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El discurso
del titular de la Secretaría de Defensa Nacional (Sedena),
general Gabriel Galván, el 9 de febrero, con motivo del 97
aniversario de la Marcha de la Lealtad, encendió la mecha.
La máxima autoridad militar del país (sólo por debajo del
presidente) urgió a aprobar las reformas integrales para consolidar
ese bienestar colectivo que todos exigen. Claramente se refirió
a la convocatoria presidencial, la cual no es utopía, sino
compromiso histórico.
Las reacciones no se hicieron esperar. Periodistas como Carmen
Aristegui y legisladores del PRI y el PRD, como Pedro Joaquín
Coldwell y Alejandro Encinas, se dijeron indignados por la
intromisión del Ejército en la vida política del país y recordaron,
a modo de advertencia, los años de la guerra sucia.
Otros sectores defendieron al general con el argumento de
que las fuerzas armadas son las únicas que sí hacen algo para
contrarrestar la violencia que domina al país, mientras el
Congreso y gobernadores se encargan de obstaculizar al presidente.
Lo cierto es que, más allá del acierto o desliz del secretario
de la Defensa, su discurso responde a la descomposición que
vive el país por el recrudecimiento de los crímenes en territorio
nacional, en tanto los políticos siguen sin hallar la puerta
de salida a la grave situación.
Mientras el Gobierno federal se jacta de avanzar en la guerra
contra el narcotráfico y el Congreso difunde las escasas leyes
que ha impulsado para mejorar el sistema de seguridad pública,
en las calles la violencia del crimen organizado empeora y
agota la paciencia ciudadana.
La presión social alcanzó su punto más alto tras los recientes
ataques contra jóvenes en diferentes partes del país (Juárez
y Torreón) y empuja al partido del presidente (Acción Nacional)
hacia afuera de Los Pinos.
Ante esta situación, el presidente Felipe Calderón apuesta
todo por sacar las reformas que necesita el país y así salvar
su imagen, pero lo hace sin ánimo de negociar y advirtiendo
a través del Ejército las consecuencias de no aprobarlas.
Convendría identificar a los “detractores de México” que el
general secretario aludió en su discurso de la Marcha de la
Lealtad. El mensaje de la efeméride es indubitable. Quizá
la mayoría los tenga en mente. ¿Son los mismos a quienes la
Presidencia acusa de obstaculizar sus reformas?
La propuesta de Calderón incluye dos iniciativas en materia
de procuración e impartición de justicia, entre ellas un código
penal único y autonomía del Ministerio Público de la Federación.
Pero la presión social no sólo salpica a los políticos y al
Ejército (que además de poner los muertos se debilita al participar
en una guerra que, para muchos, es ajena sus funciones), sino
a otros actores sociales como la Iglesia, a la cual se acusa
de no exigir seguridad con demasiada firmeza, además de haber
recibido complacientemente los diezmos de sus feligreses narcotraficantes
(Arturo Arango, especialista en seguridad, dixit).
Será por eso que el Episcopado Mexicano no sólo empieza a
endurecer su reclamo de seguridad, sino que igual recapacita
sobre sus errores. “También quienes representan a la Iglesia
han fallado en su tarea evangelizadora, que se ha limitado
a cumplir con los rituales y que incluso su lenguaje está
rebasado por la realidad”, admitió el obispo de Nuevo Laredo,
Gustavo Rodríguez Vega a nombre de la conferencia eclesiástica
que agrupa a tres cardenales y a ciento cincuenta y un obispos,
para quienes el crimen organizado no sólo es un problema de
seguridad sino de “salud pública”.
En ese sentido, surgen voces como las del escritor Carlos
Fuentes. El autor de La cabeza de la hidra propone despenalizar
paulatinamente las drogas para golpear a los carteles del
narcotráfico en su economía. El ex diplomático asegura que
el Estado no puede ganar la guerra contra el crimen organizado
con una lucha frontal, algo que también ha advertido César
Gaviria, ex presidente colombiano.
Gaviria criticó la estrategia anti-narco mexicana y advirtió
que la lucha contra los carteles no es un combate frontal
y abierto, sino “de grupos reducidos de contrainteligencia
de Estados Unidos, de grupos muy bien entrenados por norteamericanos,
ingleses e israelíes”.
El ex presidente de Colombia sabe de lo que habla, por eso
sus presagios son aún más funestos: “Todavía vamos a tener
muchos muertos a medida que el país aprende a luchar contra
el narcotráfico”.
Sin embargo, al presidente se le acaba el tiempo. La presión
social crece y la ciudadanía exige resultados, ahora.
