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4 de diciembre de 2007


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Ocho caras de la participación ciudadana revelan contradicciones innegable

Tabasco es un edén

Renata Chapa

¿Por qué comienzan las campañas después del mensaje presidencial? ¿Por qué se conmueven muchos al ver a galancetes de telenovela solicitando ayuda? ¿Por qué se suele participar ante contingencias naturales que derivan en estrepitosos escenarios? ¿Por qué no cala igual en la ciudadanía la miseria sostenida
y diseminada en todo México?

Para Salvador Hernández
y los ideales sociales compartidos

El martes 30 de octubre corrió a caudales la declaración de Andrés Granier Melo: Está devastado. Así describía el gobernador de Tabasco la condición crítica vivida a esas alturas en el estado sureño después de cuarenta y ocho horas de lluvia y tromba incesantes. Ese martes temían que la capacidad de las presas fuera excedida. Que los ríos y arroyos, al desbordarse, inundaran regiones completas. Que los muros de contención fueran insuficientes.
Pasaron las horas. Los días. Los medios de comunicación nacionales dieron cuenta de cómo es posible pasar del temor al terror. Nada paraba el torrente que engullía prácticamente todo en tierras olmecas. Como si su Tlaloc estuviera furioso y deseara acabar con Tabasco.
El jueves 1 de noviembre, Granier Melo volvió a declarar: Es un desastre total. El presidente Calderón, quien había invitado días antes a los mexicanos a ser solidarios con la causa, optó por una medida mediática de mayor sacudimiento social. Transmitió un mensaje de emergencia extrema, de ésos que interrumpen la programación y  enganchan a la pantalla.
Afirmó Calderón: La situación es extraordinariamente grave, es uno de los peores desastres naturales en la historia del país. (….) Nadie puede quedarse con los brazos cruzados, no podemos y no vamos a dejar solos a nuestros hermanos de Tabasco, se requiere el apoyo y la aportación de todos en estos momentos difíciles. Los mexicanos conocemos muy bien lo que significan las tragedias, porque las hemos sufrido en diferentes ocasiones. También sabemos la importancia que tiene el apoyo de los demás para superar la emergencia y recuperar la normalidad de todas las actividades. Por eso quiero invitarlos, a todos ustedes, para que en la medida de sus posibilidades ayudemos al pueblo de Tabasco. Estos son momentos en los que se templa y se pone a prueba el verdadero patriotismo y el nacionalismo de los mexicanos (…) A pesar de la adversidad, con la ayuda de todos los mexicanos Tabasco saldrá adelante, México saldrá adelante.
El viernes 2 de noviembre, Día de muertos, el mensaje calderonista parecía haber tenido un efecto multiplicador. Por la televisión, conductores de unas y otras televisoras invitaban a colaborar en campañas de donaciones en efectivo y de recolección de alimentos, ropa, medicinas. En las páginas Web aparecieron múltiples convocatorias para sumarse al mismo fin. A los buzones electrónicos llegaban correos con la solicitud de instituciones educativas, organismos religiosos, partidos políticos, entre otros, para participar en el acopio de latas y no perecederos o depositando dinero en cuentas bancarias para ayudar a la población tabasqueña. Así, de pronto, el viernes el crecimiento del espíritu solidario fue repentinamente exponencial.
Aunque la dimensión de la tragedia no merece convocatoria menor, este tipo de participación ciudadana puede tener varias interpretaciones. Una puede ser el auténtico dolor sentido cuando el otro sufre. Sin mucho por dudar, varios hilos que llevan a  tantos y tantos mexicanos a cooperar con Tabasco son movidos por lo emotivo, por el inherente afán de ayudar a un ser humano donde puede ser vista la posible o real pesadumbre propia. Pero, también, vale la pena evaluar los roles que fungen, por un lado, los medios de comunicación para llevar al ciudadano a la acción y, por otro, la condición de vulnerabilidad de las comunidades en estado de alerta.
Según la breve crónica de párrafos superiores, el llamado de ayuda urgente fue emitido a dos días de la tormenta. ¿Por qué, entonces, la población comienza a ser bombardeada unas horas después del mensaje presidencial con campañas de impecables logotipos y eslóganes? ¿Por qué se conmueven muchos al oír y al ver a galancetes de telenovela o a cantantes de música pop y, ante su llamado, sienten el escalofrío que los lleva a correr a punto de lágrima al banco más cercano? ¿Por qué, por las razones que sean, sí se suele participar ante contingencias naturales que derivan en estrepitosos escenarios? ¿Por qué no cala igual en la ciudadanía la miseria sostenida y diseminada en todo México o el incipiente desarrollo humano nuestro provocado por la corrupción implacable? ¿Por qué existe esta especie de ayuda convenenciera donde es más por un fugaz descargo de conciencia o por sentirse parte del boom de la tragedia en turno que el mexicano decide por contribuir? La solidaridad emergente, entonces, quizá no se deba tanto a las ideas de lo patriótico o lo nacionalista, o a la gana de pasar la prueba cívica sugerida, como menciona Calderón, sino a otro tipo de detonadores.
La participación ciudadana tiene, entonces, diferentes rostros, según la reflexión despertada por los anteriores cuestionamientos. Ocho de ellos han sido propuestos por el maestro Luis Alfonso Aranguren Gonzalo, actualmente coordinador del Programa de Voluntariado de Cáritas Española, asesor de la Plataforma para la Promoción del Voluntariado en España (PPVE) y autor de libros sobre voluntariado, ética y antropología como son los casos de Reinventar la solidaridad (Madrid, PPC, 1998); Cartografía del voluntariado (Madrid, PPC, 2000); Vivir es comprometerse (Madrid, Fundación Emmanuel Mounier, 2001); Ética en común (Madrid, PPVE, 2002); y Educar en la reinvención de la solidaridad (Bilbao, Bakeaz, 1997). Un breve compendio de dichas caras extraídas de La participación ciudadana: posibilidades y retos (Aranguren: 2004), complementado con breves reflexiones y ejemplos, podrán ilustrar el caso Tabasco y tantos otros más:

