|
Puede ser lineal
y con recovecos caprichosos, pero pareciera que en México
la historia insiste en ser cíclica. Lo cierto es que más allá
de las coincidencias en las fechas, la llegada del tan esperado
2010 está obligando a una reflexión profunda sobre la situación
que atraviesa el país y cuánto se ha avanzado a doscientos
años de la independencia y cien de la revolución.
Analistas, historiadores, periodistas, ciudadanos y hasta
políticos coinciden en señalar que muchas de las condiciones
que propiciaron las rebeliones de 1810 y 1910 están aún presentes:
alta concentración de la riqueza, grandes masas en la pobreza,
descontento social con la clase gobernante, crisis institucional
y grave deterioro de la economía, entre otras, a las que ahora
habría que sumarle el narcotráfico.
Sin embargo, existe una notable diferencia entre la sociedad
de hoy y la de aquellos tiempos: el nivel educativo, que aunque
con cifras vergonzosas en cobertura y calidad, es mucho mayor
en comparación con los altos grados de analfabetismo de hace
uno y dos siglos. En esta diferencia reside quizá la mayor
esperanza de que el cambio sea pacífico, democrático.
Los movimientos ciudadanos independientes que empezaron a
cobrar auge en las elecciones de 2009 representan el camino
legal, aunque corren el riesgo de debilitarse o ceder sus
demandas a actores políticos. Por ejemplo, el paquete de reformas
electorales de Felipe Calderón, que se apropia de demandas
del movimiento a favor del voto nulo, es visto por el Consejo
Ciudadano Permanente como una jugada del presidente para fortalecer
su deteriorada imagen presidencial.
Por otro lado, muchas demandas campesinas de los estados más
pobres —Oaxaca, Chiapas, Guerrero— suelen ser canalizadas
por grupos afines a López Obrador, que de esa manera logra
sobrevivir, a la vez que hunde a la izquierda en una de sus
peores crisis.
Pero tampoco se pueden descartar movimientos armados. Al contrario,
el diálogo roto entre el Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN) y el gobierno, y la persistente condición
de pobreza en el estado más marginado del país, dejan la puerta
abierta para un nuevo levantamiento, principalmente de las
masas indignadas que todavía ven en el subcomandante Marcos
un líder capaz de reivindicar los derechos de justicia, tierra
y democracia.
El Centro de Inteligencia y Seguridad Nacional (Cisen) y la
Secretaría de Defensa Nacional (Sedena) están más preocupados
por grupos armados más radicales que no alcanzan la madurez
de los zapatistas, como el Ejército Popular Revolucionario
(EPR) o el Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI),
que operan principalmente en Oaxaca y Guerrero, y que han
manifestado la intención de desplegar una insurgencia armada
este año. Las autoridades militares mencionan también a las
Fuerzas Armadas Revolucionarias del Pueblo (FARP), el Comando
Magonista y los Jaramillistas, entre otros.
A estos grupos habría que sumar a anarquistas radicales como
la Brigada de Acción Simón Radowiski, que ya se ha adjudicado
atentados con explosivos en el Estado de México en los primeros
días de 2010.
Los retos
del país
Podría decirse que las condiciones nunca han dejado de existir,
que las revoluciones han servido para instalar tiranos aún
peores de los que combatieron, que la lucha de la independencia
comenzó como una jugada política y no como un movimiento popular,
que la revolución pudo darse por la existencia de un régimen
que buscaba perpetuarse en el poder, que hoy la sociedad mexicana
es conformista y tiene los gobernantes que se merece.
Puede ser, pero más allá de las similitudes históricas, las
deficiencias de la nación saltan a la vista.
Las cifras son contundentes: el Consejo Nacional de Evaluación
de la Política de Desarrollo Social (Coneval) señala que 47.2
millones de mexicanos, casi la mitad del país, viven en pobreza.
En 2008, según el Coneval, 77.2 por ciento de la población
presentaba al menos una carencia social y 30.7 tres o más.
El 64.7 por ciento carecía de seguro social y 40.7 de servicios
de salud. El 21.7 por ciento presentó rezagos educativos y
21.6 no tuvo acceso a la alimentación.
En 2009, por efectos de la recesión, la situación habría empeorado,
con casi un millón más de desempleados, treinta mil niños
fallecidos por enfermedades prevenibles, seis millones de
analfabetos y más de un millón y medio de agricultores que
trabajan sólo para sobrevivir.
Para paliar la problemática, el país ocupa uno de los últimos
vagones, con inversiones menores a las de Brasil en todos
los rubros. En salud, el gasto equivale a 2.9 por ciento del
Producto Interno Bruto (PIB), de acuerdo con datos de la Comisión
Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), mientras
que Argentina y Brasil destinan 4.58 y 4.92 por ciento, respectivamente.