Estrategias militares
La masacre de
jóvenes en Ciudad Juárez y Torreón fue la gota que derramó
el vaso, pues evidencia deficiencias en el trabajo de inteligencia
de las corporaciones de seguridad pública y militar, así como
limitaciones en la estrategia calderonista, que a decir del
ex presidente de Colombia es errónea.
De visita en Monterrey, Gaviria habló sobre las experiencias
de su país en el combate contra las drogas y advirtió que
la guerra se hará más cruenta. “En Colombia llegamos hasta
el extremo de tener jueces secretos, testigos secretos, cosas
que se ven muy extremas, pero que tocó hacer en cierto momento.
Los italianos lo hicieron y en algún momento México va a tener
que pensar en eso”.
Gaviria dice que México tiene capacidad para exigir a Estados
Unidos que “en vez de gastar cuarenta mil millones de dólares
para seguir metiendo gente a la cárcel, debería tal vez dedicarlos
a apoyar educación y salud”.
Acepta que la reacción instintiva de Felipe Calderón, para
enfrentar a los cárteles, fue la correcta ya que “los colombianos
nos descuidamos; miramos para otro lado muchos años y cuando
menos pensamos (el narcotráfico) puso en jaque el país, las
instituciones y la democracia y mató a dos candidatos presidenciales”.
Pero le recomienda al presidente que en lugar discutir sobre
los montos de los apoyos financieros, como los del Plan Mérida,
debe pedir ayuda en materia de inteligencia, de entrenamiento
y equipo.
César Gaviria es claro: México debe exigir que Estados Unidos
adopte un papel más protagónico en este combate que ya se
está volviendo largo.
Sin embargo, el ex presidente de la OEA (1994-2004) olvida
que el apoyo estadounidense a su país ha derivado en la instalación
de bases militares que amenazan no sólo su soberanía, sino
la de sus vecinos.
Armas y dinero
El combate al
narcotráfico tiene dos frentes: el de las armas y el económico.
En el primero, el crimen organizado lleva ventaja, no sólo
por el poderío y alcance de su arsenal —equiparable al del
Ejército—, sino porque siembra el terror con gente que no
tienen nada que perder, ya que sus miembros vienen de un sistema
social deteriorado que los excluye y condena a la pobreza.
En el frente económico, el Estado tiene manera de ganar: atacando
los recursos de los carteles. La despenalización de las drogas
—que Fuentes y otros escritores como Mario Vargas Llosa proponen—
no sólo cortaría las venas financieras del crimen organizado,
sino que ayudaría a controlar la cantidad y calidad en el
consumo, lo que podría convertirla en instrumento de salud
pública.
Fuentes se pronunció a favor de este método, pues hay que
“buscar otras maneras” de luchar contra el crimen organizado
porque “usted mata un narco, surgen dos; mata dos, surgen
tres; mata tres y surgen seis, etcétera”. El escritor afirma
que en el ataque frontal, el narcotráfico “lleva las de ganar”,
por lo que al legalizar las drogas el negocio dejaría de ser
lucrativo.
Sin embargo,
una legislación de este tipo encontrará muchos obstáculos
en un país conservador y poco funcional como México.
Por un lado, la Iglesia pondría el grito en el cielo, como
lo ha hecho con la posibilidad de legalizar el aborto, las
uniones matrimoniales entre homosexuales y otras legislaciones
que apuntan a reducir riesgos de salud pública y a salvaguardar
derechos fundamentales del hombre. En casos concretos, el
ser buen cristiano puede evitar algunos males como los embarazos
no deseados o los contagios de SIDA, pero como política sanitaria
ya ha demostrado su fracaso.
Por otro lado, implementar un sistema en el que el gobierno
sea el encargado de producir y vender las drogas, requiere
no sólo inversiones millonarias, sino una transparencia muy
lejana a la triste realidad de corrupción del México de ayer
y hoy.
Además, aunque el consumo de drogas en México va en aumento,
el narcotráfico no se nutre principalmente de él, sino que
se beneficia con el consumo al otro lado de la frontera. En
esta situación, vale la pena buscar alternativas. Pero como
Gaviria dice, México debe exigir más colaboración de Estados
Unidos, principal responsable de la prosperidad del negocio
del narcotráfico. E4
Las reformas en
materia de seguridad
El paquete de
iniciativas del presiente Felipe Calderón abarca varios objetivos
en materia de procuración e impartición de justicia, tales
como:
» Modificar la Constitución
para promulgar un Código Penal Único en todo el país, con
lo cual se pretende eliminar las inconsistencias y vacíos
en las legislaciones locales y federales.
» Establecer procedimientos para
que la autoridad judicial pueda decretar la extinción de dominio
de aquellos bienes que son instrumento, objeto o producto
de las actividades de la delincuencia para que pasen a poder
del Estado.
