductor. Mi amigo uruguayo consultó la palabra anestesia para que me la pusieran. Entendieron, pero ésta era un estilo de spray que su efecto no era muy potente. Ahora las dos muelas del juicio venían en camino con una infección. ¡Vaya juicio que me esperaba! Algunos dentistas chinos iban y observaban. No entendí sus comentarios, pero los rostros hablaban por sí solos. Varias enfermeras, no… era en verdad un teatro chino.
Fue la primera vez que lloré en una visita al dentista, el dolor era tormentoso, quería que me cortaran la cabeza. Hasta me preguntaron si podían colocar una inyección para que el área de la muela se durmiera por completo, ¡Gracias Dios! eso es lo que pedía desde un principio, aunque claro ya estaba trabajando en la segunda muela. Aquí es raro que utilicen la anestesia, los dentistas trabajan sin ella y los pacientes chinos no se quejan. Ha de ser por eso que muchos tienen los dientes imperfectos —aparte de que les resulta caro para ellos—, es un terror ir al dentista. Lavó, pulió y protegió las muelas, ahora necesitaba ir a un hospital a que me inyectaran la medicina, porque en esa clínica no lo hacían.
Fuimos con otro dentista, yo realmente anhelaba estar en mi cama durmiendo, ya no me importaba nada. Me vio y no me inyectó, apenas me recetó metronidazole e iodinne, y me pidió que de preferencia no las tomara a menos que el dolor fuera muy intenso y diazepam para dormir. Al día siguiente me sentí mejor que cualquier otro y así sucesivamente, claro sin poder morder. Regresé nuevamente para una simple revisión, en espera de que me informaran que todo estaba bien y ¿cuál fue mi sorpresa?, tenía sangre sucia encapsulada. No lo podía creer. Sin más remedio espere que hiciera su trabajo, esta vez, por suerte, menos doloroso. En estos días ya me puedo reír, hablar y comer. Teniendo precaución en una semana estaré mejor. 
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