En el plano educativo, Brasil destina 4.87 por ciento de su
PIB y Argentina 5.07 por ciento, mientras que México alcanza
apenas el cuatro. En ciencia y tecnología la inversión no
alcanza siquiera uno por ciento, lo que por ley debió ocurrir
hace más de tres años.
El gobierno destina anualmente 240 mil millones de pesos al
campo y 40 mil millones para el combate a la pobreza. Pero
la miseria no sólo se mantiene, tanto en zonas rurales como
urbanas, sino que crece de forma gradual.
Informes de la Auditoría Superior de la Federación muestran
que el país invierte sólo 2.2 por ciento del gasto total en
infraestructura para escuelas primarias y secundarias, cuando
el promedio sugerido por la ONU es mayor a ocho por ciento.
Una inversión dos veces más grande produciría un crecimiento
económico tres o cuatro veces mayor al que ahora se registra.
Los indicadores de la CEPAL señalan que en 2003 se alcanzó
el punto máximo de inversión, con 4.1 por ciento del PIB;
en 2004 cayó a 3.7 y en 2005 fue de cuatro, una tendencia
que habría continuado en estos últimos años.
El Programa de la ONU para el Desarrollo concluye que la base
educativa es quizá la inversión que más garantiza un mejor
futuro para cualquier país. Con seis millones de iletrados
y una tasa de deserción de cuarenta por ciento en bachillerato,
México parece condenado a la pobreza.
La
hora de los ciudadanos
Ante el fracaso y el oportunismo de la clase política, la
sociedad organizada es la única esperanza. Si no ¿en quién
confiar? ¿En un Congreso que se representa así mismo? ¿En
un Poder Judicial tibio y venal? ¿En un PRI que insiste con
volver al corporativismo de antaño? ¿En un PAN que desperdició
la oportunidad histórica de construir un nuevo país? ¿En un
PRD que se descuartiza aún sin haber llegado al poder? (Si
López Obrador y sus rivales amarillos hundieron al partido
en sólo tres años, es fácil imaginar lo que hubieran hecho
con la riendas del país).
El levantamiento armado de los zapatistas en 1994 ganó apoyo
popular sin precedente, dentro y fuera del país, pero cercado
por un gobierno de doble rostro tuvo que replegarse y confinar
el proyecto de país a una treintena municipios chiapanecos
que se convirtieron en autónomos y que aún hoy tienen mejores
avances que el resto de los ciento dieciocho ayuntamientos
del estado. Con el tiempo y la ayuda de los medios, la imagen
del movimiento pareciera haberse congelado y perdido su base,
aunque en Chiapas y en el extranjero nunca dejó de estar vigente.
La sociedad también desconfía de los grupos radicales como
el EPR y las brigadas anarquistas, porque no conoce o no entiende
sus ideales, y sobre todo porque teme a la mano del narco
que pareciera estar detrás de todos los grupos armados, reconocidos
o no. También recela de los sindicatos y sus líderes charros,
y de una Iglesia católica empecinada en detenerse en el tiempo.
La única salida parece ser la recuperación de espacios de
decisión perdidos, por parte de la sociedad. La tarea es gigantesca
y los peligros de no conseguir un proyecto de nación aglutinante
amenazan con desvirtuar los movimientos ciudadanos auténticos.E4
El EZLN
cierra la puerta al gobierno y genera alerta.
En Chiapas persisten las condiciones para un levantamiento
armado: PRD
El mensaje de
los zapatistas al gobierno el primero de enero fue claro:
no hay diálogo posible en las actuales condiciones. La reintegrada
Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa) del Congreso
de la Unión estuvo en Chiapas para reanudar un diálogo con
los zapatistas, pero sólo encontró silencio.
Contrario a lo que ocurre cada año para celebrar el levantamiento
armado de 1994, los caracoles zapatistas cerraron sus puertas
no sólo a los representantes del gobierno, sino al público
en general. Desde tiempo, todos aquellos que deseen acercarse
a los centros donde se informa sobre la lucha zapatista, deben
presentar identificaciones oficiales y quedan asentados en
un registro del Comité de Vigilancia. La entrada a la prensa
está terminantemente prohibida.
Los representantes de la Cocopa llegaron a la entidad para
establecer un diagnóstico de la situación y la búsqueda del
restablecimiento del diálogo negociador, pero sólo pudieron
reunirse con el gobernador Juan Sabines Guerrero, el obispo
de San Cristóbal de las Casas, Felipe Arizmendi Esquivel y
representantes de organismos de derechos humanos.
El diputado José Narro Céspedes señaló que en la ronda de
conversaciones se enfatizó la necesidad de reanudar el diálogo,
orientado a los acuerdos para combatir la pobreza y la marginación,
que originaron el conflicto. El perredista afirmó que se mantiene
la voluntad política para resolver los problemas estructurales
de la región.