» Dotar de facultades de investigación
a la Policía Federal, así como modificar la Ley Orgánica de
la PGR para reconocer la autonomía del Ministerio Público
de la Federación en los ámbitos técnico y funcional.
» Reformas al artículo 123 Constitucional,
para que las policías y agentes del MP puedan ser removidos
libremente de sus cargos.
» Nuevas reglas en los procesos
relacionados con el crimen organizado, con el objetivo de
otorgar mayor protección a víctimas, testigos y denunciantes.
» El establecimiento de reglas
para el dictado de órdenes de arraigo en los casos de delitos
graves y delincuencia organizada, así como para la realización
de cateos que permitan mayor efectividad en la investigación.
E4
¡Ya basta!: la
voz del hartazgo
La presión social
aumenta proporcionalmente a los grados de violencia. Las masacres
de jóvenes en Ciudad Juárez y Torreón superaron los límites
de la imaginación y pusieron a México en las primeras planas
de los periódicos del mundo.
Ante esta situación, la gente se indignó y volvió a salir
a las calles. Sin embargo, el temor a las represalias es tanto
que en Torreón, lo que debía ser una cadena humana de tres
mil personas para exigir un alto a la violencia, terminó siendo
una marcha de tan sólo unas decenas.
Esto, a pesar de que el alcalde de Torreón, Eduardo Olmos,
había garantizado la seguridad de los participantes y de que
la red social que se conformó en la web para convocar a la
manifestación sumaba más de veinticinco mil adherentes, de
los cuales unos tres mil habían confirmado su asistencia.
El miedo fue más fuerte.
Otra marcha, también organizada en Facebook, tuvo más éxito.
En Ciudad Juárez, cerca de dos mil manifestantes se unieron
a la marcha “Coraje, Dolor y Desagravio por Juárez”. La manifestación
fue encabezada por María Dávila, quien perdió a dos de sus
hijos en la agresión del fraccionamiento Villas de Salvárcar,
el 31 de enero. La misma que increpó al presidente.
A diferencia de las habituales prendas blancas, los manifestantes
de Juárez vistieron ropas de color negro para expresar su
luto, y en el Puente Internacional conocido como “libre” se
tiraron al piso por cinco minutos, simulando a los fallecidos
que ha dejado la delincuencia organizada.
Gobernantes non
gratos
El asesinato
de quince jóvenes en Ciudad Juárez no sólo despertó un sentimiento
de impotencia por la impunidad con la que el crimen organizado
opera en la frontera, sino también por el desatino de anticipar
que las ejecuciones fueron producto de un pleito entre pandillas.
Acorralado por la presión social, el presidente decidió dar
la cara e ir a Ciudad Juárez cuando la masacre aún estaba
“fresca”. Una actitud loable, pero extremadamente riesgosa,
como quedó en claro con las protestas que mancharon la visita
y deterioraron aún más la imagen presidencial.
El gobernador de Coahuila, Humberto Moreira, ya le había advertido
al presidente que eligiera bien sus asesores, quienes lo querían
traer al estado en vísperas de un aniversario de la tragedia
de Pasta de Conchos. El presidente habría replicado que Coahuila
es también México y que en dos ocasiones el mandatario local
había evitado su presencia en el estado.
Esta vez no sólo fueron los asesores del Ejecutivo federal
los que se arriesgaron, sino el mismo Felipe Calderón, quien
envió al secretario de Gobernación a tratar de calmar a los
manifestantes, que previamente se habían enfrentado con la
policía antimotines. Sucedió lo inevitable: Gómez Mont fue
agredido cuando contestó los insultos con un “tengo las manos
limpias”.
Finalmente, Calderón presentó el Plan Integral Ciudad Juárez,
acompañado por el gobernador de Chihuahua, José Reyes Baeza,
y el presidente municipal, José Reyes Ferriz.
Según indica el periodista José Contreras, del periódico “La
Crónica de Hoy”, de poco sirven la visita del presidente y
la iniciativa del gobernador, de trasladar los poderes a esa
convulsionada ciudad, si el responsable del gobierno de la
misma (el alcalde) no hace lo que le corresponde”.
“De acuerdo con un informe del Sistema Nacional de Seguridad
Pública, el municipio de Ciudad Juárez recibió durante el
2009, 95 millones de pesos correspondientes al Subsidio para
la Seguridad Pública Municipal (Subsemun), los cuales no ejerció.
El año pasado, según las cifras de la Procuraduría General
de Justicia de Chihuahua, hubo dos mil 650 asesinatos de alto
impacto, lo que representa un 40 por ciento más que el año
anterior.
Otras fuentes consultadas apoyadas con un recuento hemerográfico
permiten hablar de tres mil 14 ejecuciones en Ciudad Juárez,
en el año en que el alcalde no ejerció los recursos que le
dio la Federación. E4
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