El Congreso pagará parte del descrédito histórico que le persigue.
Primero, por su papel de comparsa de la presidencia imperial;
luego, en la alternancia, por no haber estado a la altura
de los anhelos del país ni aprovechar la oportunidad de erigirse
en un poder de auténtico equilibrio. En su lugar optó por
el antagonismo y el encono. La Cámara de Diputados, compuesta
hoy por quinientos representantes; y el Senado, por ciento
veintiocho, se achicarán en la Legislatura que se elijará
en 2012 junto con el futuro presidente.
La animadversión social contra el Congreso federal y su expresión
en los estados, es general. Pero sobre todo lo es contra los
plurinominales, por considerarlos ociosos, onerosos, redundantes.
No se concibe cómo, en un país en las condiciones que el nuestro,
una casta nombrada por burocracias partidistas goce de ingresos
fabulosos, prestaciones y privilegios, mientras millones viven
en la inopia y legiones en el desempleo y en la economía sumergida.
En las encuestas de gobierno y confiabilidad, el Congreso
aparece siempre en el último lugar, seguido por los partidos
y los sindicatos. Y contrario a lo que se cree, la Presidencia
de la República es la cuarta institución mejor calificada,
después del Ejército, la Iglesia católica y la Comisión Nacional
de Derechos Humanos (Excélsior, 22-2-10). El mensaje no admite
interpretaciones equivocadas: las reformas (de Estado, educativa,
electoral, fiscal y laboral) son inaplazables.
Y como el problema del país es político, primero se debate
el tema electoral. En tal circunstancia, unos pugnan por una
presidencia fuerte, que devuelta al país gobernabilidad, acote
al Congreso, repliegue a los gobernadores, amplíe la participación
ciudadana y limite la influencia de los partidos. Otros argumentan
que es el Poder Ejecutivo el que debe someterse al Legislativo.
Para ello debería cambiarse el sistema actual, que es presidencialista,
como lo es también en Estados Unidos y casi en la totalidad
del continente.
Las principales fuerzas políticas coinciden en la necesidad
de eliminar diputados y senadores de representación proporcional
(plurinominales). El PRI, acaso contra su voluntad, propone
reducir su número de doscientos a cien en la Cámara baja y
suprimirlos en su totalidad (veintiocho) en el Senado. La
noticia es buena porque supone una primera victoria ciudadana
sobre estructuras de poder rígidas y en apariencia inamovibles.
Faltan muchas más, que de seguro vendrán, para transformar
al país y ser gobernados por los mejores. |