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Hondureña y niña saltillense dan fe de su buena suerte
Glenda, del sueño americano
a su propio sueño |
Emma Hayde Rodríguez Palacios |
Mientras la prensa internacional se enfoca
en el trato que reciben
los emigrantes mexicanos en los límites con Estados Unidos, los centroamericanos que cruzan tierra azteca representan la otra cara
de la moneda. La historia de una hondureña le recuerda
al país que al sur de su territorio existe otra frontera
Para Glenda y Mayrin Jaret,
por compartirnos su historia…
Honduras vive una situación difícil. Tiene una de las mayores incidencias de pobreza en el hemisferio occidental, ya que el 64.5 por ciento de las familias vive en esta condición. La mayoría de los jóvenes hondureños entre dieciséis y veinticinco años, tienen fijada una sola meta: “alcanzar el sueño americano” en busca de oportunidades de superación económica.
Un estudio realizado recientemente por la CID-Gallup (Marketing strategy, Market research and Polls), revela que ocho de cada diez hondureños concibe la emigración como una respuesta ante el desempleo y un intento para mejorar la calidad de vida. Esto explica en parte las alarmantes cifras que proporciona el gobierno de Honduras, quien asegura que cada hora emigran veinte hondureños a tierras americanas.
En agosto de 2007, Glenda Janeth Isaula Arteaga formó parte de las crueles estadísticas y abatió su propio récord. Con siete meses de embarazo y librando la frontera mexicana, intentó por tercera vez adentrase en los Estados Unidos.
El pasado viernes 16 de noviembre, tras haberse negado a ofrecer declaraciones a la prensa local, Glenda relató para Espacio 4 su historia y la de su pequeña hija Mayrin Jaret, quien llegó en medio del camino, cambiando prioridades y perspectivas en la vida de su joven madre.
Una deuda adquirida con un banco hondureño para la construcción de su casa fue el detonante que la obligó a dejar San Pedro Sula, su ciudad natal y capital industrial hondureña, en donde laboraba como empleada de una imprenta de papelería. Recientemente había establecido una relación sentimental con un sampedrano de nombre Ever Ariel Oceguera que se dedicaba a realizar trabajos de albañilería. Y aunque admite que ganaba bien, los salarios de ambos no le permitían seguir pagando la deuda. Esto los llevó rumbo al norte, a México, para posteriormente cruzar la frontera estadounidense.
En Honduras la vida es difícil. Hace tiempo que el banco me prestó dinero para hacer mi casa y no he podido pagar la deuda pendiente. Por eso, aunque estaba embarazada, mi pareja y yo nos arriesgamos a venirnos. Ganando en dólares íbamos a poder pagar. En mi país el dólar rinde mucho.
La primera vez que intentó llegar a tierra americana, lo hizo en compañía de una amiga, pero ese primer ensayo culminó en Tabasco. Sin regresar a Honduras volvió a burlar la frontera mexicana, arribando a Torreón, Coahuila, donde se reunió con Ever. Aquí en México me embaracé de Mayrin, relata.
Con la incertidumbre de su posible embarazo, Glenda se entregó a las autoridades de La Laguna porque a su pareja lo habían deportado.
En abril arribó a San Pedro Sula, pero en agosto, con avanzado estado de gestación, estaría de regreso en la batalla por la prosperidad económica. En abril llegué de nuevo a Honduras, pero en agosto volví a regresarme, arriesgando a mi hija.
En uno de los siete camiones que salen a diario de San Pedro Sula, Ever y Glenda emprendieron de vuelta el camino. Llegaron a Oaxaca y allí su medio de transporte cambió de ruedas a ferrocarriles. En un tren donde “se agarraban como podían”, según cuenta la hondureña, alcanzaron Irapuato, Guanajuato. Un “coyote” los encontró para traerlos hasta Piedras Negras. Pasar no es fácil, es cuestión de tiempo y buena suerte. En Piedras nos hospedaba un coyote que mi cuñado había contactado. Tras un mes en la casa del guía, sumaba otro menos para la llegada de Mayrin. Atravesar la frontera a pie le resultaba a Glenda prácticamente imposible. Mi embarazo estaba muy avanzado, me dijo el coyote que así no podía cruzar. Hacerlo caminando nos costaba mil ochocientos dólares, pero me ofrecieron que por otros mil me pasaban por la línea y sin caminar. Yo hablé con mi cuñado y él le dijo al coyote que sí aceptaba, pero que le pagaba en Houston, a lo que no accedió.
Aunque Glenda no pudo ganar la frontera, su pareja lo hizo. De tal forma no tuvo otro remedio que avisarles a las autoridades migratorias para regresar a Honduras, con la esperanza de alcanzar dar a luz en su país. No pude pasar y Ever ya lo había hecho. Por eso me entregué en Piedras Negras. Yo quería aliviarme en San Pedro.
