Las
urnas hablaron el 4 de julio y repartieron el poder en catorce
estados, como sucedería en cualquier democracia que se precie
de serlo. En México ocurre desde que la ciudadanía abrió el
camino a un sistema pluripartidista real, no simbólico o satelital
como era en el pasado. Todas las fuerzas políticas con registro
ganaron y perdieron algo; unas más, otras menos, de acuerdo
a sus méritos, arraigo, capacidad, disciplina y organización.
Pero también según la liquidez de sus gobiernos para comprar
votos mediante dádivas que al final resultan más onerosas.
No solo para quien las recibe, sino para el conjunto social.
Contra los dogmatismos que presagiaban cataclismos, la ciudadanía
no abominó de las alianzas entre el PAN, el PRD, Convergencia,
PT y otras formaciones. Al contrario, las apoyó porque ofrecían
la posibilidad de la alternancia en estados dominados por
caciques. Señaladamente Oaxaca, Puebla y Veracruz. También
porque a sus candidatos los consideró más confiables, independientes
y capaces —o acaso menos peligrosos que los del PRI—, sin
importar su antigua militancia.
El hecho constituye un avance en el proceso democrático del
país, pues rompe tabúes, conjura demonios y ofrece nuevas
alternativas para la negociación y el entendimiento, sin los
cuales México difícilmente dejará de caminar en círculos.
Las coaliciones entre opuestos son comunes, lo mismo en potencias
europeas (Francia, Alemania) que en naciones menos desarrolladas
que la nuestra. Sociedades así implican renuncia a ganarlo
todo, pero también ofrecen la oportunidad de no perderlo todo.
Y este es, por sí mismo, un acto noble. Mientras más lo haya
en política, será mejor para todos.
Por su parte el PRI, que en trece estados compitió en alianza
con otros partidos (el Verde, el Panal, el PT y algunas organizaciones
locales), excepto en Durango, obtuvo la mayoría de las victorias,
no obstante que algunas sean impugnables. Lo más seguro es
que éstas se resuelvan en el Tribunal Electoral del Poder
Judicial de la Federación, como hace seis años pasó con las
elecciones de Veracruz. A pesar de perder Oaxaca, Puebla y
Sinaloa, el PRI mantiene su condición de primera fuerza política
territorial, lo que explica, en parte, las coaliciones entre
PAN y PRD para acotarlo.
Todavía falta mucho para elevar la calidad de nuestra democracia,
pero respetar los triunfos del contrario y aceptar las derrotas
propias, a horas o días de las votaciones, constituye un progreso
invaluable. En esa dirección debemos avanzar juntos —sociedad,
gobiernos, partidos y medios de comunicación— para que las
elecciones sean, en el corto plazo, un ejercicio normal y
no traumático. Que los comicios del 4 de julio se hayan celebrado
sin contratiempos generalizados, en un clima de inseguridad
y violencia, es altamente significativo. |