El temor de los gobiernos autoritarios y cerrados es que se
les contraste con estados libres y democráticos. Mientras
no exista comparación, las cosas funcionan más a menos a la
medida de sus deseos, pues disponen de la fuerza para reprimir
cualquier disidencia. A pesar de que México se abrió al mundo
en las últimas décadas, su clase gobernante mantiene muchos
de los esquemas rígidos del pasado, sobre todo en materia
económica y política, lo que explica en parte su rezago aun
frente a países equivalentes.
Sergio Fajardo cobró notoriedad en México —la cual le precedía
ya desde Colombia— por la conferencia que dictó en el Instituto
Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey el año pasado.
Ante profesores, alumnos y empresarios, narró sus experiencias
como alcalde de Medellín en el período 2004-2007. Respaldado
por una gestión exitosa, ahora aspira a la Presidencia, más
allá de lo que el Tribunal de Justicia decida sobre la elección
de Álvaro Uribe para un tercer mandato. Colombia ha ganado
respetabilidad en el mundo por el esfuerzo de su pueblo y
el liderazgo de Uribe, mientras Venezuela empieza apenas a
pagar la borrachera de poder del dictadorzuelo Hugo Chávez.
Fajardo es científico —doctor en matemáticas—, no político,
y como tal demostró que cuando se gobierna con decisión, claridad
de miras, honradez y transparencia, es posible transformar
aun las comunidades más complejas. En su caso, convirtió a
una de las ciudades más violentas y desprestigiadas del planeta
—por efectos del narcotráfico y la corrupción de los partidos
y las autoridades— en una capital segura y, aún más importante,
con esperanza. Varios proyectos de su administración obtuvieron
premios internacionales.
Para recuperar Medellín, Fajardo empezó por volver confiable
la política, de la única manera que es posible hacerlo: con
congruencia entre las palabras y los actos, entre la prédica
y el ejemplo, sin negociar con crimininales ni renunciar al
ejercicio del derecho. Pero tampoco sin criminalizar a los
grupos que por su condición social suelen ser condenados a
la marginación y no pocas veces empujados al delito. Mediante
la aplicación íntegra y rigurosa del presupuesto, dotó a niños
y jóvenes de instalaciones semejantes a las que sólo tenían
acceso los sectores más pudientes.
Ante un público entre entusiasmado y atónito por lo que escuchaba,
Fajardo identificó lo que envilece la política, aleja a los
ciudadanos de las urnas e impide dar los pasos que él consiguió
en Medellín: “… de la forma en que se llega al poder, así
es como se hace la gestión pública. El que paga para llegar,
llega a pagar y paga con los recursos públicos. Esa es la
corrupción, la politiquería, el clientelismo. Son la raíz
que nos ha hecho tanto daño”. En México necesitamos líderes
como él y ciudadanos como los de Colombia. Cuando los tengamos
y lo seamos, podremos cortar de raíz nuestros problemas más
profundos. Sólo entonces. |