1. Participación delgada: la ciudadanía está acostumbrada a quejarse, a reivindicar, pero no a participar. En este tipo de participación se delega para exigir, para no tener implicación del todo. Al fin de cuentas, el ciudadano concluye que no debe ver por los demás ya que para eso paga impuestos; para que el maldito gobierno saque a México de la pobreza. 

2. Participación escasa: son pocos —poquísimos— los que participan mucho y muchos los que apenas participan en algo o nada. Se deja la responsabilidad social en esos cuantos que, quizá al cabo del tiempo, terminarán extenuados o rendidos por llevar lo que, entre bastantes ciudadanos, podría significar un cambio profundo en las estructuras sociales. La musculatura moral participativa de este caso es preocupante. Está conformado por muchas asociaciones, pero sus miembros no participan en los asuntos críticos más cercanos a su comunidad. Forman parte de clubes, organismos y/o instituciones altruistas, más por ayudar a una masa anónima de “desvalidos” que una vez al año (Navidad, Día del Niño, por ejemplo) requieren ser “felices”. En esta participación importa tomar conciencia de que somos una gota de agua en un océano, y que eso tiene la importancia que tiene, ni más ni menos.

3. Participación no educada: quienes cuentan con este tipo de participación, no han sido educados en la cultura participativa. Carecen de herramientas teóricas que les permitan forjar una conciencia crítica. Su lectura e investigación sobre condiciones marginales, por ejemplo, es escasa o nula. Obran por mero sentido común.

4. Participación de servicios: su perfil está limitado a lo socio-asistencial dentro de un modelo de participación caracterizado por una atomización en parcelas muy delimitadas. Es lo que generalmente se define como “servicio social” y tiene que ver precisamente con eso: una variedad de servicios que, aunque necesarios, por lo general son vistos como una imposición, obligación o lastre que se debe cumplir en un sector focalizado de la
población.

