Edición 383
13 al 26 de julio de 2010
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Normalidad democrática
Las urnas hablaron el 4 de julio y repartieron el poder en catorce estados, como sucedería en cualquier democracia que se precie de serlo. En México ocurre desde que la ciudadanía abrió el camino a un sistema pluripartidista real, no simbólico o satelital como era en el pasado. Todas las fuerzas políticas con registro ganaron y perdieron algo; unas más, otras menos, de acuerdo a sus méritos, arraigo, capacidad, disciplina y organización. Pero también según la liquidez de sus gobiernos para comprar votos mediante dádivas que al final resultan más onerosas. No solo para quien las recibe, sino para el conjunto social.

Contra los dogmatismos que presagiaban cataclismos, la ciudadanía no abominó de las alianzas entre el PAN, el PRD, Convergencia, PT y otras formaciones. Al contrario, las apoyó porque ofrecían la posibilidad de la alternancia en estados dominados por caciques. Señaladamente Oaxaca, Puebla y Veracruz. También porque a sus candidatos los consideró más confiables, independientes y capaces —o acaso menos peligrosos que los del PRI—, sin importar su antigua militancia.

El hecho constituye un avance en el proceso democrático del país, pues rompe tabúes, conjura demonios y ofrece nuevas alternativas para la negociación y el entendimiento, sin los cuales México difícilmente dejará de caminar en círculos. Las coaliciones entre opuestos son comunes, lo mismo en potencias europeas (Francia, Alemania) que en naciones menos desarrolladas que la nuestra. Sociedades así implican renuncia a ganarlo todo, pero también ofrecen la oportunidad de no perderlo todo. Y este es, por sí mismo, un acto noble. Mientras más lo haya en política, será mejor para todos.

Por su parte el PRI, que en trece estados compitió en alianza con otros partidos (el Verde, el Panal, el PT y algunas organizaciones locales), excepto en Durango, obtuvo la mayoría de las victorias, no obstante que algunas sean impugnables. Lo más seguro es que éstas se resuelvan en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, como hace seis años pasó con las elecciones de Veracruz. A pesar de perder Oaxaca, Puebla y Sinaloa, el PRI mantiene su condición de primera fuerza política territorial, lo que explica, en parte, las coaliciones entre PAN y PRD para acotarlo.

Todavía falta mucho para elevar la calidad de nuestra democracia, pero respetar los triunfos del contrario y aceptar las derrotas propias, a horas o días de las votaciones, constituye un progreso invaluable. En esa dirección debemos avanzar juntos —sociedad, gobiernos, partidos y medios de comunicación— para que las elecciones sean, en el corto plazo, un ejercicio normal y no traumático. Que los comicios del 4 de julio se hayan celebrado sin contratiempos generalizados, en un clima de inseguridad y violencia, es altamente significativo.
 
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