Un gato en el jardín |
Héctor Manuel Prieto Rodríguez |
Para César, por el bautizo.
El gato está tirado sobre la grava, en el jardín. Es joven la mañana, los pájaros, las sirenas de las fábricas y los estudiantes inician su faena cotidiana.
El gato está muerto. Tomo una taza de algo caliente. No conozco su suerte, por eso me extraña su
inusual confianza. Es que aún no termino de afeitarme. No sé todavía. Aún no sé.
El gato hace juego con el trozo de ladrillo rojo que ha machacado su cabeza. Algebraicamente reconozco la relación que existe entre los dos cuerpos, que plantea un teorema indisoluble a la vista. Lo desecho después para retomar una tesis más pragmática. De pie, primero, luego inclinado sobre él, descubro su triste condición. Puedo darme el lujo de detallar su simetría, mi ómnibus todavía demora en recogerme. Su piel es gris con grandes franjas negras, una larga cola que incita a la caricia. En su rota cabeza descubro unos ojos apenas abiertos, tartamuda la boca con un trozo de lengua rosada y unos colmillitos de aguja. Entre las orejas, el cráter de su muerte.
Un gato gris, atigrado, sobre la gravilla, bajo el sol de la mañana, inexplicablemente quieto, dormido, agujereado, conforme, peludo. Muerto.
Ellos bostezan. Aprovechan el pretexto del viaje hacia la oficina para descabezar un sueñecito o un chisme. Hoy, en cambio, no hablo de política, ni me uno al club de los fans a la pelota. Hay un sinfín de detalles y motivos para descubrir que no es un buen día en mi calendario. Por eso, y por mi fama de huraño me salvo de la costumbre insana, del muchuqueo cotidiano. Las horas pasan lentas y amargas. Salgo a medio día y la calle me sorprende en un rumbo que no tiene razones.
Hoy la ciudad tampoco muestra otra cara.
Pero no importa. Allí en el Café fumo, leo, emborrono bocetos y letras. Una y otra vez cambio de vecinos. Alguien permite que le pague un trago, siempre que sea un cómplice de mi silencio.
El gato muere, mientras tanto. Allí, junto a él, retozan sus nueve vidas y sus otras tantas muertes. La gente vira el rostro ante su majestuoso cadáver. Él sabe. Ahora inicia un viaje que puede durar siglos. Quizás en el comienzo adornara algún escriba egipcio su cuello con lotos de nácar, y en sus zarpas una pelota de lana caucásica fuera el motivo para iluminar a Galileo. Yo nunca he tenido un gato propio, si es que se puede poseer alguno. Mi vida, empero, se me ocurre rodeada de sus acrobáticas figuras. De niño los atrapaba con golosinas, allá en el patio del abuelo, y sobre mi primer cuerpo desnudo de mujer, descansó un gatotigre con nombre de músico. Qué hermosos días en que lo veía reposar mi felicidad, mi sosiego. Era el sortilegio y la buena ventura del hogar, justo hasta el momento en que, como buen cazador, terminó en alguna olla. Fueron años difíciles, donde las pestes del hambre y la estrechez se hicieron fuertes en una ciudad que no había conocido más que la opulencia.
Pude entenderlo entonces, resignarme como un Buda, de cierta forma creí que su energía debería permanecer junto a nosotros, protegernos. Total, de aquellos días no conservo mas que el certificado de divorcio, y algunos libros que no quise devolver.
Este gato, no obstante su peso y la buena salud que denuncia su pelaje, no ha sido sacrificado en pos de una familia hambrienta, y debéis, por fuerza, perdonarme la expresión, eso es lo que más me empinga. Pura maldad. Un ladrillazo certero, sólo por pura maldad.
Cuando mato una cucaracha, me asaltan los resentimientos éticos. Pero, me da por pensar que ella es mi enemigo atávico, y eso de que ni la bomba atómica puede exterminarlas me hace cómplice del alivio. Me pregunto ¿qué estaría pensando esa mano? ¿Qué habría en la materia gris gelatinosa, mientras enviaba la orden? Imagino el proyectil, en movimiento rectilíneo uniforme, masa + aceleración sobre fuerza de rozamiento y fuerza de gravedad = velocidad, volando, chocando, martillando, estallando y desinflando esa cabeza a rayas, que quizás iniciaba un aseo matutino.
