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Presión social El hecho no es remoto. Ocurrió en Veracruz, en vísperas de 2004: una explosión de fuegos artificiales mata a veintiocho personas en el mercado Hidalgo. El gobernador Miguel Alemán acude al puerto varios días después, de aparente mala gana. Familiares de las víctimas le reprochan su ausencia. ¿Por qué hasta hoy? Porque no soy bombero. El malhumor obedecía a que el mandatario había interrumpido sus vacaciones en el extranjero, sólo para cubrir el expediente de la foto en la zona devastada.
Hombre cosmopolita, hijo de presidente y dueño de una fortuna inmensa, Alemán prefería cumplir su agenda personal antes que la del estado; uno de los más pobres del país, a pesar de su riqueza. Entre sus primeros actos de campaña, en 1998, figura el haber asistido a los funerales de su amigo Frank Sinatra. Ya en el gobierno, removió al director de un diario de Xalapa por una crítica banal contra su administración. Fox no llegó jamás a esos extremos. Recomendaba no leer periódicos para no hacer corajes y en situaciones que consideraba impertinentes salía por peteneras con un molesto ¿Y yo, por qué?
Alemán representa al político clasista, en oposición a los “herederos de la cultura del esfuerzo” citados por Colosio —con él por delante— en su discurso del 6 de marzo de 1994. Gobernantes como Alemán tendrán siempre el repudio social, aun en países desarrollados. El mismo sitio en la historia lo ocupan autoridades —de cualquier nivel y nación— insensibles ante tragedias por fenómenos naturales, atentados y accidentes. Miguel de la Madrid, en México, y George Bush, en Estados Unidos, actuaron tarde y mal en los terremotos de 1985 y los embates del huracán Katrina hace dos años.
La sociedad demanda de sus gobiernos cercanía y efectividad. La primera, para conocer sus problemas y estar en condiciones de atenderlos; la segunda, para que las promesas cristalicen en soluciones. En los últimos años, por suerte, la presión social ha obligado a las autoridades a descender del Olimpo y a mezclarse entre la muchedumbre, a vivir en carne propia su realidad cruelz, así sea de paso. El terreno para los populismos y la revuelta, en países como el nuestro, está sobradamente abonado.
Que el presidente Calderón atienda personalmente y con prontitud la emergencia en Tabasco y Chiapas, y cancele compromisos internacionales prescindibles para el país —como en Coahuila lo hace el gobernador Humberto Moreira en casos análogos—, es un acto de elemental congruencia política. Y debe responder, más que a una actitud mesiánica o, peor aún, de cálculo electoralista, a una obligación constitucional pues el lugar de los gobiernos está en el lugar y la hora donde se los necesita. Los gobiernos se acreditan o desacreditan en su ejercicio. |