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  Edición 609
  Comunismo a la mexicana
 
Edgar London
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  Treinta años, los primeros de mi vida, los viví en Cuba. Me tocó, pues, experimentar disímiles etapas de esa joya histórica (muchas veces sobrevalorada y, otras tantas, vituperada) que se dio a conocer como Revolución Cubana y que, a la postre, terminó por definir, a 90 millas de los Estados Unidos de América, un territorio que se pregonaba comunista... de hecho, aún lo hace. Símbolo perfecto para todas las ideologías de izquierda que intentaron, en vano, hacerse de un espacio al sur del Río Bravo, donde multiplicar el germen del temido y jamás bien comprendido, comunismo.

Son muy pocas las personas que logran entender que no ha existido, ni existe y, al parecer, no existirá, una sola nación que se pueda catalogar como comunista. Cuba no lo es; Corea del Norte, tampoco; ¿Vietnam?, para nada; ¿China?, es para reír, su sistema tiene mucho más de capitalista que de los esbozos que Marx y Engels conjuraban, en el siglo XIX, para describir las futuras naciones comunistas.

El comunismo hoy, es más un camino (convenientemente interminable para los gobiernos que lo pregonan) cuyo estado intermedio es conocido como socialismo, donde sí se insertan las naciones anteriormente nombradas, aunque China… bueno, esos chinos siempre hacen las cosas diferentes.

Pero no es en China, sino en México donde algunos sectores sociales se preocupan por la similitud de los discursos del presidente Andrés Manuel López Obrador con los que antaño pronunciaron figuras paradigmáticas del comunismo, como Mao Tse-tung o el propio Fidel Castro.

En principio la comparación se me hace temeraria, por no decir exagerada. Es verdad que hay puntos comunes. Los exhortos constantes a ahorrar, las convocaciones a ejercer hoy el sacrificio para mañana tener un futuro mejor. ¿Recuerdan la siguiente frase sobre las medidas tomadas para evitar el robo de combustible? «Sé que estas acciones le causan molestias, pero son temporales y los beneficios serán para siempre»… la cita no es textual, pero remite a la necesidad de apretarnos el cinturón ahora para andar holgados después. Recurso manido y harto frecuente en las sociedades de izquierda. La tentativa, sin embargo, me recuerda el peligro que pende sobre cualquier oferta. Las promesas de hoy, pueden convertirse en la cárcel de mañana. En Cuba, llevan sesenta años esperando por ese futuro pregonado y paradisíaco.

Sin embargo, las diferencias entre López Obrador y Fidel Castro son enormes (incluyo también a Mao Tse-tung, en la triada). Tanto el cubano como el chino participaron en movimientos armados que los llevaron al poder, no una elección democrática, tal cual sucedió en México. Por lo tanto, ambos dominaban el ejército. Es decir, la fuerza armada más poderosa de cualquier país era juez y parte en el gobierno. Algo que no sucede en México, por mucho que el ejército apoye a su presidente.

Pero además, todos olvidan un actor ya desaparecido en aquel escenario histórico: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La URSS era contraparte hegemónica en el mundo e impulsaba a que otras naciones se acogieran a la nueva ideología para mantener intimidado a los Estados Unidos. Y aceptemos que sí lo logró por algunos años.

Por otra parte, como bien advierto… a mediados del siglo XX, el comunismo todavía gozaba de buena salud (me refiero a la teoría del comunismo), hoy ese proyecto de sistema económico y social, no seduce a nadie. Se halla estigmatizado, es mal visto y, por si no bastara, el motor político que supuestamente iba a encauzarlo terminó por destruirlo. Alguien, durante el camino, olvidó que gobiernos, naciones y sistemas, están conformados por seres humanos, con todas sus virtudes y miserias, no por entidades abstractas. Hoy está claro que, cuando de comunismo se trata, prevalecen las miserias humanas por encima de las virtudes.

Por eso, cada vez que me preguntan si López Obrador se propone llevar a México al comunismo, inmediatamente le respondo que no. Que eso nunca va a pasar. Le falta una potencia como la URSS para respaldar un proyecto tan arriesgado. Le falta un brazo armado que lo secunde. Le falta una sociedad que lo respalde. Es más, le falta idear el proyecto. Y no sólo eso. Le falta hasta la idea.

La realidad es que a Obrador, menos locura y soberbia, todo le falta.

 
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