Una vez más el destino cambió la jugada. Tras presentarse ante las autoridades migratorias, quienes le practicaron un examen médico, se determinó riesgoso deportarla hasta Honduras. El siguiente paso fue trasladarla al Hospital General de Saltillo. Allí, el 13 de noviembre, nació Mayrin Jaret Oceguera Isaula. Yo me sentía muy bien cuando me entregué en Piedras Negras. No tenía dolores, pero el doctor me revisó y dijo que no me podía mandar de vuelta porque podía tener a la bebé en el camino. Después me trajeron a Saltillo y aquí me provocaron los dolores y me reventaron la fuente. Mi hija estaba programada para nacer hasta el 22 de noviembre, por eso yo pensaba que me daba tiempo para aliviarme allá. Lo bueno es que ambas estamos bien.
Con perfecto estado de salud, Mayrin nació en territorio mexicano, lo que le permite a su madre permanecer en el país. No obstante Glenda, aún sin saber a ciencia cierta el paradero de su pareja, ha determinado regresar a Honduras para comenzar de nuevo. Todavía no se nada de Ever. Ignoro si llegó bien o no, pero quiero regresarme a mi país. El oficial dijo que podía quedarme aquí, sin embargo uno sale con la esperanza de llegar a Estados Unidos, no de quedarse en México.
Esta experiencia me da una lección de vida, confiesa. A veces alguien está desesperado y busca una solución. Por eso nos venimos. En mi país creo que sí puedo salir adelante. Somos pobres, sí, pero poco a poquito con un negocio, ahora digo que sí se puede. Trabajando allá y con lo que el muchacho aporte si es que llega, se completa el gasto. Lo que vale es estar bien, que mi hija esté bien. No importa si no ganamos billetes verdes. Mayrin me enseñó que siempre es un buen día para comenzar de nuevo, concluye.
Unas doscientas setenta y cinco mil hondureñas y hondureños salen cada mes de su país rumbo a Norteamérica. Esta cifra reveladora de la Dirección General de Migración de Honduras nos da a entender que en nuestros días “el sueño americano”, lejos de disminuir, aumenta, involucrando en su mayoría jóvenes, y crecientemente niños que son llevados en brazos de sus familiares o incluso en el vientre materno.
Con la torta bajo el brazo
Me llevo muy buena impresión de México. La gente es muy linda, es buena y me ha ayudado mucho, y a mi hija también. Estoy muy agradecida, apunta Glenda. Y es que indudablemente Mayrin Jaret, nació con la torta bajo el brazo.
La historia de esta hondureña y su pequeña hija ha cautivado corazones. El Instituto Estatal de Migración, los médicos y enfermeras del Hospital General de Saltillo, y algunos ciudadanos interesados en su caso, no han parado de colmar a Glenda y a su nena saltillense de buenos tratos y comodidades. Incluso se le apoya en el transporte vía aérea de regreso a su país, y en ningún momento sufrió las temidas y siempre latentes agresiones. Ambas corrieron con suerte.
Desafortunadamente no todos los centroamericanos que traspasan la frontera mexicana tienen la misma fortuna.
La otra cara de la moneda
El camino de los migrantes que cruzan la frontera sur de México es de incertidumbre y de violaciones a sus derechos humanos. Al igual que nuestros paisanos que cruzan la frontera norte, los centroamericanos se convierten en un blanco que camina por la cuerda floja, y por su condición de indocumentados muchos se sienten con autorización para tumbarlos.
La población migrante femenina que traspasa el borde México-Guatemala es la más afectada. Tan sólo en 2004, la Procuraduría de Derechos Humanos de Guatemala reportó ciento cincuenta y cuatro asesinatos de mujeres migrantes. Estos datos alarmantes son los que, a veces, ignoramos.
Tampoco que una cantidad no conocida de jóvenes de entre dieciséis y veinticinco años de edad que cruza la frontera se infecta de VIH, quedan embarazadas producto de violaciones y se practican abortos clandestinos, según la declaración que hizo para CIMAC noticias el consultor de la OMS José Moya.
El riesgo de contraer VIH o alguna otra enfermedad de transmisión sexual es muy alto, dice Moya, porque muchas tienen que comerciar con sexo para sobrevivir, y esto lo demuestran las estadísticas del Instituto Nacional de Salud Pública de México, pues estima que el sesenta por ciento de las mujeres migrantes indocumentadas tienen algún tipo de experiencia sexual, desde la violación, hasta el
compañerismo.
Se ha culpado principalmente a los “maras” de ser responsables de la violencia física, psicológica y sexual que viven las indocumentadas. Sin embargo el Grupo Beta de protección a migrantes reconoce que el cincuenta y uno por ciento de estas violaciones son cometidas por agentes de la autoridad pública.
Una asignatura pendiente
El pasado 22 de noviembre, el ex embajador de México en EU, Jorge Montaño declaró para Excélsior que los abusos cometidos contra los migrantes indocumentados son tan inaceptables como los reclamados por los mexicanos ante la frontera de Estados Unidos, y que cambiar el trato que los centroamericanos reciben en México es una asignatura pendiente.
Así está también el respeto para nuestros compatriotas en la frontera norte. Si tanto demandamos esa dignidad hacia nuestros paisanos, tenemos que empezar por predicar con el ejemplo y, tal cual asegura el académico de la Universidad Nacional Autónoma de México, Rubén Ruiz: dar a los migrantes centroamericanos, el trato que pedimos para los mexicanos en Estados Unidos. E4 
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