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Edgar London
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  No revelaré su nombre, por supuesto. Aunque, sin duda, él encontrará estas líneas y se reconocerá como obvia referencia. Es periodista salido de la última hornada. Pero no por vocación comunicacional, ni siquiera por línea academicista. Sí, en ese orden lo anuncio porque considero más importante la necesidad de expresarnos por voluntad que la obligación de hacerlo porque un título universitario así lo amerita. Es periodista por sobrevivencia. Me explico a continuación.

Lo conocí en calidad de escritor de ficciones. Y una calidad prometedora. De esas promesas que, sabemos, se van a cumplir más temprano que tarde, no de las otras, que salen de la boca de funcionarios para satisfacer la premisa de un discurso de ocasión, cuando se dedica un espacio a un novel aspirante a escribidor —diría Vargas Llosa— o un crítico que satisface las vanidades de un amigo, del hijo de un amigo, quizás de la amante en ciernes, ya sabemos cómo es la cuestión. Que si algo emula a la corrupción política, es la descomposición de la farándula.

Ahora bien, este joven ha comenzado a hacer sus pininos en los medios de comunicación informativos y, al enterarme yo de la primicia, le doy la bienvenida como corresponde en estos tiempos. O sea, un mensaje en redes sociales y una invitación a un trago.

Cuál no sería mi sorpresa al recibir una respuesta en privado donde me confiesa, más avergonzado que angustiado, la razón de su imprevisto derrotero. “Tampoco es para celebrar”, me escribe, luego de otras muchas líneas que buscan sustentar sus motivos, “pero publicando poemas y cuentos me moriré de hambre”. Luego advierte que ya es responsable de una familia y se ha visto en la urgencia de trocar sus sueños por un plato de comida.

El contexto es harto conocido y sucede en todos los ámbitos profesionales. La peor pandemia de nuestro tiempo, no es el calentamiento global ni el peligro de una guerra nuclear, es el condicionamiento forzado de nuestra vida para asumir una existencia que nos es adversa, en pro de un medio que termina convirtiéndose en un fin: capital.

En teoría, el dinero se ha utilizado siempre como instrumento común para alcanzar el precio de un bien determinado. Huelga decir que el valor del dinero no radica en el billete que lo representa. Así fuera un lingote de oro, el axioma no cambia. No podemos tragarnos un pedazo de metal. ¡Ah!, pero sabemos que con ese billete podemos alcanzar un fin que sí nos satisface. Un bocado exquisito para nuestro paladar, por ejemplo. La pregunta, entonces, es ¿cuánto valen nuestros sueños?

Miremos alrededor y, si realmente somos valientes, observémosnos a nosotros mismos. ¿Por qué vamos a trabajar? ¿Nos gusta lo que hacemos o lo hacemos por algo que nos gusta? ¿Cuántos tragos amargos soportamos a diario para asir esa meta unipersonal que, en el caso de este joven periodista improvisado, se trataba de publicar libros y vivir de los mismos?

Entiendo su posición. Su mejor pieza de cambio es concatenar palabras. Pero ya aprendió —a las malas, que es como mejor se aprende— que una cosa es crear historias y otra, muy diferentes, publicarlas. Por no decir, venderlas. Intentó encontrar un espacio en centros docentes para agenciarse una plaza de maestro, así fuera de medio tiempo, y no lo logró. Muy joven, le dijeron. Probó suerte con las instituciones culturales. Una beca, tal vez… un premio… un taller… cualquier subterfugio para el que se sentía capacitado y que le aportara lo mínimo indispensable con qué llenar los estómagos en su casa. Nada. Las becas, los talleres y no es descabellado que hasta los premios, ya tenían nombre y apellidos aun antes de que fueran convocados. Practicó entonces otros oficios que poco o nada le valían a la literatura. Algo de dinero le rindieron, pero le robaban energías y horas valiosas para sentarse a escribir. “Cuando sales de una fábrica, en la madrugada”, comparte, “en lo último que piensas es en ensayar versos”.

El periodismo lo cobijó, en efecto, pero no por solidaridad. Ni siquiera por misericordia. Por conveniencia. Se trata de un oficio peligroso y mal pagado en México. Los reporteros llegan y se van constantemente. En especial, los jóvenes. Algunos renuncian, a otros los desaparecen. Los editores tampoco aguantan mucho. Tienen que detectar fallas y corregir estilos en decenas de notas y, a veces, basta un error para que los echen. Si acaso, perduran aquellos que se mueven, reptan más bien, cerca de los propietarios de los medios de comunicación. Curiosamente, esos suelen ser los que menos conocen de periodismo.

Sin embargo, así funciona el mundo por estas latitudes. Estamos hoy donde no queremos con la endeble esperanza de no hallarnos ahí, otra vez, mañana. Y ese mañana, al descubrir que no nos hemos movido ni un ápice, juramos y perjuramos que no nos ocurrirála mañana siguiente… ni la otra… ni la próxima.

Mi amigo desconoce todavía cuál será su final. De mostrárselo se encargará la magra existencia que ha elegido. Por eso le respondí con un escueto “buena suerte”, a sabiendas de que ni siquiera la mejor suerte, en esta ocasión, será capaz de salvarlo.

 
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