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Edgar London
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  Fue en el blog de Manu de Ordoñana donde reencontré una palabra que creía extinta, al menos en el ámbito literario: prescriptor —que, curiosamente, no forma parte de las páginas del Diccionario de la Real Academia Española, aunque sí su versión verbal: prescribir—. Se trata, en esencia de una suerte de gurú o consejero de las letras que, hasta hace relativamente poco tiempo, servía de guía para los lectores en la inevitable tarea de seleccionar un título para disfrutar.

Otra vez la tecnología carga con la culpa de que tan curioso oficio prácticamente haya desaparecido. Apunta Manu que «con la revolución informática han surgido otras formas de aconsejar el consumo de productos literarios: los blogueros, las revistas digitales y la opinión que los usuarios pueden subir a la red, una fuente de información que poco a poco se va imponiendo en la cultura de nuestra sociedad».

Vale la oportunidad para destacar que, a diferencia de un prescriptor literario, ese cúmulo de información no siempre cuenta con un respaldo cognitivo medianamente capaz. En otras palabras, podemos encontrar verdaderas idioteces para justificar por qué tal o más cual libro ha de formar parte de nuestra biblioteca personal.

Sin embargo, la otra cara de la moneda apunta al democrático ejercicio que provee la red de redes, donde cualquiera posee idéntica oportunidad que su prójimo para dar a conocer tal o más cual opinión. Antiguamente, el prescriptor contaba con un espacio envidiable (y privativo), ya sea en un periódico, revista, radio… en fin, podía presumir la gracia de tener a su disposición un recoveco en algún medio de comunicación, mismo que le servía de palestra pública para hacer valer su criterio.

Es verdad que se agradece la facilidad para expresarnos en Internet, se lamenta, en cambio, la frecuente ausencia de sustento para dichas expresiones. Si para colmo, críticas y reseñas se convierten en producto de mercadeo, tanto peor habrá de irle al lector promedio. Aceptemos un axioma inalienable. Las opciones de lectura se multiplican, pero el tiempo se mantiene perpetuo. Si queremos salvar felizmente esta ecuación necesitamos de una luz que atraviese la desdicha de las elecciones. Por el boquete, recién abierto, encontraremos el título sugerido.

Pero, ¡uf!, denuncia Manu que «comenzaron a aparecer agencias que ofrecían a autores y editores la colocación en las librerías online de comentarios favorables a libros concretos, incluyendo paquetes de 20 reseñas por 499 dólares».

Entonces, ¿a quién creerle? ¿Acaso a las estrellitas que adornan la parte superior del título referenciado? ¿A los pulgares levantados en sempiterno «Me gusta»? Curiosa era la que nos ha tocado vivir, donde todo el mundo opina y, la verdad, entre tanta palabrería, se hace aún más esquiva.

 
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