5. Participación para la intervención asistencialista: en ella se parte normalmente de la mentalidad de que existen personas con problemas a las que hay que dar respuesta y a ellas apunta un tipo de intervención paliativa (por ejemplo, entregar ropa y comida a los inmigrantes). No contempla la posibilidad de buscar otros mecanismos para enseñar o capacitar a los sectores marginados, sino que su labor termina al darles de comer o vestirlos para soportar el frío. Su labor debería ir de cerca con las comunidades (directamente en la calle, en los barrios, con los vecinos) y no acomodado en el despacho de atención del cliente necesitado. Desde las oficinas cuentan con administraciones efectivas, modelos contables, bancos de alimentos, entre otros, que logran asistir al necesitado, mas no lo integran con éxito en la economía formal, por ejemplo.

6. Participación de uno en uno: para muchos, es un tipo de participación que no nace del interés hacia lo público, sino del interés hacia uno mismo. “Lo nuestro” degenera en “lo mío”: mis asuntos, mi familia, mis aficiones, mi calle. Si conviene en algo participar (reconocimientos y premios públicos; imagen social; aprobar un curso; establecer negociaciones políticas de mi conveniencia; cumplir con un trabajo pagado), entonces sí se encuentra un sentido social a la acción individual.

7. Participación virtual: está conformada una sociedad civil compuesta por ciudadanos conmovidos e incentivados por la participación de concursos móviles o correos electrónicos, pero estáticos. La aparición está por delante de la participación; la aceleración gana a la conciencia ciudadana. Cuenta con herramientas tecnológicas que causan “ensoñación” en el usuario. Éste se vale de ellas por tener la sensación de haberlas probado y experimentar qué tan útiles son o qué “se siente” al haber ofrecido su ayuda a través de ellas desde la comodidad de su cama a comunidades remotas.  Los huérfanos de Nigeria están al alcance de los números 1-900 o los niños con capacidades diferentes del Teletón en Quintana Roo a través de mensajes por celular: todos están a la disposición de la comunicación virtual gracias a los avances tecnológicos.

8. Participación desde la confusión público-privado: en muchísimas personas existe una vivencia de lo público como lo que corresponde al Estado, pero ante lo cual los ciudadanos nos des-responsabilizamos. Está caracterizada por personas que jamás han participado en la vida pública y que, de un día a otro, son los nuevos agitadores sociales, promotores de la justicia pública y salvaguardas de la solidaridad comunitaria. Se alimenta este tipo de participación del “chismorreo de café”; de lo último dicho en los noticiarios sobre el “asesino en serie” que deambula en la ciudad; de las “mujeres violentadas” que deben ser respetadas por la “autoridad”.
 
Las ocho caras de la participación ciudadana, tal como lo describe Aranguren, revelan contradicciones innegables. Obstáculos que colocan más o menos lejos la posibilidad de vitaminar la acción ciudadana. Sin embargo, el común denominador en ellas finalmente es un tipo u otro de participación. Esto, al ser comparado con casos crónicos de total renuencia social, de indiferencia comunitaria, de desapego cultural, se vuelve condición ideal. Y ni qué decir si se le compara con aquellos escenarios más enfermizos aún donde la no participación es combinada con violencia, grilla y necedad, tres incomodísimas rutas por las que tantos buscan rodear el compromiso comunitario.
Urge ayudar a Tabasco desde donde sea. Es un edén que no debe considerarse perdido, sino, más bien, el que podría simbolizar la solidaridad social asumida, por fin, como un estilo de vida en México. Ante las venideras contingencias naturales —que cada vez serán más severas— así como la desigualdad social y los problemas que ésta arrastra, la participación ciudadana, en palabras de Aranguren, debe levantar la cabeza del inmediatismo que le asiste en tantas ocasiones y buscar el horizonte compartido de la posibilidad real como modo de estar debidamente en la realidad (…) Hemos recibido una realidad social repleta de fisuras y grietas por las cuales destilan innumerables formas de inhumanidad y de injusticia; de nosotros depende ser capaces de forzar lo recibido, modificándolo e inventando nuevas realidades. Por eso, la participación debe moverse desde un nuevo imperativo categórico, no de naturaleza calculadora-racional, sino desde la razón que siente y se com-padece: obra de tal modo que extraigas de la realidad posibilidades inéditas de humanización. E4

 
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