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Como era fin
de semana y vimos que ya estaba más calmado lo de la inseguridad,
nos pusimos de acuerdo varios amigos para irnos a un bar”.
Así comienza el relato de una joven que, a sus 26 años, la
madrugada del domingo 31 de enero nació de nuevo. A siete
días de haber recibido una segunda oportunidad de vida, aparenta
ser fuerte, pero con los ojos cristalinos declara que “apenas
le está cayendo el veinte” de lo que le pasó rozando. La de
ella es una de las historias de dolor ubicada en el norte
de nuestro país donde jóvenes inocentes fueron victimados.
“Queríamos ir a otros lados, pero como nos dijeron que ese
fin iba a ser el último que abrirían el bar, nos pusimos de
acuerdo y quedamos de vernos allá ocho amigos y yo. Supimos
que iba a haber una banda en vivo y más nos animamos a ir.
A todos nos gusta la música de banda. Llegamos a las diez
de la noche y el bar estaba lleno. Nos dijeron que ya no había
mesas. Que sólo estaban disponibles las que estaban pegadas
a la calle, al aire libre, pero que en ésas había que comprar
el servicio de botella de quinientos pesos. Pero como nosotros
no tomamos tanto, ya nos andábamos desanimando. En eso, el
mesero nos dijo que nos iba a dar chanza. Que nos sentáramos
en esa área. La cola para entrar esa noche al bar daba la
vuelta a la esquina. Eran demasiados los que querían entrar”.
La muchacha continúa: “Ya teníamos un rato ahí y se me hizo
raro ver a una de mis amigas agüitada. Le pregunté qué le
pasaba y me dijo, ‘Cómo que me dio para abajo’. Lo curioso
fue que a otras dos de mis amigas también les estaba pasando
lo mismo. El lugar estaba a reventar. Había un grupo de música
pop tocando y la gente andaba bailando en sus lugares. Los
chavos que estaban sentados en la parte pegada a la calle
le compraban burritos al señor que siempre se pone ahí afuera”.
Y ya pasada la medianoche, llegó la banda. “Se me hizo raro
que sólo tocaran una hora. Para la una y media alistaron todas
sus cosas y se fueron. Quién sabe por qué terminaron rápido.
Luego nos pusieron música disco y pues, bueno, ahí seguimos.
De rato oímos como balazos a lo lejos, pero no pusimos atención.
La música estaba fuerte y la gente andaba animada cantando,
haciendo ruido.
“No había pasado mucho tiempo cuando volví a oír otro balazo,
pero ahora sí muy de cerca. En eso, sentí la mano de una de
mis amigas que me jalaba fuerte tirándome hacia abajo. Quedé
tendida de lado, apenas atrás de un tubo chiquito. La música
cortó. No se oía nada de gritos o gente llorando. Todo estaba
callado. Nada más alcanzaba a escuchar botellas de vidrio
o vasos que caían al suelo y se estrellaban. Sentía la mano
de mi amiga que me apretaba. Comenzamos a rezar. También me
acordé mucho de mi mamá. Pensaba en ella. Yo estaba en una
posición dolorosa e incómoda, pero no me quise mover. Así
estuvimos un rato. Como congelados. Luego se escucharon rechinidos
de llantas de varios carros que se fueron yendo. Pasaron dos
o tres minutos más en silencio. Nadie ni nada se movía. Hasta
que se fueron levantando poco a poco las primeras personas.
Y entonces sí comenzaron los lamentos.
“Me levanté como pude y lo primero que vi fue al chavo que
estaba enseguida, reclinado en su mesa, muerto. Como pude,
agarré las chamarras y bolsas de mis amigas y comencé a caminar
por el pasillo para salirme rápido. Ahí estaban tendidos otros
cuerpos. Uno de ellos estaba tirado boca abajo. Traía un chaleco
negro como el de Ramiro, uno de los amigos que iban con nosotros.
‘¡Ramiro! ¡Ramiro!, le comenzó a gritar, histérico, un compañero
del grupo’. Se acercó para voltearlo y reconocerlo, y resultó
ser otra persona. ‘Ya no me muevan’, nos dijo este otro chavo.