Señaló que la ley de los derechos indígenas para Chiapas,
aprobado hace pocos días por la LXIII Legislatura local, es
positiva y abona al diálogo, porque reúne parte de las demandas
de los Acuerdos de San Andrés Larráinzar. Según el Congreso
estatal, el nuevo marco se funda en el respeto a las diferencias
culturales, los usos y costumbres indígenas y en sus demandas
de desarrollo. La Cocopa realizará una reunión de evaluación
de su visita a Chiapas en el Senado, y prometió volver a finales
de mes.
Pero las condiciones de hambre, miseria y enfermedades en
Chiapas, que hace dieciséis años generaron la irrupción del
EZLN, aún prevalecen por la falta de respuesta a las demandas
indígenas. En entrevista con La Jornada, Domingo Rodríguez
Martell, integrante de la Comisión de Asuntos Indígenas, señaló
que poco se ha avanzado en el diálogo entre las autoridades
del gobierno federal y las etinas de aquella región, por lo
que es necesario comprometer a la federación a cumplir con
los acuerdos de San Andrés Larráinzar.
Rodríguez Martell, fundador de la radiodifusora indígena XANT,
“La voz de las huastecas”, dijo que los pueblos chiapanecos
aún consideran el neoliberalismo como su principal enemigo,
que atenta no sólo contra sus usos y costumbres, sino también
contra la naturaleza, su hábitat, la cual es destruida. El
legislador perredista plantea que la indiferencia a las necesidades
de los pueblos de Chiapas “sólo podrá ser sacudida con un
nuevo levantamiento, que podría ser de cualquier índole, aunque
no necesariamente armado”.
El Estado gana
terreno
“En 1810 fue Hidalgo, en 1910 Zapata, en 2010 será el subcomandante
Marcos”, dice Jorge, indígena cho’l de un ejido zapatista
de Salto de Agua.
En este ejido, que se declaró autónomo tras el levantamiento
de 1994, la mayoría de las familias solían considerarse zapatistas,
es decir no recibían ni pagaban nada al gobierno, pero en
los últimos años la llegada de los programas sociales federales
ha cambiado la proporción y ahora sólo algunos escasos grupos
familiares siguen completamente fieles a la causa. Los demás
han tomado las ayudas sociales como “Piso Firme”, “Techo Firme”
o el sustento económico de “Oportunidades”, que no supera
los setecientos pesos mensuales, y sus hijos concurren a la
escuela oficial donde sólo se enseña en español, a pesar de
que el cho’l es la primera lengua de la comunidad.
El gobierno federal gana terreno, aunque muchos coinciden
en que un nuevo levantamiento sería más grande y sangriento.
Probablemente los adultos se sumarían a la causa, añade Jorge.
Lo cierto es que la desaparición de la comandancia zapatista
de la escena pública genera expectativas encontradas. Unos
señalan que el movimiento se prepara para un nuevo alzamiento
y posibles alianzas con grupos armados. Otros dicen que la
posición es de cautela. No desea que se le relacione con actos
de violencia provocados por frentes ajenos, principalmente
el crimen organizado, al cual las autoridades insisten en
vincular con la guerrilla.
Los zapatistas parecen haberse replegado desde la finalización
de “la otra campaña”, iniciada por el EZLN en 2005 para reagrupar
los movimientos sociales del país con reclamos similares,
y suspendida en varias ocasiones por la represión en Oaxaca
en 2006 y de Atenco en 2007.
El último acto público fue el Primer Festival de la Digna
Rabia, realizado en los últimos días de 2008 y los primeros
de 2009 en diferentes etapas: Ciudad de México; San Cristóbal
de las Casas y Oventik, Chiapas. Allí el subcomandante Marcos,
además de condenar la incursión israelí en territorio palestino
y la represión de las manifestaciones ciudadanas en Grecia,
arremetió contra López Obrador, a cuyo movimiento acusa de
hostigar a las comunidades indígenas del estado.
También señaló que las condiciones que dieron origen al movimiento
siguen en pie y destacó los avances de los municipios autónomos
en comparación con las demás comunidades del estado. Meses
antes, el EZLN había denunciado una nueva embestida a las
comunidades indígenas por parte del gobierno, señalando que
se sentía en el aire “el fétido olor a guerra”.
Y aunque el gobierno perredista de Juan Sabines Guerrero dice
no estar en alerta, ya que “respeta al movimiento zapatista
en el marco de la democracia”, extrema la vigilancia y patrullaje
policial en los principales destinos turísticos del estado.
En Chiapas, las condiciones para un movimiento armado prevalecen.
Según los últimos datos de Coneval, 76.7 por ciento de la
población, en su mayoría indígena, vive en condiciones de
pobreza. E4
|