Edición 374
9 al 22 marzo de 2010
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Triunfo ciudadano
El Congreso pagará parte del descrédito histórico que le persigue. Primero, por su papel de comparsa de la presidencia imperial; luego, en la alternancia, por no haber estado a la altura de los anhelos del país ni aprovechar la oportunidad de erigirse en un poder de auténtico equilibrio. En su lugar optó por el antagonismo y el encono. La Cámara de Diputados, compuesta hoy por quinientos representantes; y el Senado, por ciento veintiocho, se achicarán en la Legislatura que se elijará en 2012 junto con el futuro presidente.

La animadversión social contra el Congreso federal y su expresión en los estados, es general. Pero sobre todo lo es contra los plurinominales, por considerarlos ociosos, onerosos, redundantes. No se concibe cómo, en un país en las condiciones que el nuestro, una casta nombrada por burocracias partidistas goce de ingresos fabulosos, prestaciones y privilegios, mientras millones viven en la inopia y legiones en el desempleo y en la economía sumergida.

En las encuestas de gobierno y confiabilidad, el Congreso aparece siempre en el último lugar, seguido por los partidos y los sindicatos. Y contrario a lo que se cree, la Presidencia de la República es la cuarta institución mejor calificada, después del Ejército, la Iglesia católica y la Comisión Nacional de Derechos Humanos (Excélsior, 22-2-10). El mensaje no admite interpretaciones equivocadas: las reformas (de Estado, educativa, electoral, fiscal y laboral) son inaplazables.

Y como el problema del país es político, primero se debate el tema electoral. En tal circunstancia, unos pugnan por una presidencia fuerte, que devuelta al país gobernabilidad, acote al Congreso, repliegue a los gobernadores, amplíe la participación ciudadana y limite la influencia de los partidos. Otros argumentan que es el Poder Ejecutivo el que debe someterse al Legislativo. Para ello debería cambiarse el sistema actual, que es presidencialista, como lo es también en Estados Unidos y casi en la totalidad del continente.

Las principales fuerzas políticas coinciden en la necesidad de eliminar diputados y senadores de representación proporcional (plurinominales). El PRI, acaso contra su voluntad, propone reducir su número de doscientos a cien en la Cámara baja y suprimirlos en su totalidad (veintiocho) en el Senado. La noticia es buena porque supone una primera victoria ciudadana sobre estructuras de poder rígidas y en apariencia inamovibles. Faltan muchas más, que de seguro vendrán, para transformar al país y ser gobernados por los mejores.
 
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