Edición 374
9 al 22 marzo de 2010
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Noche de diversión que termina en tragedia

De vuelta a la vida

Renata Chapa

El relato de una joven que vivió el ataque a uno de los bares de Torreón, el 31 de enero, expresa el sentimiento de inseguridad que viven los laguneros ante la creciente ola de violencia.

Como era fin de semana y vimos que ya estaba más calmado lo de la inseguridad, nos pusimos de acuerdo varios amigos para irnos a un bar”. Así comienza el relato de una joven que, a sus 26 años, la madrugada del domingo 31 de enero nació de nuevo. A siete días de haber recibido una segunda oportunidad de vida, aparenta ser fuerte, pero con los ojos cristalinos declara que “apenas le está cayendo el veinte” de lo que le pasó rozando. La de ella es una de las historias de dolor ubicada en el norte de nuestro país donde jóvenes inocentes fueron victimados.

“Queríamos ir a otros lados, pero como nos dijeron que ese fin iba a ser el último que abrirían el bar, nos pusimos de acuerdo y quedamos de vernos allá ocho amigos y yo. Supimos que iba a haber una banda en vivo y más nos animamos a ir. A todos nos gusta la música de banda. Llegamos a las diez de la noche y el bar estaba lleno. Nos dijeron que ya no había mesas. Que sólo estaban disponibles las que estaban pegadas a la calle, al aire libre, pero que en ésas había que comprar el servicio de botella de quinientos pesos. Pero como nosotros no tomamos tanto, ya nos andábamos desanimando. En eso, el mesero nos dijo que nos iba a dar chanza. Que nos sentáramos en esa área. La cola para entrar esa noche al bar daba la vuelta a la esquina. Eran demasiados los que querían entrar”.

La muchacha continúa: “Ya teníamos un rato ahí y se me hizo raro ver a una de mis amigas agüitada. Le pregunté qué le pasaba y me dijo, ‘Cómo que me dio para abajo’. Lo curioso fue que a otras dos de mis amigas también les estaba pasando lo mismo. El lugar estaba a reventar. Había un grupo de música pop tocando y la gente andaba bailando en sus lugares. Los chavos que estaban sentados en la parte pegada a la calle le compraban burritos al señor que siempre se pone ahí afuera”.

Y ya pasada la medianoche, llegó la banda. “Se me hizo raro que sólo tocaran una hora. Para la una y media alistaron todas sus cosas y se fueron. Quién sabe por qué terminaron rápido. Luego nos pusieron música disco y pues, bueno, ahí seguimos. De rato oímos como balazos a lo lejos, pero no pusimos atención. La música estaba fuerte y la gente andaba animada cantando, haciendo ruido.

“No había pasado mucho tiempo cuando volví a oír otro balazo, pero ahora sí muy de cerca. En eso, sentí la mano de una de mis amigas que me jalaba fuerte tirándome hacia abajo. Quedé tendida de lado, apenas atrás de un tubo chiquito. La música cortó. No se oía nada de gritos o gente llorando. Todo estaba callado. Nada más alcanzaba a escuchar botellas de vidrio o vasos que caían al suelo y se estrellaban. Sentía la mano de mi amiga que me apretaba. Comenzamos a rezar. También me acordé mucho de mi mamá. Pensaba en ella. Yo estaba en una posición dolorosa e incómoda, pero no me quise mover. Así estuvimos un rato. Como congelados. Luego se escucharon rechinidos de llantas de varios carros que se fueron yendo. Pasaron dos o tres minutos más en silencio. Nadie ni nada se movía. Hasta que se fueron levantando poco a poco las primeras personas. Y entonces sí comenzaron los lamentos.