Como pudimos, seguimos caminando, pero yo estaba inquieta
porque mi hermana se había ido al baño antes de que comenzara
la balacera. Quería ir a buscarla, pero a la vez mis amigos
me decían que teníamos que salirnos de ahí. El ambiente era
de pánico. Todos estábamos sacados de onda, pero yo quería
regresar adentro. En eso, ya en la banqueta, pude ver a mi
hermana y las dos corrimos a abrazarnos fuerte, llorando.
Ella estaba toda llena de sangre. Me contó que, como estaba
en el baño, cuando comenzaron los disparos mucha gente se
fue para allá a esconderse. Y cuando pudieron salir, lo hicieron
muy rápido, atropellándose. A ella la aventaron y fue a caer
encima de uno de los cuerpos caídos”.
Las hermanas y una amiga trataron de reunirse con el resto
del grupo. La policía ya había llegado y estaba agazapada
en diferentes puntos apuntando al bar. Cerraron la zona. Las
muchachas decidieron protegerse debajo de una camioneta. Hasta
ahí llegó un muchacho con una herida en la pierna a pedirles
el celular. Luego apareció otro, sangrando de un brazo, también
a solicitar el teléfono. Ellas no dejaban de ver el frente
del bar donde estaban tirados más jóvenes sin vida. Los gritos
y el llanto no paraban.
“Nos comenzaron a llegar mensajes al celular de nuestros otros
amigos. Gracias a Dios, todos estaban bien y ya se habían
ido. Nos decían que nos fuéramos rápido de ahí. Comenzamos
a caminar a la cuadra de al lado, pero como idas. Asustadas
y llorando. Pasaron unos policías y nos preguntaron si veníamos
del bar. No les contestamos y seguimos caminando. Más adelante,
otras personas salieron de un salón de fiestas y cuando nos
vieron, nos preguntaron qué había pasado. No les contestamos
y seguimos caminando.
“Nos encontramos a un amigo que nos ofreció un rait. En el
camino nos venía dando ánimos, pero nosotras seguíamos llorando
asustadas. ‘No manches. ¿Por qué pasó eso? ¿Por qué si nada
más estábamos divirtiéndonos?’, era lo que seguía repitiendo
mi amiga.
“Por fin, mi hermana y yo llegamos a casa. No había nadie.
Mi papá no vive con nosotras y mi mamá se había ido a cuidar
a mi abuelita que estaba enferma. Cuando entramos y cerramos
la puerta, mi hermana y yo nos volvimos a abrazar. No dejábamos
de llorar. Ella se quitó la ropa y aventó a la basura todo:
botas, pantalones, blusa. Me dijo que jamás se le iba a olvidar
el momento en que cayó encima de aquel muchacho. Venía toda
golpeada, raspada de las rodillas. Yo también estaba muy adolorida.
Las dos seguíamos platicando de lo mismo y estremeciéndonos
porque a lo lejos se oían rechinidos de llantas y sirenas
de patrullas. No pudimos dormir. Eran las tres AM”.
La mamá de las muchachas les llamó por teléfono a las diez
de la mañana de ese terrible domingo. Le contaron algo de
lo que había pasado y ella fue a encontrarse rápido con sus
hijas.
“Cuando vimos que mi mamá entró a la casa, corrimos a abrazarla.
No podíamos dejar de llorar las tres y de dar gracias por
estar vivas.
“El día siguiente, el lunes, le puse a la tele en la noche.
Cuando pasaron la nota de lo que había pasado, volví a llorar
y a sentir feo de saber que yo era parte de esa tragedia que
todo mundo conoce, pero yo necesitaba comprender qué era lo
que había pasado aunque me doliera. Seguí sin dormir varios
días porque cada vez que cerraba los ojos veía otra vez las
imágenes de los muchachos caídos, la sangre, el miedo. Cuando
el sueño me vencía y dormitaba, me despertaba buscando a mi
hermana para ver si estaba bien”.
Las muchachas, junto con sus amigos, fueron a misa para llevarle
una veladora a la virgen. Al final, buscaron al sacerdote
para contarle lo sucedido. Él los invitó a orar, a seguir
unidos y a dar la vuelta al capítulo.
“Dios les ha dado una segunda oportunidad, nos dijo el padre.
Y si Él nos trajo de vuelta a la vida, por algo habrá de ser”.
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