Las circunstancias nacionales e internacionales favorecen al candidato presidencial del Movimiento de Regeneración Nacional, Andrés Manuel López Obrador, para las elecciones del 1 de julio. El PRI gobernó al país setenta años y el PAN está por cumplir doce en el poder. Unos y otro tienen activos y pasivos. El peor es la corrupción. La pobreza no es solo una afrenta, sino un riesgo latente, una bomba que puede estallar en cualquier momento si no se atienden a la brevedad las causas más profundas que la provocan.
México conoce la alternancia hacia la derecha, mas no hacia la izquierda. Si el PRI suponía que sus errores del pasado los ignoraban los votantes jóvenes y los adultos ya los habían olvidado, él mismo se ha encargado de recordarles qué partido es en realidad. El mismo de hace doce, dieciocho, treinta años. Si en ese lapso no se modernizó, menos se democratizó. El PAN vivió de criticar al PRI durante décadas, hasta que ocurrió la transición y asumió el control del país. Solo para reproducir las conductas que desde la oposición censuró.
Por tanto, la izquierda se presenta hoy como opción viable, en mejores condiciones incluso que en 2006, cuando se creía que el PAN necesitaba otro sexenio para emprender los cambios y las reformas que Fox dejó pendientes, por inepto o distraído. Un gobierno de izquierda no es la panacea universal, pero puede significar —según lo expuesto por López Obrador y el coahuilense Fernando Turner el 17 de enero en Saltillo, durante la presentación del Plan de Crecimiento Económico que firmaron con la iniciativa privada— el principio de transformaciones verdaderas y de largo aliento que México no puede posponer más tiempo.
En las elecciones de 2006 se criticó desde las páginas de Espacio 4 al López Obrador atrabiliario, pendenciero, arrogante. De haber actuado como hoy lo hace, sereno, conciliador, respetuoso de las instituciones que en el pasado mandó al demonio, habría ganado la Presidencia. En un mundo globalizado, donde el poder oscila entre izquierdas, derechas y centros —en democracia, los extremos se excluyen a sí mismos—, tener en México un gobierno socialista no asustaba. El que infundía temor era su candidato. Por eso perdió; por un margen demasiado estrecho.
¿Qué circunstancias internas y externas favorecen a López Obrador? La comprensión, sobre todo entre la juventud del mundo —la coincidencia aquí es crucial—, de que la economía, la política y la gestión pública no pueden seguir por derroteros que no solo han mantenido los desequilibrios sociales, sino que los han profundizado. Hoy, en el planeta, hay más pobres, más desempleados, más violencia, más drogas, más desaparecidos, más inseguridad, más corrupción, más impunidad. Lo peor es que no se vislumbran soluciones a corto plazo.
Si López Obrador entusiasma y tiene aliados en sectores donde antes solo encontraba detractores —el empresarial, por ejemplo—, es porque ofrece lo que el PRI y el PAN no pueden cumplir, pues en el fondo responden a los mismos intereses, a los mismos dogmas y a la misma lógica del poder. Faltan poco más de cinco meses para las elecciones. La decisión de quién será el próximo presidente depende de alrededor de setenta y ocho millones de mexicanos, muchos de los cuales desean cambiar el país con el arma más poderosa a su alcance: el voto.