“Me levanté como pude y lo primero que vi fue al chavo que estaba enseguida, reclinado en su mesa, muerto. Como pude, agarré las chamarras y bolsas de mis amigas y comencé a caminar por el pasillo para salirme rápido. Ahí estaban tendidos otros cuerpos. Uno de ellos estaba tirado boca abajo. Traía un chaleco negro como el de Ramiro, uno de los amigos que iban con nosotros. ‘¡Ramiro! ¡Ramiro!, le comenzó a gritar, histérico, un compañero del grupo’. Se acercó para voltearlo y reconocerlo, y resultó ser otra persona. ‘Ya no me muevan’, nos dijo este otro chavo. Como pudimos, seguimos caminando, pero yo estaba inquieta porque mi hermana se había ido al baño antes de que comenzara la balacera. Quería ir a buscarla, pero a la vez mis amigos me decían que teníamos que salirnos de ahí. El ambiente era de pánico. Todos estábamos sacados de onda, pero yo quería regresar adentro. En eso, ya en la banqueta, pude ver a mi hermana y las dos corrimos a abrazarnos fuerte, llorando. Ella estaba toda llena de sangre. Me contó que, como estaba en el baño, cuando comenzaron los disparos mucha gente se fue para allá a esconderse. Y cuando pudieron salir, lo hicieron muy rápido, atropellándose. A ella la aventaron y fue a caer encima de uno de los cuerpos caídos”.

Las hermanas y una amiga trataron de reunirse con el resto del grupo. La policía ya había llegado y estaba agazapada en diferentes puntos apuntando al bar. Cerraron la zona. Las muchachas decidieron protegerse debajo de una camioneta. Hasta ahí llegó un muchacho con una herida en la pierna a pedirles el celular. Luego apareció otro, sangrando de un brazo, también a solicitar el teléfono. Ellas no dejaban de ver el frente del bar donde estaban tirados más jóvenes sin vida. Los gritos y el llanto no paraban.

“Nos comenzaron a llegar mensajes al celular de nuestros otros amigos. Gracias a Dios, todos estaban bien y ya se habían ido. Nos decían que nos fuéramos rápido de ahí. Comenzamos a caminar a la cuadra de al lado, pero como idas. Asustadas y llorando. Pasaron unos policías y nos preguntaron si veníamos del bar. No les contestamos y seguimos caminando. Más adelante, otras personas salieron de un salón de fiestas y cuando nos vieron, nos preguntaron qué había pasado. No les contestamos y seguimos caminando.

“Nos encontramos a un amigo que nos ofreció un rait. En el camino nos venía dando ánimos, pero nosotras seguíamos llorando asustadas. ‘No manches. ¿Por qué pasó eso? ¿Por qué si nada más estábamos divirtiéndonos?’, era lo que seguía repitiendo mi amiga.

“Por fin, mi hermana y yo llegamos a casa. No había nadie. Mi papá no vive con nosotras y mi mamá se había ido a cuidar a mi abuelita que estaba enferma. Cuando entramos y cerramos la puerta, mi hermana y yo nos volvimos a abrazar. No dejábamos de llorar. Ella se quitó la ropa y aventó a la basura todo: botas, pantalones, blusa. Me dijo que jamás se le iba a olvidar el momento en que cayó encima de aquel muchacho. Venía toda golpeada, raspada de las rodillas. Yo también estaba muy adolorida. Las dos seguíamos platicando de lo mismo y estremeciéndonos porque a lo lejos se oían rechinidos de llantas y sirenas de patrullas. No pudimos dormir. Eran las tres AM”.

La mamá de las muchachas les llamó por teléfono a las diez de la mañana de ese terrible domingo. Le contaron algo de lo que había pasado y ella fue a encontrarse rápido con sus hijas.

“Cuando vimos que mi mamá entró a la casa, corrimos a abrazarla. No podíamos dejar de llorar las tres y de dar gracias por estar vivas.

“El día siguiente, el lunes, le puse a la tele en la noche. Cuando pasaron la nota de lo que había pasado, volví a llorar y a sentir feo de saber que yo era parte de esa tragedia que todo mundo conoce, pero yo necesitaba comprender qué era lo que había pasado aunque me doliera. Seguí sin dormir varios días porque cada vez que cerraba los ojos veía otra vez las imágenes de los muchachos caídos, la sangre, el miedo. Cuando el sueño me vencía y dormitaba, me despertaba buscando a mi hermana para ver si estaba bien”.

Las muchachas, junto con sus amigos, fueron a misa para llevarle una veladora a la virgen. Al final, buscaron al sacerdote para contarle lo sucedido. Él los invitó a orar, a seguir unidos y a dar la vuelta al capítulo.

“Dios les ha dado una segunda oportunidad, nos dijo el padre. Y si Él nos trajo de vuelta a la vida, por algo habrá de ser”. E4

 
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