Si vas a matar, al menos, búscate una buena razón, que pese más que el ladrillo con que podrías, y otra vez perdonadme, descojonarle la cabeza a cualquier hijoeputa campeón olímpico en asuntos hijoputísticos. Esos pensamientos provocan otra taza de café, un miedo terrible al género humano y mi deseo de regresar a casa.
Con las sombras que borda la luz de la calle, vuelvo a encontrarlo. Nadie se ha dignado a darle honras fúnebres. La rigidez post mortem como aquellos que todavía reposan en las paredes de las mastabas egipcias. Mi cerebro invita a mi pulgar a la profanación de tocarlo, sin creer aún que tanta belleza se haya ido. Allí, en su muerte, hay un poco de la mía cotidiana. Los iris vidriosos y la lengua rotulan una carcajada sin ápice de vergüenza, y es ahora el gato de Cheshire, desapareciendo poco a poco, sumergido en un dolor cuajado, inerte, que burla mi cualidad primigenia. Una costra marrón que culmina en hilo intermitente, baja de su cabeza, con trazas de acusante línea. Parece decir: Yo no te haría lo mismo, eres demasiado insignificante como para matarte sin razones, sólo podría servirte y hacer de juguete para tus hijos.
En la grava, trazo un círculo en derredor suyo. Sé que es un mal ensayo de sepultura, pero esta frontera, este límite, puede que ayude a protegerlo.
Allí, en la habitación, descubro el paisaje de mi mujer tendida sobre la desordenada cama. Puedo oler la colonia con que se disfraza, ese aroma a floresta me golpea como una sentencia resignada.
El gato está muerto, pero yo sigo vivo.
En mis dedos, entre mis piernas, bajo la punta de su lengua, salta la bestia primaria, aunque ésta tampoco es una de esas noches buenas en mi calendario. Ella ronronea. Como pocas veces, su cuerpo serpentea sobre el colchón, pidiendo, exigiendo, una recompensa a su día a día soportando mis ataques de neura. Esta noche veo a una mujer transfigurada, en una mezcla entre vestal y hetaira, que me atrapa en el prisma de su deseo. Podría matarla esta noche, si pudiera de alguna forma equilibrar el sentido de las cosas, pero es allí, precisamente, en el acto de posesión, donde por fin encuentro calma. No quiero que me vea llorar ni volar hacia las vigas altísimas de mi techo. Esta noche añoro venirme con cara de jugador de póker, pero siquiera disfruto este orgasmo. Y aquí, en el viaje a la horda brutal que iniciamos los comunes cuando nos apareamos, en la pérdida de la razón, en la pequeña muerte, engendro sin querer la enésima vida del cadáver que yace en el jardín. Temo por la incertidumbre de su elección en cuanto a matar o proteger gatos, pero confío en que el tiempo done las respuestas.
Ahora ella duerme. Su sexo transpira mezclado con una varilla de incienso eterna, que lo vuelve todo aún más irreal. Desnudo, desando la casa. No quiero asomarme a la ventana y mirar afuera. Pero como al inicio de un episodio cotidiano, con algo caliente que bebo, el irrehusable cigarro tembloroso, el cuerpo, el miedo, los ojos, estos ojos míos que a tanta mierda aún no se acostumbran, descubro que allí sobre la grava, con toda la luna encima de su cuerpo, el gato gris se levanta, sonríe, mueve la cola, se echa a volar.
Héctor Manuel Prieto Rodríguez: (La Habana, Cuba, 1975). Licenciado en Historia, ha obtenido diferentes lauros en su trayectoria artísticas. Obras suyas han sido publicadas en distintas revistas nacionales e internacionales. La editorial Extramuros, próximamente, lanzará su primer volumen de cuentos Réquiem para un doble siete. |
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